Publicidad

Pedir con corazón

Publicidad
 

Después del tiempo fuerte del año litúrgico que, centrándose en la Pascua se prolonga durante tres meses –primero los cuarenta días de la Cuaresma y luego los cincuenta días del Tiempo pascual–, la liturgia nos propone tres fiestas que tienen un carácter “sintético”: la Santísima Trinidad, el Corpus Christi y, por último, el Sagrado Corazón de Jesús. Esta última solemnidad nos hace considerar el Corazón de Jesús y, con él, toda su persona pues el corazón es el resumen y la fuente, la expresión y el fondo último de los pensamientos, de las palabras, de las acciones: “Dios es amor” (1 Jn 4, 8). Cuando con la antífona de comunión de esta solemnidad ponemos nuestra mirada en el costado traspasado de Cristo, del que habla san Juan (cfr. 19, 37), comprendemos la fortísima afirmación del Evangelista en su primera carta: “Dios es amor”. “Es allí, en la cruz, donde puede contemplarse esta verdad. Y a partir de allí se debe definir ahora qué es el amor. Y, desde esa mirada, el cristiano encuentra la orientación de su vivir y de su amar” (Deus caritas est, 12).

Sagrado Corazón
La fiesta del Sagrado Corazón nos facilita abrir nuestro corazón, nos ayuda a ver con el corazón. Es bueno recordar que los Padres de la Iglesia consideraban que el mayor pecado del mundo pagano era su insensibilidad, su dureza de corazón, y citaban con frecuencia la profecía del profeta Ezequiel: “Os quitaré el corazón de piedra y os daré un corazón de carne” (cfr. Ez 36, 26). Convertirse a Cristo, hacerse cristiano, quería decir recibir un corazón de carne, un corazón sensible ante la pasión y el sufrimiento de los demás. Es también el Papa Francisco quien, en nuestros días, recuerda con fuerza que se expande, cada vez más, una globalización de la indiferencia: “En este mundo de la globalización hemos caído en la globalización de la indiferencia. ¡Nos hemos acostumbrado al sufrimiento del otro, no tiene que ver con nosotros, no nos importa, no nos concierne!” y por eso pedía con intensidad: “Dios de misericordia y Padre de todos, despiértanos del sopor de la indiferencia, abre nuestros ojos a sus sufrimientos y líbranos de la insensibilidad, fruto del bienestar mundano y del encerrarnos en nosotros mismos” (Francisco, Oración en memoria de las víctimas de las migraciones, Lesbos, 16-IV-2016).

Hemos de empaparnos de la realidad de que nuestro Dios no es un Dios lejano intocable en su bienaventuranza. Nuestro Dios tiene un corazón; más aún, tiene un corazón de carne. Se hizo carne precisamente para poder sufrir con nosotros y estar con nosotros en nuestros sufrimientos. Se hizo hombre para darnos un corazón de carne y para despertar en nosotros el amor a los que sufren, a los necesitados. Como decía gráficamente san Josemaría: “Fijaos en que Dios no nos declara: en lugar del corazón, os daré una voluntad de puro espíritu. No: nos da un corazón, y un corazón de carne, como el de Cristo. Yo no cuento con un corazón para amar a Dios, y con otro para amar a las personas de la tierra. Con el mismo corazón con el que he querido a mis padres y quiero a mis amigos, con ese mismo corazón amo yo a Cristo, y al Padre, y al Espíritu Santo y a Santa María. No me cansaré de repetirlo: tenemos que ser muy humanos; porque de otro modo, tampoco podremos ser divinos” (Es Cristo que pasa, 166).

Publicidad