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Una oportunidad para reparar e informar

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El autor reflexiona sobre la película Spotlight, que trata sobre los abusos sexuales en la Iglesia. 

El 11 de febrero se estrenó en Argentina la película Spotlight y las salas de cine se inundaron de un silencio doloroso. Aunque mostrar el mal que no supimos evitar hiere el corazón, también brinda una oportunidad para reparar e informar. La placa final, que muestra ciudades en las que se han registrado denuncias, incluye varias argentinas. El Diario Perfil se ocupó de recordar cinco casos con condenas firmes: Sasso, Rossi, Ilaraz, Pardo y Grassi.

Unos días más tarde, Spotlight ganó el Oscar a mejor película y el productor Michael Sugar interpeló al Papa al agradecer el premio: “Es tiempo de proteger a los niños y restaurar la fe”. La situación fue extraña porque se refirió al tema como si se estuviera notificando al Pontífice por primera vez.

¿Cómo se explica esto? Quizá porque la crítica social que tuvo su clímax en 2010 había ido cediendo ante la secuencia de buenas medidas tomadas por la Iglesia y la aparición de casos referidos a diversas esferas de la sociedad, cuyo capítulo más reciente afecta a la ONU. Esto develó la existencia de un problema de todos y no sólo de los católicos. Y cuando los problemas son de todos es más difícil reconocerlos y enfrentarlos.

Es un hecho que la reacción ante la violencia en ámbitos privados continúa siendo tibia. Por poner un solo dato, el Observatorio de la Violencia de Género de la Provincia de Buenos Aires registró 18.619 denuncias por violencia doméstica en enero de este año.  Surge, entonces, una pregunta inquietante: ¿estamos siendo cómplices de toda esa violencia social oculta, tal vez, porque no queremos verla?

Volviendo al punto, el tema de los abusos clericales se había archivado como relato y cada nuevo caso podía interpretarse en el marco de la política de “tolerancia cero” que inició Juan Pablo II, promovió Benedicto XVI y consolidó Francisco. Pero la película y sus derivados generaron que el asunto retornara a la conversación pública y que se cuestionara otra vez la responsabilidad de la Iglesia.

Ofrece así la oportunidad para compartir de nuevo una narrativa que explique la crisis, sus causas y la contundente respuesta que ha posicionado a la Iglesia en la vanguardia de la prevención y el cuidado de las víctimas. Llama la atención que a muchos católicos les falta todavía ese trabajo de síntesis –fruto del estudio, la reflexión y el intercambio de pareceres– que resulta fundamental en un mundo de consensos inestables, datos parciales y reclamos permanentes. Para aportar al diálogo social no basta con la formación: es necesario informarse y comunicar con calidad.

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