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Soledad fecunda frente a soledad encerrada

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El anuncio de la primera ministra británica, Theresa May, de crear prácticamente un ministerio para afrontar la soledad, ha avivado la reflexión en torno a los millones de personas que viven solos. En paralelo, aumentan los estudios que alertan sobre los efectos nocivos de la soledad. Sin embargo, puede haber soledades con riqueza interior, que miran a los demás.

TEXTO – Rafael Miner

Es raro el día en el que los medios informativos, en los soportes tradicionales o a través de las redes sociales, no ofrecen alguna de estas noticias: encuentran a un anciano que llevaba varios días muerto en su domicilio sin que nadie preguntara por él; desaparece un mayor en la localidad tal, enfermo de Alzheimer, o no; un joven desequilibrado tirotea indiscriminadamente a la multitud en un colegio o en una plaza; aumenta el número de consumidores de droga y alcohol en tal o cual país; detienen a un pedófilo con múltiples archivos; desaparece una joven y es encontrada muerta en un barracón; agreden sexualmente a una muchacha; maltratan a un anciano o enfermo…

Las causas de fondo de estos hechos, y otros similares, que generan tanto sufrimiento y perturbación en la sociedad, son diversas. Pero hay uno que asoma en cuanto se analizan con un poco de calma: la soledad. Precisamente ahora, en estos tiempos de globalización en internet y de instantaneidad de la información.

Pues sí, en esta época de redes sociales mucha gente percibe ausencia de cariño y amistad; descarte, en palabras del Papa Francisco, o aislamiento social, sobrevenido o elegido tiempo atrás, por las circunstancias de la vida; falta de atención por los demás; ausencia de compañía incluso por parte de familiares; escaso acompañamiento o ayuda, aunque no lo digan, para atender la vida interior espiritual.

Por otra parte, desde hace no mucho tiempo, se publican resultados de investigaciones en varias líneas sobre: 1) los efectos nocivos de la soledad en la salud, y la soledad como factor de deterioro grave en enfermedades crónicas (Organización Mundial de la Salud, OMS); 2) la inversión de una pirámide de la población que ya no es pirámide: cada año se incrementa el número de mayores –que requieren mucha atención y ayuda al no poderse valer por sí mismos– y disminuye el de jóvenes, debido a las escasas tasas de natalidad; y 3) el aumento del número de personas que viven solas, al menos en los países del llamado mundo occidental.

Son fenómenos que requieren análisis, y una capacidad de respuesta. De momento, algunos políticos han comenzado a tomar decisiones. Pero la reflexión debe transitar como telón de fondo por otras vías. Por ejemplo: ¿es mala la soledad? ¿A qué soledad nos referimos? ¿A quiénes afecta de modo especial? ¿Cómo se puede prevenir la sensación de soledad? ¿Tiene la soledad una dimensión espiritual? ¿Qué antídotos serían adecuados para salir del estado de soledad? ¿Por qué tantos ancianos se sienten solos?

En el Reino Unido, asunto de Estado

El debate sobre estas cuestiones se ha intensificado estas semanas por iniciativa de la primera ministra británica, Theresa May, que ha creado una Secretaría de Estado, dependiente del Ministerio de Cultura, Deporte y Sociedad Civil, para tratar “el problema de la soledad”.

Según los sociólogos, más de nueve millones de personas, jóvenes y mayores, se sienten solas en el Reino Unido. Es el 13,7 % de la población. Downing Street, despacho oficial de la jefa de gobierno, aseguró que el nuevo departamento pretende actuar contra la soledad que “sufren las personas ancianas, los que han perdido a seres queridos y aquellos que no tienen con quien hablar”.
Al informar del hecho, la BBC resume algunos de los argumentos oficiales: “La soledad es tan perjudicial para la salud como fumar 15 cigarrillos al día”, y “aunque este fenómeno no distingue edades, los más afectados son las personas mayores.

Se estima que en Inglaterra la mitad de los ancianos de 75 años viven solos, lo que equivale a unos 2 millones de personas.

Además, la televisión pública británica asegura que muchos de ellos afirman pasar días, incluso semanas, sin ningún tipo de interacción social. Y subraya también que la creación de este ministerio es “la cristalización de una idea acuñada por Jo Cox, parlamentaria laborista asesinada en junio de 2016, antes del referéndum en el que se votó la salida del Reino Unido de la Unión Europea. ‘Jo Cox reconoció la magnitud de la soledad en el país y dedicó su vida a hacer todo lo que podía para ayudar a los afectados’, señaló May en un comunicado”.

Al comentar la noticia, la fundación española Desarrollo y Asistencia, que lleva más de 20 años trabajando en nuestro país por acompañar a personas mayores, precisó, por ejemplo, que “que 200.000 de ellos pueden pasar un mes sin mantener ninguna conversación con un amigo o familiar y sin ningún tipo de interacción social”.

Varias organizaciones no gubernamentales que trabajan en España, como Cruz Roja, el Teléfono de la Esperanza o Médicos del Mundo, además de Desarrollo y Asistencia, advierten que la soledad es “cada vez más frecuente”, y puede “ir creciendo con el tiempo”. En general, no piensan “que sea tan acuciante como en el Reino Unido, pero hay que estar atentos”, señala Joaquín Pérez, director del programa de mayores de Cruz Roja Española.

Informes británicos

Theresa May y sus colaboradores conocieron en 2017 los informes del Church Urban Fund (Fondo Urbano de la Iglesia), organización benéfica creada por la Iglesia anglicana en 1987 con el fin de ayudar a los sectores más desfavorecidos y pobres. El de 2017 relativo a la soledad se titula Connecting Communities: the impact of loneliness and opportunities for churches to respond (Conectando comunidades: el impacto de la soledad y oportunidades para que las iglesias respondan).

El texto parte de la siguiente premisa: “La soledad es una experiencia cada vez más común en Gran Bretaña. Casi uno de cada cinco de nosotros dice que nos sentimos solos a menudo o siempre, uno de cada diez dice que no tiene amigos cercanos y, en 2014, el 64 % de los líderes de la Iglesia anglicana dijeron que la soledad y el aislamiento eran un problema significativo en su área (en 2011 era el 58 %).

A medida que nuestra sociedad cambia y las personas viven más tiempo, se trasladan más al trabajo y tienen más probabilidades de vivir solas, un número creciente de nosotros vive con el tipo de soledad crónica y paralizante que afecta nuestro sentido del yo, así como a la salud física y mental”. Otra investigación llevada a cabo por la organización Relate and relations Scotland, publicada en 2017, muestra que cerca de cinco millones de adultos en Gran Bretaña no tienen amistades cercanas, y que la mayoría de las personas que trabajan están más en contacto con la propio jefe y colegas, que con la familia y amigos cercanos.

Soledad y aislamiento, diferentes

Los datos del Fondo Urbano son reales, pero no todos los ámbitos anglosajones (y no anglosajones) piensan exactamente en una necesaria correlación de toda soledad, de cualquier soledad, con un deterioro o empeoramiento de la salud.

“Los efectos potencialmente dañinos de la soledad y el aislamiento social en la salud y en la longevidad, en especial entre los adultos de edad avanzada, son ya conocidos”, escribió en The New York Times Jane E. Brody, en diciembre del año pasado.

Pero a medida que avanzan las investigaciones, añadía, “los científicos comprenden mejor los efectos de la soledad y el aislamiento en la salud. Se han hecho descubrimientos sorprendentes. En primer lugar, aunque el riesgo es similar, la soledad y el aislamiento no necesariamente van de la mano, según señalaron Julianne Holt-Lunstad y Timothy B. Smith, investigadores en Psicología en la Universidad Brigham Young”.

Los científicos matizan en sus conclusiones: “El aislamiento social denota pocas conexiones o interacciones sociales, mientras que la soledad implica una percepción subjetiva del aislamiento; la discrepancia entre el nivel de interacción social deseado y el real”, escribieron en la revista Heart el año pasado.

En otras palabras, señala Brody, “las personas pueden aislarse socialmente y no sentirse solas; puede ser que sencillamente prefieran llevar una existencia ermitaña. Del mismo modo, hay personas que pueden sentirse solas aun cuando estén rodeadas de mucha gente, en especial si sus relaciones no son satisfactorias a nivel emocional”.

“La soledad no es mala”

En una línea similar de distinción, aunque con un enfoque diferente, Marina Gálisová se pregunta si la soledad es hoy una epidemia, porque hay gente que no lo dice, pero está sola, y ha entrevistado para el semanario eslovaco Týždeň a algunos expertos en relación con el recién creado departamento británico de soledad.

El psiquiatra Michal Patarál considera, por ejemplo, que “la soledad no es mala en sí misma”, y apuesta por “el equilibrio”, para cultivar el trato con las personas y la relación de amistad. El artículo subraya la importancia de “dar el paso hacia los demás” y de la “dimensión espiritual” de la persona.

Algunos, entre los que se encuentran el teólogo evangélico Peter Málik y el experto en nuevas tecnologías Martin Vystavil, hacen notar que “las relaciones por internet necesitan luego cuerpo, conocerse, un abrazo”.

Perspectiva católica

El mismo día del anuncio de Theresa May, en Reino Unido, algunos recordaron el discurso del Papa Francisco en el Parlamento europeo, tres años y medio antes de la decisión británica, y casi tres años anterior al informe del Church Urban Fund. Hacía un año que el Sucesor de Pedro había publicado la Exhortación Evangelii Gaudium, por lo que a nadie extrañaron sus palabras: “Una de las enfermedades que veo más extendidas hoy en Europa es la soledad, propia de quien no tiene lazo alguno. Se ve particularmente en los ancianos, a menudo abandonados a su destino, como también en los jóvenes sin puntos de referencia y de oportunidades para el futuro; se ve igualmente en los numerosos pobres que pueblan nuestras ciudades y en los ojos perdidos de los inmigrantes que han venido aquí en busca de un futuro mejor”.

El Santo Padre se había referido anteriormente a una “Europa que ya no es fértil y vivaz, por lo que grandes ideales que han inspirado Europa parecen haber perdido fuerza de atracción”. Más adelante prosiguió con los derechos humanos y resaltó la dignidad trascendente del hombre.
“Esta soledad se ha agudizado por la crisis económica” –añadió–, “cuyos efectos perduran todavía con consecuencias dramáticas desde el punto de vista social”.

Vacío interior y soledad exterior

En octubre de 2015, en la Misa de inauguración del Sínodo de los Obispos sobre la Familia, el Papa volvió a referirse a la soledad, como “el drama de nuestro tiempo”. En su homilía recordó la experiencia de Adán relatada en el Génesis, que “no encontraba ninguno como él que lo ayudase”, hasta el punto de que Dios dijo: “No es bueno que Dios esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada para él” (Gen. 2, 18). “Nuestro mundo vive la paradoja de un mundo globalizado, en el que venos tantas casas de lujo y edificios de gran altura, pero cada vez menos calor de hogar y de familia”. Y se refería también a “un profundo vacío en el corazón; muchos placeres, pero poco amor; tanta libertad, pero poca autonomía”.

El Santo Padre meditaba sobre el hecho de que “son cada vez más las personas que se sienten solas, y las que se encierran en el egoísmo, en la melancolía, en la violencia destructiva y en la esclavitud del placer y del dios dinero”.

El diagnóstico era realmente duro: “El amor duradero, fiel, recto, estable, fértil, es cada vez más objetito de burla y considerado como algo anticuado. Parecería que las sociedades más avanzadas son precisamente las que tienen el porcentaje más bajo de tasa de natalidad, y el mayor promedio de abortos, de divorcios, de suicidios y de contaminación ambiental y social”.

Se han de reflejar también, puntualizando aún más, hechos dolorosos sobre los que Francisco puso el dedo en la llaga: “Ancianos abandonados por sus seres queridos y sus propios hijos; viudos y viudas, tantos hombres y mujeres dejados por su propia esposa y por su propio marido”.
Como era de esperar, el Papa recordó entonces a muchas personas “que de hecho se sienten solas, no comprendidas y no escuchadas; en los emigrantes y refugiados que huyen de la guerra y la persecución; y en tantos jóvenes víctimas de la cultura del consumo, del usar y tirar, y de la cultura del descarte”.

Parroquias, asociaciones, familias

Hace unos días, Charles de Pechpeyrou ha reflexionado en L’Osservatore Romano sobre el nuevo ministerio británico. Decía: “La soledad está ligada a algunos aspectos de la sociedad actual, particularmente en los países occidentales: la familia que no desempeña su papel, un tejido social fracasado, el envejecimiento de la población, la inseguridad en el transporte urbano, la emergencia sanitaria.

Pero hoy también existe otra forma de soledad, llamada a acentuar peligrosamente: la virtual. A pesar de la disponibilidad de aplicaciones y servicios que deberían unir a las personas, desde Tinder hasta WhatsApp, la soledad en la vida real crece. Horas y horas pasadas frente a la pantalla, mientras se retira tanto como sea posible el encuentro real con el nuevo amigo, en realidad un extraño”.

Respecto al método inglés, el articulista se preguntó si sería suficiente el establecimiento de un nuevo ministerio, porque “Philip Booth, profesor de finanzas en la Universidad de Londres, piensa que a pesar de que es una buena iniciativa, el problema debe ser tratado de manera diferente. O más bien, comenzando desde abajo en lugar de desde arriba.

En los últimos cuarenta años, las familias se han dispersado por el Reino Unido y se han vuelto más pequeñas y más fragmentadas; las iglesias, que tradicionalmente fueron lugar privilegiado para la formación de la comunidad, se han debilitado.

Por tanto, es importante partir de las parroquias, asociaciones y familias para combatir el aislamiento, y son las autoridades locales, en lugar de las nacionales, las que pueden actuar mejor en este nivel. Como suelen decir los anglosajones, debería aplicarse el lema ‘pensar globalmente, actuar localmente’”.

Amor y unidad familiar

En España, el arzobispo castrense, Mons. Juan del Río, ha denunciado recientemente que “cada vez son más las personas que aseguran sentirse solas, pero los problemas de fondo no se abordan por miedo a poner en entredicho la visión moderna materialista de la vida y la familia”.

A su juicio, en la línea que se viene comentando, “hay que asumir una soledad de base que nos viene dada por la naturaleza humana. Pero ‘no es bueno que el hombre esté solo’, el mismo ser de la persona reclama la compañía del otro. Necesitamos de la mano amiga que nos ayude a encarar la vida con sus dolores y el enigma de su final, la muerte”.

Mons. Del Río apunta también a “una soledad provocada por los errores personales que a veces colocan a las personas en situación de aislamiento no querido ni buscado”, y a “otras soledades que vienen impuestas por el mal que pueden hacernos otras personas, llevando a la incomunicación y a la desconfianza permanente ante la sociedad”.

Para concluir, ¿qué actitudes propone el arzobispo castrense para “no sucumbir a la tristeza de la muerte que supone la soledad”? En síntesis, cuatro orientaciones pastorales: 1) “Prepararse para tener una soledad fecunda, que es aquella que vive de la riqueza de valores que habitan en el corazón del hombre”. 2) Afrontar “un cambio radical acerca de la concepción materialista de la vida”, porque “el puro confort deja vacía el alma”; 3) Afrontar un tema clave como es “el rechazo a la natalidad, lo cual crea una sociedad de ancianos”. “Una pregunta de sentido común es quién va ayudar a los mayores cuando no nacen niños”. Esto unido al hecho de que “la descomposición familiar engendra soledad desde edades muy tempranas”. Y 4) “De ahí que la familia deba ser rehabilitada en la primacía del ‘amor y la unidad’; también sintiéndonos parte de esa otra familia, la Iglesia, que nos acompaña en todas nuestras soledades y vacíos existenciales, ofreciéndonos la compañía de Alguien que nunca nos abandona, hasta más allá de la muerte: Jesucristo, el Señor”.

“La vida espiritual es terapéutica”

Buscar la compañía del Amigo que nunca nos abandona, señala Mons. Juan del Río. El trato con Dios, la vida interior, la oración. El ejemplo de Jesucristo es bien patente. El Evangelio describe en numerosas ocasiones cómo Jesús se levantaba temprano o se apartaba para orar con nuestro Padre Dios; su percepción de soledad en Getsemaní y en la Cruz es real, pero le mueve una insaciable hambre de almas, como ha escrito san Josemaría en su Via Crucis (I Estación, punto 4). Así fue y sigue operando la redención de Jesucristo. Con amor infinito. Quizá por eso, san Josemaría escribió en Camino: “Procura lograr diariamente unos minutos de esa bendita soledad que tanta falta hace para tener en marcha la vida interior” (n. 304). Manuel Ordeig escribió en Palabra el mes pasado sobre el recogimiento y el silencio, con numerosas consideraciones de interés.

“Atender a la vida espiritual es terapéutico”, afirma Mar Garrido López, directora de Estudios y Proyectos de Desarrollo y Asistencia, organización que cuenta con más dos mil voluntarios para sus programas de acompañamiento, en los que procuran paliar la soledad de los desfavorecidos.
Los cimientos en los que se apoya el trabajo esta organización tiene que ver con “la fraternidad cristiana”. Así la inspiraron sus primeros miembros, amigos ya jubilados, bajo el impulso de José María Sáenz de Tejada.

Dice Mar Garrido: “El cristiano está abierto a todo el mundo. Atendemos a las personas, estamos al servicio de cada persona, sea creyente o agnóstica. Hemos visto cómo personas que se encuentran en residencias de mayores, cuando les llevan a la Capilla, el domingo a Misa, o en otros momentos, mejoran de ánimo”.

Entre otras experiencias, Mar Garrido, que elogia la tarea de las Cáritas parroquiales, comparte la necesidad de que el voluntario debe “aprender a escuchar” y “llamar a las personas por su nombre”. “La marginación envejece”, asegura Garrido, “las condiciones de malnutrición y de falta de higiene son muy malas en muchas ocasiones”. “Por eso, procuramos disminuir los efectos negativos de la ausencia de lazos familiares y relaciones interpersonales de las personas, siempre en colaboración con los profesionales de la salud”.

Una iniciativa en Galicia

La creatividad es básica en la atención de personas, también para detectar sus necesidades. Hace un año, en Betanzos, fray Enrique Lista, franciscano, puso en marcha un proyecto piloto, Familias Abertas. La iniciativa está enfocada a que personas que se sienten o viven solas puedan acudir al convento de san Francisco, que abandonaron las Hermanas Misioneras de María. Ramón, por ejemplo, que reconoce ser “el prototipo de persona que se encuentra en situación de soledad”, ha encontrado una mano tendida en fray Enrique, que le invitó a pasar unos días con él, según ha contado Alfa y Omega.

Fray Enrique afirma que “la nueva pobreza es la soledad” y que Familias Abertas no necesita una gran logística. “Basta con un trabajador social que coordine un poco las solicitudes. Tampoco existe una gran gasto extra para la Iglesia, porque es la propia gente que va al convento la que aporta”.

La amistad en Saint-Exupery

Hace unos años, el profesor de filosofía Jaime Nubiola, colaborador de Palabra, publicó un breve artículo en Arvo.net titulado“La fuerza de la amistad”. Evocaba el autor una “formidable escena que relata Saint-Exupery en Tierra de hombres, de su amigo piloto accidentado en medio de los Andes. Merece la pena recordarla para advertir el contraste entre la precariedad del amor y de la amistad en nuestra sociedad y la fuerza efectiva de estos vínculos afectivos.

Se trataba del avión postal que llevaba el correo desde Santiago de Chile a Mendoza. Al cruzar los Andes, un terrible temporal derriba al pequeño avión sobre las montañas. Una vez liberado de la cabina destrozada, el piloto ileso comienza a caminar en la dirección en que, piensa, puede encontrar antes socorro. Pero los Andes son inmensos y las fuerzas físicas y los alimentos muy limitados”.

En la nieve –contaba el piloto– se pierde todo instinto de conservación. Después de dos, tres, cuatro días de marcha, uno sólo quiere dormir. Era lo que yo deseaba. Pero me decía a mí mismo: si mi mujer cree que estoy vivo, sabe que camino. Mis camaradas saben que camino. Todos ellos confían en mí y soy un cerdo si no camino”.

El amor a su mujer y la lealtad a sus amigos le mantienen en pie y, cuando está ya a punto de abandonarse agotado sobre la nieve, el recuerdo de que hace falta recuperar el cadáver para que su mujer pueda cobrar su seguro de vida le da nuevas fuerzas para seguir adelante”.

La historia pone la piel de gallina, escribe Jaime Nubiola. “Nos emociona comprobar que el amor a su esposa le salvó a Guillaumet literalmente la vida. Una historia como ésta permite entender bien que la calidad de una vida –parafraseando a Saint-Exupery– está en función de la calidad de los vínculos afectivos libremente elegidos. Son el amor y la amistad los que nos salvan a todos la vida”.
Concluye el profesor citando a una filósofa, Ana Romero, que ha escrito: “Queremos tener amigos en la vida para no estar solos –a veces se siente la soledad incluso estando rodeados de gente–, para vivir la vida más a fondo y para disfrutarla de verdad”.

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