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No podemos continuar indiferentes

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Con este título, Xiskya Valladares ha publicado en Palabra de julio-agosto un artículo sobre el islam. Fue antes del atentado de Barcelona.

El avance del islam en Europa y España tiene que ver, desde luego, con la pura demografía, pero es también consecuencia del relativismo, la superficialidad y la falta de testimonio cristiano.

La islamización de Europa es un objetivo declarado por muchos líderes islamistas. El primero fue Houari Boumedienne, en 1974, en las Naciones Unidas, que explicó el método: “Los úteros de nuestras mujeres nos darán la victoria”. El más reciente ha sido Muammar Gaddafi, en 2006, y dijo lo mismo: “El islam conquistará Europa sin disparar un tiro”. Y dio el motivo: “Algunas personas creen que Mahoma es el profeta de los árabes o musulmanes. Esto es un error. Muhammad es el profeta de toda la gente”.

Las estadísticas de crecimiento de los musulmanes en Europa confirman su empeño. En España, que no es de los países europeos más islamizados, el número de musulmanes en 2016 era de casi 2 millones, un 4% de la población total, y de ellos el 42 % eran legalmente españoles. Pero esta tendencia al alza es mundial. El último informe del Pew Research Center dice que el cristianismo representa hoy el 31,2 % de la población mundial y el islam, el 24,1 %. Y estima que en 2060 el cristianismo será un 31,8 % frente al 31,1% del islam. Hay más datos: aumento del número de mezquitas, de barrios donde rige la sharia, aparición de universidades islámicas, yihadistas en política y fuerzas armadas, etc. Y hablo de musulmanes, no de terroristas.

Me parece que estos son los resultados del relativismo, de la superficialidad religiosa, de la falta de testimonio y compromiso de fe, y del trabajo de ideologías ateas y populistas que contagian al “pueblo de la Cruz”. Aparte del proselitismo evidente musulmán. Y no invito al proselitismo católico, pero sí a que presentemos el Evangelio a nuestros coetáneos sin vergüenza y sin miedo de modo atractivo y sabiendo dar razón de nuestra fe. Tienen derecho a conocerlo. Son tiempos de misión. No solo porque las raíces cristianas europeas de muchos siglos están en juego, sino porque somos responsables del don de la fe recibida. No podemos continuar indiferentes.

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