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Nathan Douglas: Evangelizar con el cine

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Nathan Douglas es un guionista y director de cine canadiense de 26 años que, a pesar de su juventud, ha conseguido competir en uno de los festivales de cine más prestigiosos. 

— Fernando Mignone, Vancouver

Creado en 1979, el Festival Internacional de Clermont-Ferrand (Francia) es el festival de cortometrajes más importante del mundo. Nathan Douglas consiguió que su corto (de aproximadamente siete minutos de duración) fuera uno de los 70 films seleccionados para participar de entre más de 8.000 cintas procedentes de diversos países. Para él es un sueño hecho realidad. Su película, titulada “Son in the Barbershop” (Hijo en la peluquería), trata de un joven que escucha de forma fortuita, en la peluquería en la que le están cortando el pelo, una conversación telefónica entre un padre divorciado y su hijo. Este joven cineasta mostró su corto por primera vez en marzo del 2015, en el congreso Univ de Roma. Después lo hizo en varios festivales norteamericanos antes de llegar al festival de Clermont-Ferrand. Fue una experiencia única, aunque le chocó un poco la parte comercial del evento.

Nathan Douglas nació en la provincia canadiense de Ontario y reside en la de Columbia Británica. Estudió Cine en la Simon Fraser University, donde le conocí. Trabaja en su alma mater haciendo documentales educativos. Además, produce cortometrajes por su cuenta. Al fin y al cabo, algunos en Vancouver nos preciamos de vivir en el Hollywood North por la cantidad de rodajes que aquí se realizan. Nathan recibió el bautismo en una comunidad protestante poco después de nacer. Tras diez años buscando a Dios entró a formar parte de la Iglesia católica en la vigilia pascual de 2013. Hubo cuatro factores que influyeron mucho en su conversión: “Mi trabajo, que me hizo más sensible al arte y a la belleza como maneras de experimentar el amor de Dios; la adoración eucarística; un amigo católico que cariñosa y persistentemente me desafió; y una semana que pasé en un monasterio benedictino (cerca de Vancouver) que me abrió el corazón a la belleza de la liturgia”.

“¿Cuál es el fin principal del cine?”, le pregunto. Según Nathan, es el mismo que el de todo arte verdadero: “Reflejar la belleza de Cristo de manera que se pueda comprender a través de los sentidos. Hay cosas que las palabras no pueden decir. Pienso que el cine puede guiarte a una experiencia de amor. El cine puede vencer nuestra resistencia recordándonos cuánto valemos como hijos de Dios”.

Explica Nathan que el influyente crítico de cine y teórico cinematográfico (además de católico) André Bazin (quien vivió entre 1918 y 1958), escribió que el cine, más que cualquier otro arte, está inextricablemente unido al amor. Para André Bazin “la cámara es como un ojo universal omnisciente que nos da una idea de cómo ve Dios. Nos prepara para aceptar la comprensión inmerecida de Dios mismo. Un cine verdaderamente católico debería abrazar al espectador con el misterioso amor de Dios y del hombre, no martillearlo con mensajes”.

Afirma que el cine es un regalo de Dios, un raro fruto de la modernidad, y que los católicos deberíamos dialogar con el cine de vanguardia. “Con frecuencia, el arte de vanguardia trastorna las nociones de belleza y de orden. Pero esas obras suelen representar una búsqueda. En la vida moderna hay abstracción y movimiento constantes, y muchos de estos films luchan con este desafío. El cine no es sólo para entretener; eso es una trampa de la sociedad consumista. Las películas que se ven por ahí no suelen cambiar la vida de la gente; están producidas para las masas. Muchos artistas de vanguardia entienden esto, aunque también se opongan a instituciones como la Iglesia. Podemos trabajar codo con codo con ellos en su trabajo en contra de la injusticia”.

Nathan ve en la belleza del arte y en el testimonio de los santos los dos pilares de la conversión: “Creo que santidad y arte son las dos mayores voces evangelizadoras que posee la Iglesia. Y el cine une estas dos voces cuando nos muestra vidas que buscan la verdad y el amor”.

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