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Cine: Verano de una familia de Tokio

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Aunque el tono general es el humor (japonés, luego distinto, a veces intraducible), hay también lágrimas y amor: Yamada destila con sake la melancolía por el paso del tiempo, y tensa y destensa los lazos familiares y de las viejas amistades.

Texto — José María Garrido

Verano de una familia de Tokio
Dirección: Yôji Yamada
Guión: Emiko Hiramatsu y Yôji Yamada
Japón, 2017

Yôji Yamada es un veterano director japonés, prolífico y con caché internacional. Durante dos décadas, 1969 a 1989, estrenaba dos filmes al año con las peripecias sentimentales del amable vagabundo Tora-san. No paró hasta que murió el actor principal, Kiyoshi Atsumi. Con 86 años, Yamada sigue dirigiendo a ritmo casi anual y sabe explotar historias con argumentos parecidos. En el último film, Verano de una familia de Tokio, prolonga la comedia de la Maravillosa familia de Tokio (2016), repitiendo actores y personajes, aunque la acción se desencadena y embrolla con un asunto en apariencia anodino: ¡el abuelo de la familia Hirata ya no está para conducir… y no quiere dejarlo!

Mientras la abuela se marcha con unas amigas al norte de Europa a contemplar una aurora boreal, el abuelo disfruta con planes de tiempo libre conduciendo feliz, pero también rayando la temeridad y la carrocería del coche. Los tres hijos quieren quitarle el carnet y no se atreven. Entre dudas e intentos fallidos, el cascarrabias se siente incomprendido y lo hace saber con todo tipo de aspavientos. La historia se complica cuando los hijos convocan una reunión familiar para zanjar el problema, pues la casa donde conviven tres generaciones se convertirá en algo parecido al camarote de los hermanos Marx.

Aunque el tono general es el humor (japonés, luego distinto, a veces intraducible), hay también lágrimas y amor: Yamada destila con sake la melancolía por el paso del tiempo, y tensa y destensa los lazos familiares y de las viejas amistades, con recuerdos y sentimientos que hacen la vida más interesante y hermosa. Vemos los matices en cada pareja, más o menos maduros o ilusionados ante la vida, y la recompensa de las ataduras. En cuanto a las interpretaciones, quitando a la abuela -casi ausente por imperativo del guión- y a los dos pequeños zampa-pizzas algo caricaturizados, el resto de los personajes nos abren bien su corazón en el curso de los diálogos y de esa calma oriental que cuando se acelera resulta más insólita. Entretanto, quizás una conversación siembra una semilla para la próxima estación de la familia tokiota.

Solo una aclaración final: los dos filmes mencionados no son continuación -pese a las coincidencias de título, actores y personajes- del templado argumento de Una familia de Tokio (2013), una belleza de Yamada que muchos comparan al clásico Cuentos de Tokio, de Ozu. Todas merecen ser vistas.

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