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Mons. Jesús Vidal: “Para el sacerdocio es necesario captar la gracia”

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El número de seminaristas mayores ha aumentado en España un 9 % este curso 2017-2018, según los datos publicados con motivo del Día del Seminario. Hay 1.263 aspirantes al sacerdocio, y 189 de ellos están en Madrid. Conversamos con el rector del Seminario madrileño, y desde el 17 de febrero obispo auxiliar de Madrid.

TEXTO – Alfonso Riobó

Madrileño del barrio de Ciudad Lineal, Mons. Jesús Vidal es licenciado en Ciencias Económicas y Empresariales, y aficionado a la lectura y a los paseos de montaña. Su ordenación episcopal tuvo lugar en febrero, pero sigue siendo rector del Seminario de Madrid. Esta conversación se centra precisamente, sobre todo, en la cuestión de las vocaciones sacerdotales y de su fomento y formación.

Ante todo, enhorabuena por su ordenación episcopal. ¿Qué significa para usted esta responsabilidad?

—Para mí significa una llamada dentro de la llamada, como les dije a los seminaristas cuando les comuniqué que el Papa me había nombrado obispo auxiliar para Madrid. Y también una profundización en la historia de amor que es la historia vocacional que Dios va haciendo conmigo. Así la definiría, en sustancia: una llamada dentro de la llamada, para seguir entregándome y desplegando la obra que Dios está haciendo conmigo.

En esa “historia vocacional”, ¿hubo un momento determinado en que tomó conciencia de la vocación cristiana? Y ¿cuándo descubrió la llamada al sacerdocio?

—La conciencia de la llamada cristiana vino sobre todo en el proceso de la formación para la Confirmación, a medida que empezaba a entrar en la vida cristiana. La propia Confirmación fue un momento muy bonito, que me ayudó mucho; me confirmó el que ahora es obispo de Granada. Luego seguí colaborando en la parroquia como catequista, participando de los grupos de Cáritas… Como era una parroquia pequeña, con pocos jóvenes, me permitía colaborar en varios lugares y desde distintos ámbitos. Fue ahí, en la comunión de la vida cotidiana de la Iglesia, donde la relación con Jesucristo se fue haciendo más viva. Y precisamente en ese momento empezaron a aparecer en mi corazón como los primeros indicios de la vocación. Yo tardé un poco en reconocerla, y hasta los 21 años no me rendí ante esta llamada con la que el Señor me insistía.

¿Contó con la ayuda del acompañamiento de algún sacerdote?

—A mí, precisamente por mi propia resistencia, me daba miedo hablar de esos indicios y de las insinuaciones de Dios que yo escuchaba. Por eso, debo hablar más de la presencia de un sacerdote que de acompañamiento; o, al menos, de un acompañamiento muy respetuoso con mi libertad, de un seguimiento a distancia. Estoy seguro de que el sacerdote veía en mí rasgos de una vocación y me iba acompañando en la distancia: me invitaba a acompañarle a algún sitio, me iba haciendo cercano a él. Pero, aparte de eso, para mí muy importante el acompañamiento de seglares en el descubrimiento de la vocación sacerdotal. Eran seglares que vivían una fe muy profunda, y que me animaron a vivir la relación con Jesucristo con esa profundidad, y entonces que descubrí que a mí el Señor me llamaba a otra cosa.

Poco antes de la ordenación episcopal, el Papa lo recibió junto con los otros dos nuevos obispos auxiliares de Madrid. ¿Les dio alguna indicación?

—Lo que hizo fue darnos las gracias por aceptar esta misión que nos confiaba, y añadió la indicación de que ayudáramos al arzobispo, don Carlos Osoro: que estuviésemos unidos a él e hiciéramos viva la comunión con él; por eso nos nombraba, para que ayudásemos al Cardenal en la evangelización en Madrid.

El Papa centra en las periferias, no sólo materiales, la llamada a evangelizar. En Madrid, ¿dónde está esa necesidad prioritaria?

—La necesidad de Madrid hoy es que la Iglesia se haga presente en todos los lugares. Madrid es una ciudad tan grande y tan anónima, que puede suceder que una persona no tenga contacto real con la Iglesia, o con un sacerdote. Podría tenerlo con cristianos que están a su alrededor, en la universidad o en su trabajo, pero que muchas veces viven su fe de manera un poco escondida: acuden el domingo a la Eucaristía o tienen alguna relación con la parroquia, pero no se hace visible.

En cambio, la presencia del obispo es una presencia visible de la Iglesia. Don Carlos dijo con acierto en la homilía de nuestra ordenación que espera que el ministerio episcopal se extienda por la diócesis como visibilidad, junto con todo el cuerpo de la Iglesia: sacerdotes, consagrados y laicos. Así podrá llegar a ser una visibilidad capilar de la Iglesia en Madrid.

Sus dos años como rector del Seminario son una experiencia útil, sin duda…

—Creo que es una experiencia de todos: al leer cada uno su historia de vocación, ve cómo Dios ha ido hilando. Verdaderamente, creo que sí, que ha sido una gracia haber estado estos dos años en el Seminario. Me ha servido principalmente para profundizar en el misterio de la vocación cristiana y, en concreto, en la vocación sacerdotal, así como para volver a las raíces de mi vocación como servicio. Al formar a los seminaristas en este servicio al pueblo de Dios, yo he revitalizado esta llamada.

¿En qué momento se encuentra el Seminario de Madrid?

—Gracias a Dios, el Seminario de Madrid ha vivido una grandísima vitalidad durante los últimos 30 años. No ha habido cambios bruscos, sino una preciosa evolución, con los signos de los tiempos.

Se encuentra en un momento muy bueno. Hay un buen ambiente; hay confianza y deseos de santidad, de entregar la vida, de ser sacerdotes santos para el mundo de hoy, y a la vez sacerdotes cercanos y sencillos, en la línea de lo que nos piden los últimos Papas.

Es un lugar donde se da una buena formación, donde la relación entre los seminaristas y los formadores es cordial y positiva, y donde muchos jóvenes se acercan, acompañados por los sacerdotes, a discernir si lo que ellos están percibiendo es una llamada al sacerdocio.

¿Cómo evoluciona el número de seminaristas?

—Hay que recordar que las cifras de un año puntual pueden engañarnos. Es normal que en un Seminario haya subidas y bajadas. Los años en que se ordenan muchos sacerdotes bajan las cifras del Seminario, y los años que se ordenan pocos suben los números; además, los cursos son muy diferentes entre sí y poco homogéneos.

En Madrid hay en la actualidad hay 125 seminaristas, contando todas las etapas, que es la misma media de los últimos años. Gracias a Dios en los últimos años hemos tenido ordenaciones de muchos sacerdotes. El año pasado fueron 13, y este año 15.

El extracto social es muy variado, y por lo que se refiere a la edad, hay tres grupos claros, cada uno de los cuales forma aproximadamente un tercio del total: un grupo grande de seminaristas que vienen directamente del bachillerato; un segundo grupo que ha estudiado en la Universidad y ha entrado en el Seminario en los últimos años de carrera o tras algunos años de experiencia profesional; y, finalmente, un grupo algo menor, pero también significativo, de personas que tienen más experiencia laboral.

A la vista de esas experiencias, ¿qué rasgo de la formación de los seminaristas debería cuidarse más en especial?

—Hoy en día adquiere una importancia muy grande la formación humana, y así lo señala la última Ratio Institutionis de la Santa Sede. Hoy es necesario que el sacerdote sea un hombre capaz, un hombre libre, que pueda captar la gracia y colaborar con ella, de modo que Dios pueda formarlo.

Junto con esa dimensión humana, es importante la “integralidad”, es decir, que todas las dimensiones de la formación –intelectual, espiritual, pastoral– estén integradas en la persona, de tal manera que sea un hombre equilibrado, capaz de entablar relaciones vivas, relaciones de comunión, a través de las cuales Dios llega a los hombres.

En el proceso de aplicación de la Ratio en España, ¿qué convendría destacar?

—Una primera cosa constatación es que estamos en el buen camino. Al leer la Ratio se encuentran similitudes con lo que ya vivimos en los Seminarios; es más, creo que la mayoría de los elementos ya están muy integrados en nuestros Seminarios.

Un elemento que tal vez habría que destacar de la Ratio, y en el que tenemos que seguir profundizando, es la preparación previa al Seminario. El documento nos anima a hacer una verdadera preparación, y a no tener prisa en ordenar a los sacerdotes. La propia edad de maduración es mayor, como confirma el dato de que los jóvenes afrontan, en general, el matrimonio y la vida laboral unos años más tarde.

No hay que tener prisa, pero tampoco hay que retrasar de forma innecesaria la ordenación. Lo que conviene hacer es poner bien las bases antes de la entrada en el Seminario, para que luego pueda integrarse bien, en todas las dimensiones de la persona, la formación que se da en el Seminario.

Otro rasgo en el que considero que hay que seguir profundizando es la dimensión comunitaria de la formación. Los Seminarios han de ser lugares suficientemente dispuestos para que se dé entre los seminaristas una vida comunitaria intensa, y suficientemente amplios para que la experiencia comunitaria sea buena. Los sacerdotes tendrán que ser después en las parroquias hombres generadores de comunión. Por lo tanto, considero que estos dos rasgos, la integralidad y la comunión, son importantes.

Las responsabilidades del sacerdote son muy variadas, y su formación debe abarcar muchos aspectos. El sacerdote, ¿ha de poderlo y saberlo todo?

—No. No es necesario que el sacerdote sea un “Supermán”. Es un hombre llamado por Jesucristo a ser padre de una familia, la familia eclesial.

No tiene por qué saberlo todo. En el Seminario no se puede aprender todo, y no se sale  del Seminario sabiéndolo todo, como no se sale de la universidad sabiendo todo lo necesario para trabajar, y es muy importante continuar después la formación permanente. Luego, en las distintas misiones en las que la Iglesia les encomienda, los sacerdotes pueden ir descubriendo las destrezas necesarias cuidándolas, fomentándolas, haciendo que crezcan.

Además, es importantísima la corresponsabilidad de los laicos. Hay muchos lugares de la parroquia, de la Iglesia, de la vida diocesana en los que los seglares tienen un papel fundamental, pues están llamados para eso. Y la misión del sacerdote será ser presencia de Cristo y lugar de comunión para que se genere el cuerpo de la Iglesia, en el que los laicos desarrollen todas sus capacidades.

Antes incluso de la cuestión explícita de la vocación, están las familias…

—Es muy importante el trabajo que se hace en la familia y en la escuela. Es necesario que los jóvenes tengan una experiencia de vida cristiana cuando entran en el Seminario, una experiencia de seguimiento de Jesucristo, para que ésta pueda integrarse con toda la configuración para el ministerio sacerdotal. Que todo esto pueda darse en la familia y en la escuela es muy importante.

¿Qué consejo daría a quien descubriera en un hijo o un nieto un signo de vocación sacerdotal?

—Yo les diría tres cosas. En primer término, que lo primero para que puedan surgir vocaciones en las familias es que las familias lleven a sus hijos a Jesucristo. Que los pongan de verdad ante Jesucristo, en la confianza de que lo que Él quiera para ellos será lo mejor. Lo segundo, que procuren la cercanía con sacerdotes: que inviten a sacerdotes a comer a su casa, que tengan una relación normal con ellos y los hijos perciban la figura del sacerdote como cercana y accesible.

Y, en tercer lugar, que pueden acercarse a los lugares de la diócesis que están preparados para acompañar estas vocaciones: el Seminario menor, la escuela de monaguillos… Hay previstos distintos momentos para que los jóvenes puedan acercarse y descubrir que no es algo extraño lo que están percibiendo, sino que otros jóvenes también lo perciben.

¿Y su consejo a un sacerdote que viera indicios de una vocación sacerdotal?

—Le diría que hace falta mucha paciencia, aunque los sacerdotes ya lo saben. Es necesaria paciencia para que el joven avance, para acompañarle en el diálogo con su propia vocación. Hay que tener en cuenta que se trata de una vocación un tanto contracultural y, por lo tanto, el joven que vive en un contexto de colegio o un contexto universitario tiene que aceptar lo que va a suponer para él este cambio.

Quizá puedo recordar que eventos del estilo de las Jornadas Mundiales de la Juventud son muy importantes, porque suelen catalizar toda la experiencia que el joven ha ido acumulando. Al mismo tiempo, sin embargo no son suficientes, porque lo que se ha experimentado en ese evento debe arraigar en la vida cristiana, entrar a fondo y llenar toda la vida. En caso contrario, podría ser una casa construida sobre arena, sobre una experiencia puntual, pero que luego venirse abajo en los momentos de dificultad.

Con la paciencia, recomiendo confianza en la Iglesia, para que la semilla de la vocación que Jesucristo ha puesto desde dentro vaya cogiendo fuerza y abarcando toda la vida del joven. Así la vocación no será como un traje que uno se pone desde fuera pero donde no acaba de estar cómodo, sino como una semilla que se planta dentro y que va creciendo desde dentro como el árbol de la parábola evangélica, para que en el futuro muchos puedan anidar en él.

Por tanto, laicos y sacerdotes comparten una responsabilidad.

—Los laicos no son simplemente un apoyo para el sacerdote, sino que tienen un lugar propio en la vida de la Iglesia. Cuando san Juan Pablo II escribe la Christifideles laici, hace referencia a la parábola de la viña y los trabajadores. Todos estamos llamados a trabajar en la misma viña, de formas diferentes y propias del sacerdote, el consagrado y el laico. Pero todas tienen un valor propio, que es el valor del bautismo.

Por lo tanto, los laicos tienen que participar, en primer lugar, de la realidad de este mundo. Son ellos, como la sal de la tierra, los que tienen que hacer presente el sabor del evangelio en las empresas, en la educación, en las escuelas públicas, en la política, en la economía… Muchas veces digo a los laicos que, por ejemplo, están trabajando en una empresa y no saben qué pueden hacer ahí, que son la luz que ha puesto el Señor y han de iluminar a todos los que están alrededor. Junto a ello, han de colaborar también en la propia misión evangelizadora del cuerpo visible de la Iglesia.

Compaginar y coordinar estos dos elementos es fundamental para que en la vida de los seglares, a través de la vocación al trabajo y la vocación a la familia, se desarrolle la verdadera vocación secular que tienen.

En Madrid es relevante la presencia de la vida consagrada. ¿Cuál es su espacio hoy?

—El espacio de la vida consagrada es fundamental. Después del Concilio Vaticano II, la vida religiosa está en un camino de reflexión y renovación. Su lugar es hacer presente a los hombres la vida de Cristo a través de la profesión de los consejos evangélicos y con una mirada también escatológica, dirigida al final de los tiempos, mostrándonos lo que verdaderamente es el hombre.

Por lo tanto, más que hablar de acciones, tendríamos que hablar de esencias: ¿qué es la vida consagrada? Y creo que su papel es fundamental. Necesitamos que esa forma de la vida de Cristo sea visible en medio de los hombres. Todos los consagrados, estén en la clausura y en la vida contemplativa o en medio del mundo atendiendo a los pobres, hacen presente en los distintos ámbitos de la realidad esta forma de la vida de Cristo.

Pronto tendrá lugar el Sínodo sobre los jóvenes. ¿Qué espera y de qué manera se prepara para el Sínodo?

—Me preparo rezando para que dé fruto, porque creo que es importante que escuchemos a los jóvenes, no con una escucha dirigida sólo a ver qué quieren, sino con una escucha de sus anhelos más profundos. El Papa está insistiendo en la importancia de que escuchemos a los jóvenes, no con la intención de encontrar soluciones prácticas, sino para escuchar el anhelo de Verdad, de Belleza, de plenitud que está en el corazón de los jóvenes. Así, podremos ir respondiendo junto con ellos, y encontrarán la promesa de plenitud que está en el seguimiento de Cristo.

Los nuevos obispos auxiliares de Madrid buscarán la cercanía a los sacerdotes, según han dicho. ¿En qué se concreta ese deseo?

—Se concreta en una línea fundamental que el Cardenal arzobispo nos ha marcado: las visitas pastorales. Estamos diseñando un proyecto para empezar cuanto antes, que nos permita acercarnos a través de ellas a la comunidad cristiana, en especial al sacerdote, colaborador nuestro en este ministerio, que son quienes están ahí, sirviendo a la comunidad cristiana en la frontera. Queremos animarlos a reavivar el espíritu de entrega, de seguimiento y de configuración con Jesucristo.

Y se concreta también en una disponibilidad absoluta de nuestro horario. Tenemos que tener claro que, si nos llama un sacerdote, responder ha de ser lo primero en nuestra agenda. n

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