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V Encuentro de Pastoral Hispana en Estados Unidos. La “clave latina” para renovar la Iglesia

CNS photo/Tyler Orsburn
Una de las participantes sostiene la "Cruz del V Encuentro" en el que participaron 3.200 delegados y 130 obispos
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Celebrado casualmente en un momento difícil para la Iglesia en los Estados Unidos, el V Encuentro de Pastoral Hispana Latina ha superado las expectativas. Con su empuje misionero y su alegría, el Encuentro ha señalado una “clave latina” para la renovación de la Iglesia en su conjunto. Palabra ha estado allí.

Texto – Alfonso Riobó, Grapevine, Texas

Los enormes salones del Gaylord Resort Convention Centre de Grapevine, junto a Dallas, en Texas, se quedaron pequeños para los 3.200 participantes, delegados de parroquias, diócesis e instituciones que se reunieron en el V Encuentro de Pastoral Hispana Latina en los Estados Unidos. El proceso de preparación comenzó ya en 2013, se concretó en propuestas y reuniones en grupos pequeños -en universidades, escuelas, movimientos- y en las parroquias, desde 2017 en encuentros locales organizados por las diócesis locales y, a continuación, en encuentros regionales de cada una de las 14 regiones eclesiásticas en que se organiza el país.

El primero de los Encuentros nacionales se celebró en el año 1972 y, a la vista de los frutos alcanzados, los participantes han coincidido en esperar que, junto a la implementación de los resultados del que se acaba de clausurar, se convoque un nuevo VI Encuentro en el momento oportuno, e incluso piden más: que “el espíritu del Encuentro” sea asumido por la comunidad católica anglófona y las demás comunidades lingüísticas o étnicas.

No sólo para los latinos
La espontaneidad del carácter latino ha hecho de todas las sesiones, incluidas las celebraciones litúrgicas, una continua fiesta, que confirma la impresión que se ha ido abriendo paso en todos los sectores del catolicismo norteamericano: de los latinos ha de provenir una aportación que renueve a todos, a partir de sus valores y tradiciones. Su sentido de la familia y la comunidad, su fe enraizada en la cultura, su alegría de vivir, son “un don que Dios ha enviado a la Iglesia en este país para que reviva algo que es fundamental para nuestras propias vidas y para nuestra relación con Dios”, ha dicho Mark J. Seitz, obispo de El Paso. Su aportación dependerá, sobre todo, de su capacidad para convertiré en “discípulos misioneros”, como indicaba el tema del Encuentro.
En ese sentido, se ha repetido de muchas maneras que el Encuentro no es para los latinos, sino que sus frutos han de ser para todos. De hecho, dado el crecimiento de la población hispana y de su peso en la Iglesia, en el futuro será de aquí de donde saldrán la mayor parte de sus futuros sacerdotes y obispos, catequistas y parroquianos, como escribió en el dossier que Palabra dedicó en marzo a la preparación del Encuentro el editor de CNS, Greg Erlandson; es decir, que su conciencia del peso numérico ha de traducirse en la asunción de responsabilidades de liderazgo.
Eso significa también una atención preferente a la formación de este sector de población, y en especial de quienes se ocupan del “ministerio hispano”, para que puedan asumir la misión que están llamados a desarrollar: ese es uno de los focos que centran el esfuerzo de los obispos.
“Que los latinos sepamos adherirnos a las otras comunidades”, sintetizó uno de sus deseos el arzobispo de Los Ángeles, José Horacio Gómez, ante una pregunta sobre sus sueños de futuro. Y en un aplaudido saludo mediante video en la apertura de las sesiones, el Papa Francisco expresó a la perfección estas ideas llamando a “reconocer los dones específicos que ofrecen los católicos hispanos” como “parte de un proceso más grande de renovación e impulso misionero”, y pidiendo “que consideren de qué manera la Iglesias locales pueden responder mejor a la creciente presencia, a los dones y al potencial de la comunidad hispana”.

Luz en un momento difícil
El momento actual es difícil para los católicos norteamericanos, que ante las informaciones relacionadas con abusos por parte de eclesiásticos tienen “el corazón roto, y con razón”, como dijo el obispo de san Antonio, Gustavo García Siller. En este contexto, el V Encuentro resultó incluso providencial: el vicepresidente de la Comisión Pontificia para América Latina lo calificó como “una caricia de Dios”. Lógicamente, esos asuntos no eran propios de esta convocatoria, pero fueron numerosas las ocasiones en que los ponentes expresaron tristeza y petición de perdón, también en un contexto litúrgico.
Entre ellos estuvieron los más destacados representantes eclesiales de los Estados Unidos, empezando por el Nuncio apostólico Christophe Pierre y el cardenal Daniel Di Nardo, presidente de la Conferencia Episcopal, así como una numerosa representación de los obispos. Tanto ellos como los delegados laicos cultivaron en las intervenciones (homilías, ponencias, testimonios, personales, debates) un tono constructivo y un estilo familiar. Baste como muestra que el cardenal Sean O’Malley, obispo de Boston, miembro del Consejo de Cardenales y presidente de la Comisión papal para la Tutela de los Menores, se presentó al comienzo de la homilía sencillamente como fraile capuchino y “jefe de la oficina de reclamaciones de Boston”. En esa línea de comunión y de amable informalidad, salvo en las celebraciones litúrgicas los obispos no tenían asignado un lugar especial, sino que tomaban asiento o compartían mesa entre los demás delegados inscritos.

Consolidación del ministerio hispano
Los dirigentes de los departamentos relacionados con la “diversidad cultural” en las diócesis y en la Conferencia Episcopal, en cuya competencia entra el ministerio hispano, destacaban la importancia de la atención despertado por el Encuentro entre los obispos no hispanos. Se ha afirmado la conciencia de que, allí donde no haya todavía un ministerio hispano estable, ha de crearse; donde exista pero sea débil, ha de reforzarse; y en todo caso, la perspectiva hispana debe ser incorporada a los distintos campos de la actividad pastoral.
En cuanto a la puesta en marcha de un ministerio hispano donde aún no existe, un joven sacerdote de una diócesis norteña, colindante con Canadá, me comentaba que su obispo le había enviado al Encuentro para adquirir la experiencia necesaria e iniciar esa actividad a la vista del crecimiento demográfico de la población de tradición latina, aunque en la diócesis los hispanos son todavía solamente el 1% de los católicos: en concreto, sólo dos familias en su parroquia.
Por lo que se refiere al reforzamiento del ministerio ya existente, el profesor Hosffman Ospino, del Boston College, respetado estudioso del fenómeno hispano, contaba con simpatía que es frecuente encontrar organizaciones de la Iglesia donde una persona se ocupa del 50 % de la diócesis, y 60 personas se ocupan del otro 50 %. Será difícil que situaciones semejantes se produzcan después del Encuentro de Grapevine.

La hora del laicado
Naturalmente, la configuración sociológica del catolicismo norteamericano y sus necesidades pastorales evolucionan, y por eso mismo los latinos no son un grupo estático. Ahora es frecuente que los latinos de tercera generación no hablen ya el español y se asimilen a los modos de vida de sus compañeros más secularizados. También entre los no creyentes, un grupo en aumento, crece el número de los latinos. De ahí que una preocupación central sea la fe de las jóvenes generaciones, y su preparación para que puedan descubrir que Dios camina junto a ellos y asuman una parte activa en la vida de la Iglesia.

En todo caso, si el futuro de la Iglesia está, en gran parte, en manos de los latinos, se trata principalmente de una llamada a los laicos. Mons. José H. Gómez ha recordado en su homilía de la Misa de clausura que la persona elegida por la Virgen de Guadalupe para confiarle su legado en América fue precisamente un laico: el indio Juan Diego. Y ha concluido: “Este momento en la Iglesia es la hora del laicado. Está llamando a los fieles laicos a trabajar juntamente con los obispos y a reconstruir su Iglesia; no sólo en este país, sino a través de los continentes de las Américas”.
La masiva participación de laicos en el Encuentro, así como el hecho de que el equipo organizador estuviera en gran parte dirigido por ellos, es un reflejo de esa responsabilidad compartida. Un dato significativo es que el Director nacional del V Encuentro y unos de los responsables del buen curso de la convocatoria haya sido un laico de origen mexicano, Alejandro Aguilera-Titus, a quien agradecemos que haya redactado para Palabra el análisis que acompaña a esta crónica.

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