Publicidad

San Francisco de Guayo: una misión para los indígenas waraos del Orinoco

Publicidad
 

Las terciarias capuchinas misioneras son las que han dado estabilidad a la misión de San Francisco de Guayo, fundada en 1942. Hoy atiende, por medio de una iglesia, un hospital y una escuela, a un millar y medio de indígenas de etnia warao en el delta laberíntico del Orinoco venezolano.

— Marcos Pantin y Natalia Rodríguez, Caracas

Hernán acaba de regresar a Caracas de vuelta de sus prácticas médicas. Han sido siete horas de viaje por río y diez por carretera desde la misión de San Francisco de Guayo. Extenuado, habla con pausa, sopesando las palabras, como quien necesita discernir entre las vivencias y algunas sombrías reflexiones que le ocuparon durante estos meses.

La misión de Guayo reúne unos 1.500 indígenas de la etnia warao (gente de las canoas), que habitan en palafitos (construcciones en terrenos anegables, sobre estacas), a orillas de los caños del delta del Orinoco, en el extremo oriental de Venezuela. Cuenta con un pequeño hospital, una iglesia, una escuela y poco más. Desde el hospital de la misión se atiende a una veintena de pequeñas comunidades dispersas en un laberinto de agua y selva. No hablan castellano. En sus palafitos sin paredes los waraos no disponen de más agua potable que la que recogen de las lluvias. Se alimentan de peces, tubérculos y arepa de maíz.

Los waraos son la etnia más pacífica de los indígenas precolombinos. Se dispersaron por el delta huyendo de las tribus guerreras. Los hombres se dedican a la pesca y las mujeres cuidan a los niños y hacen piezas de artesanía que venden como pueden. A pesar de la creciente inculturación, la brecha entre los dos mundos se mantiene enorme. Es lo que hostiga al joven médico mientras nos describe la misión de Guayo, a continuación.

En condiciones críticas
No hay médico permanente en el pueblo. Sólo los que estamos en prácticas. La continuidad de la asistencia médica descansa en tres enfermeros, de los cuales dos son religiosas capuchinas misioneras. El hospital general más cercano está a varias horas de navegación. En ocasiones llegamos a atender a más de cien pacientes diarios. Algunos de ellos acuden remando durante más de tres horas desde sus asentamientos dispersos por el delta.

Gradualmente nos hacíamos cargo de la situación. Estas comunidades están en serios problemas de supervivencia. Algunas han desaparecido barridas por dos enfermedades prevalentes: la tuberculosis y el VIH.

Casi la mitad de los que nacen no llegarán a los cinco años de edad. La altísima mortalidad infantil se debe a la deshidratación, causada principalmente por afecciones diarreicas. Además, el agua que traen las barcas cisternas del Estado no es del todo saludable.

La situación general de desabastecimiento de los hospitales públicos se agudiza cruelmente en Guayo. El tratamiento contra la tuberculosis y el VIH es costoso y escaso.

Poco a poco entendimos que se trataba de una lucha paciente: debíamos mantener encendida la ilusión a pesar de las dificultades y hacer todo lo que pudiéramos. Los waraos no son muy efusivos en sus muestras de agradecimiento. Al principio nos chocaba, comparándolo lo que ocurre en el resto del país donde los pacientes, agradecidos, no dejan de retribuir al médico de alguna manera. Pero aunque no terminamos de entender esta diferencia cultural, nos impulsaba el deseo de servir.

Manteníamos largas conversaciones con los habitantes del pueblo. Entrábamos en los palafitos para compartir y adentrarnos en su mundo. En Guayo el tiempo fluye intermitente. Hay periodos de intensa actividad en el hospital o en las comunidades extremas, y horas de mucha calma al caer el día.

Publicidad