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Misericordia y nueva sensibilidad. Acerca de la revolución de la ternura

A couple attend a prayer vigil for the Synod of Bishops on the family in St. Peter's Square at the Vatican in this Oct. 3, 2015, file photo. Pope Francis' postsynodal apostolic exhortation on the family, "Amoris Laetitia" ("The Joy of Love"), was to be released April 8. The exhortation is the concluding document of the 2014 and 2015 synods of bishops on the family. (CNS/Paul Haring) See stories to come.
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En un momento histórico en que los sentimientos parecen tener frecuentemente más peso que la razón, donde quizá se hace difícil razonar y hacer razonar, puede resultar sorprendente la llamada del Santo Padre a una “revolución de la ternura”. Se diría más bien que lo que hace falta es un poco de sensatez, fuerza de voluntad y capacidad de sacrificio. Cosas que no parecen en sintonía con la ternura.

En cualquier caso, no parece que la racionalidad sea el único recurso de los seres humanos, al menos si la consideramos como cálculo o como reflexión, tanto en el plano teórico como en el práctico. Capacidades como la intuición, la empatía, el sentido de la oportunidad, el buen gusto o el sentido del humor no parecen identificarse con la racionalidad en el sentido mencionado.

Por ello, nos parece que la llamada a una “revolución de la ternura” no es una invitación a la sensiblería o a la irracionalidad, sino a construir nuestra propia humanidad desde el “amor de Dios derramado en nuestros corazones” (Rom 5,5).

Sin duda, este modo de entender y proponer la caridad no es una novedad en la predicación del Papa. Ya como Arzobispo de Buenos Aires, se refería abundantemente a la ternura en su predicación. Las referencias son innumerables y comparten algunas notas en común, sin llegar a ser idénticas. Al hablar de la ternura, el Cardenal Bergoglio aludía sobre todo al amor de Dios por nosotros, el cual se hace especialmente patente en la Navidad, “Dios hecho ternura”. En esta misma línea, se refería a un “Dios que perdona siempre” como síntesis de ternura y fidelidad. Junto a esto, apuntaba también a la “ternura como actitud humana”, en respuesta a la ternura de Dios.

La revolución de la ternura

Sin embargo, aunque la ternura tuviera ya un relieve importante en su predicación anterior, quizá la nota más novedosa de su magisterio pontificio sea la propuesta programática de la ternura como “revolución”. Las siguientes palabras de la Evangelii gaudium son elocuentes: “El Hijo de Dios, en su encarnación, nos invitó a la revolución de la ternura” (EG 88). En la sencillez de esta frase, se contiene la clave para entender la “revolución” que nos propone el Papa Francisco. No es, desde luego, una indicación aislada ni anecdótica, sino una idea que aparecerá en varios momentos y contextos de la misma Evangelii Gaudium, como también en otras intervenciones.

En esta propuesta, se entrelazan dos perspectivas complementarias. De una parte, se pone de manifiesto la relación entre la ternura del amor de Dios y la ternura del corazón humano más allá de toda circunstancia, pues la primera es, en toda época, modelo y causa de la segunda. Pero, además, hay una particular invitación dirigida al hombre actual, un estímulo y una propuesta apremiantes en nuestra peculiar situación. Por eso, la fórmula —por así decir— empleada por el Santo Padre pone de relieve el entrelazamiento de lo divino y lo humano, de lo eterno y lo temporal. El centro de esas dos líneas es sin duda Jesucristo, Dios encarnado, “rostro de la misericordia del Padre” (Misericordiae vultus, 1), “el mismo hoy, ayer y siempre” (Heb. 13,8).

La articulación de estos dos enfoques quizá se entienda mejor si reconocemos su convergencia en la virtud y en el sentimiento de la misericordia. En ésta se dan, en efecto, dos niveles o ámbitos conectados entre sí: el don gratuito de Dios hacia la humanidad y la comunión de afectos entre los seres humanos, la “compasión” (El nombre de Dios es misericordia, VIII). A su vez, ambos aspectos pertenecen esencialmente a la caridad (la misericordia es su fruto o “efecto interior”: cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 1829; Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, II-II, q. 28, pról.), e interpelan concretamente la sensibilidad del hombre de hoy, especialmente necesitado de vínculos profundos y estables “en estos tiempos de relaciones frenéticas y superficiales” (Amoris laetitia, 28; cfr. Evangelii gaudium, 91).

La ternura de Dios

A este tenor, hay una frase del libro del Eclesiástico que el Romano Pontífice cita en varias ocasiones (Evangelii gaudium, 4 y Amoris laetitia, 149) y que evidentemente pertenece al acervo de su oración personal: «Hijo, trátate bien […] No te prives de pasar un día feliz» (Si 14,11.14). En estas palabras, el Papa descubre la ternura de Dios Padre, que se acerca a sus criaturas con un lenguaje accesible al corazón humano, “como un niño a quien consuela su madre” (cfr. Is 6,13). Él es el “Dios de toda consolación” (II Cor 1,3) y su ternura enardece el corazón de sus criaturas (Homilía 7.VII.2013). “La misericordia tiene también el rostro de la consolación” (Misericordia et misera, 13).

Expresión eminente de la ternura divina es el perdón de los pecados (Homilía 20.XI.2013), “el signo más visible del amor del Padre, que Jesús ha querido revelar a lo largo de toda su vida” (Misericordia et misera, 2). Esta manifestación de la ternura divina se encarna paradigmáticamente en el encuentro entre la Misericordia y la miseria, entre Jesús y los pecadores (la adúltera, la pecadora que unge sus pies: Misericordia et misera, 1-2).

Así pues, el amor tangible del Padre se nos comunica de manera perfecta en Jesucristo, Dios y hombre, cuyas manifestaciones de afecto llenan las páginas del Evangelio. El Papa Francisco señala que la misericordia del Señor no es sólo un sentimiento (Angelus 9.VI.2013), pero se expresa en una concreta “sensibilidad” hacia las necesidades humanas (Misericordiae vultus, 7). En continuidad con la ternura del Salvador, la Iglesia como Madre transmite el amor de Dios a la Humanidad, de manera que “todo en su acción pastoral debería estar revestido por la ternura con la que se dirige a los creyentes” (Misericordiae vultus, 10).

La ternura humana

Elemento esencial de esta visión es la conexión de la ternura de Dios con la ternura humana. Si la ternura de Dios “se abaja y me enseña a caminar” (Homilía 12.VI.2015), la ternura humana es correspondencia filial a ese don, la respuesta adecuada a Su amor misericordioso. La primera modalidad de esta respuesta es la aceptación, el “no tener miedo a Su ternura” (cfr. Ibídem); pero se expresa también como don hacia los demás. Por ello, en cuanto guiada por el amor divino, la ternura humana “no es la virtud de los débiles, sino más bien todo lo contrario: denota fortaleza de ánimo y capacidad de atención, de compasión, de verdadera apertura al otro, de amor” (Homilía 19.III.2013).

El amor de Dios purifica el amor humano y lo asemeja al Suyo para hacernos “misericordiosos como el Padre” (Homilía 13.III.2015; cfr. Lc. 6, 36), capaces de “dar consuelo a cada hombre y a cada mujer de nuestro tiempo” (ibidem). Así, la ternura humana se hace “respetuosa” (Amoris laetitia, 283) y “se libera del deseo de la posesión egoísta” (ibidem, 127). En este plano, el Papa Francisco se refiere abundantemente a la catequesis de San Juan Pablo II sobre el amor humano (ibidem, 150 y ss.).

Caridad hecha carne

La ternura es, pues, una dimensión de la caridad: la expresión concreta e indefectible de la misericordia de Dios y la respuesta humana a esa donación con un amor integral, en cuerpo y espíritu. Por eso, el Santo Padre afirma que los cristianos de nuestro tiempo están llamados a hacer “visible a los hombres de hoy la misericordia de Dios, su ternura hacia cada creatura” (Discurso 14.X.2013).

Esa visibilidad significa el carácter real, tangible y omniabarcante de la caridad, y encuentra su manifestación plena en Jesucristo, “la Misericordia hecha carne” (Audiencia general 9.XII.2015). Como discípulo de Cristo, el cristiano está llamado a encarnar el amor de Dios en su vida y en la de quienes le rodean, pues éstos son para él “la carne de Cristo” (Palabras 18.V.2013). El Papa se refiere con frecuencia a esta idea de la “carne del hermano” para subrayar la índole real y cercana de la caridad. Es precisamente a través de la carne del hermano, de los pobres, de los necesitados, como se entra “en contacto con la carne del Señor” (Homilía 30.VII.2016).

Desde el tema de la “carne del hermano”, se entienden algunas indicaciones que el Romano Pontífice formula en palabras profundamente cercanas. Así, habla de “la ternura del abrazo” (Amoris laetitia, 27-30), de las emociones y goces físicos en las relaciones matrimoniales (ibidem, 150-152), de las expresiones de la caridad conyugal al hilo del “himno a la caridad” (ibidem, 89-141), de las heridas afectivas (ibidem, 239-240), de la urbanidad del lenguaje en la familia (Audiencia general 13.V.2015), etc.

La “nueva sensibilidad”

¿En qué medida esta invitación del Santo Padre es adecuada al hombre contemporáneo? Cabe preguntarse, en efecto, si esta propuesta alcanza la sensibilidad del momento histórico presente. En este sentido, es un secreto a voces que vivimos en una sociedad cada vez más compleja y variable, una sociedad globalizada y —en cierto modo— desarraigada. El Papa apunta a este contexto en innumerables ocasiones.

Desde esta situación, se ha venido generando lo que algunos pensadores han dado en llamar “nueva sensibilidad” (vid. A. Llano, La nueva sensibilidad, Espasa Calpe, Madrid 1988). Se trata, obviamente, de una categoría marcadamente relativa —como todo lo “nuevo” o “moderno”—; pero refleja, en su propio carácter provisional, un posicionamiento concreto ante un mundo siempre cambiante (lo que Zygmunt Bauman llama “sociedad líquida”).

Pienso que la invitación del Romano Pontífice a una “revolución de la ternura” se encuentra en sintonía con este modo de ver la realidad. Para mostrarlo, es preciso caracterizar la “nueva sensibilidad” en sus trazos esenciales. El filósofo Alejandro Llano ha señalado cinco principios inspiradores de esta mentalidad: el principio de gradualidad, el principio de pluralismo, el principio de complementariedad, el principio de integralidad y el principio de solidaridad. Hagamos una breve descripción de cada uno de ellos.

  1. El principio de gradualidad implica reconocer que la realidad no se agota en la alternativa del “blanco o negro”, sino que está llena de matices y se encuentra siempre en un proceso de cambio. Se hace preciso reconocer, por ello, que los logros culturales, científicos, etc. se enmarcan siempre en un contexto histórico —no son inteligibles separados de su historia—; de aquí la importancia de cultivar las tradiciones, de trabajar en grupos y redes, y de valorar las llamadas “habilidades blandas”, particularmente la capacidad comunicativa.
  2. El principio de pluralismo se halla en continuidad con el anterior, pues la comprensión de una realidad siempre cambiante requiere una flexibilización y modulación del conocimiento: la convergencia de distintos puntos de vista, pero, sobre todo, de formas diversas o analógicas de racionalidad (Daniel Goleman habla de “inteligencia emocional” y Howard Gardner de “inteligencias múltiples”). Esta elasticidad se opone a un punto de vista único y homogéneo, a favor de la inclusión de distintas visiones y aptitudes.
  3. El principio de complementariedad es una ulterior consecuencia de los precedentes. Si la realidad es cambiante y requiere una amplitud de perspectivas, se descubre que entre las cosas no hay sólo diferencias, sino también complementariedad. Es decir, hay relaciones armónicas y no simple irreductibilidad entre eventos singulares. Esto implica que no deba confundirse lo distinto con lo contrario, sino buscar la “com-posibilidad de las diferencias”. De aquí se siguen importantes consecuencias en varios campos: por ejemplo, en la economía (transformar los límites en oportunidades), en la política (transformar la dialéctica en diálogo), etc.
  4. El principio de integralidad expresa que el ser humano es una unidad en su estructura espiritual-corpórea y en su actividad. Por ello, esta propuesta conduce a superar la fragmentación en los diversos ámbitos de la vida. Concretamente, ante la compartimentación del saber y el excesivo especialismo, se propone el antídoto de la interdisciplinariedad. En general, este principio plantea un “humanismo integral” frente a toda reducción unidimensional de la vida humana (como sería, por ejemplo, considerar al hombre como mero productor o mero consumidor).
  5. El principio de solidaridad es una cierta aplicación del anterior al intercambio de bienes entre los individuos, de manera que se planteen como relaciones interpersonales y no como engranajes de producción y consumo. Algunas consecuencias deseables de este enfoque son la humanización del mercado y de la economía en general, diversas formas de cooperación al desarrollo, la consolidación de la convivencia pacífica y la formación de una conciencia ecológica.

La ternura y el hombre contemporáneo

Como hemos señalado, El Santo Padre entiende la ternura como caridad “hecha carne”, misericordia hecha visible. A mi entender, sin embargo, su visión no acaba ahí, sino que añade un elemento de novedad o, si se prefiere, de “contemporaneidad”. Esto significa que su propuesta de una “revolución de la ternura” es un mensaje particularmente adecuado al hombre de hoy y encuentra en él una profunda resonancia.

Esta contemporaneidad se pone de manifiesto en muchos elementos del magisterio del Papa Francisco. En primer lugar, insiste en “partir de nuestra miseria” y recordar “de dónde venimos, qué somos, nuestra nada”. De aquí, concluye: “es importante no creernos autosuficientes” (El nombre de Dios es misericordia, VI). En efecto, “no vivimos, ni individualmente ni como grupos nacionales, culturales o religiosos, como entidades autónomas y autosuficientes, sino que dependemos unos de otros, estamos confiados los unos a los cuidados de los otros” (Discurso 21.IX.2014).

De aquí surge la necesidad de acompañar a cada persona, en su camino de respuesta a Dios, “sin necesidad de imponerse, de forzar al otro”, porque “la verdad tiene su propia fuerza de irradiación” (Discurso, 21.IX.2014). Por eso, afirmará que, “a pesar de nuestros diferentes credos y convicciones, todos estamos llamados a buscar la verdad, a trabajar por la justicia y la reconciliación, y a respetarnos, protegernos y ayudarnos unos a otros como miembros de una única familia humana” (Discurso 27.XI.2015).

En continuidad con este enfoque, el Santo Padre sostiene que “la diversidad de los puntos de vista debe enriquecer la catolicidad, sin perjudicar la unidad” (Discurso 5.XII.2014). En efecto, la comunión de los miembros de la Iglesia depende de la unidad de la fe, y esto no se opone a la libertad de pensamiento, sino que “precisamente en el amor es posible tener una visión común” (Lumen fidei, 47). Por ello, es preciso que el diálogo entre diferentes posiciones tenga, al menos, tres características: debe fundarse sobre una identidad, debe estar abierto a una comprensión recíproca y debe estar orientado al bien común. Desde estas bases, la propia diversidad de perspectivas —no sólo buena, sino necesaria— es considerada por él como un enriquecimiento (Discurso 11.VII.2015).

Pero el diálogo no es sólo un método, sino que se hace cultura y constituye la base misma de “la convivencia en los pueblos y entre los pueblos”, “el único camino para la paz”. Es lo que el Santo Padre llama la “cultura del encuentro” (Angelus 1.IX.2013). Esa cultura no se basa en la uniformidad, sino en la armonía de las diferencias, que es obra del Paráclito (Audiencia a todos los Cardenales 15.III.2013). fundar

Por otra parte, si se pierde de vista la unidad, la diferencia de perspectivas puede conducir a una sectoralización del conocimiento. En efecto, aunque “la fragmentación de los saberes cumple su función a la hora de lograr aplicaciones concretas”, en realidad “suele llevar a perder el sentido de la totalidad” (Laudato si’, 110). El Papa aboga así por un “humanismo cristiano”, un “humanismo que brota del Evangelio”, el cual “convoca a los distintos saberes, también al económico, hacia una mirada más integral e integradora” (ibidem, 141). Este enfoque se aplica de manera particular a la educación y al trabajo, ámbitos en los que es necesario “no sólo enseñar alguna técnica o aprender nociones, sino hacernos más humanos a nosotros mismos y la realidad que nos circunda” (Discurso, 16.I.2016).

Al “desarrollo humano integral” se opone “un superdesarrollo derrochador y consumista, que contrasta de modo inaceptable con situaciones persistentes de miseria deshumanizadora” (Laudato si’, 109; cita de Caritas in veritate, 22). Consecuencia de esta situación es que “grandes masas de la población se ven excluidas y marginadas” y, al mismo tiempo “se considera al ser humano en sí mismo como un bien de consumo, que se puede usar y luego tirar”. Se llega, de esta manera, a lo que el Santo Padre ha llamado la “cultura del descarte”.

Por el contrario, hacer llegar la ternura de Dios a todos los hombres equivale a alcanzar para todos un desarrollo integral, especialmente “a los más alejados, a los olvidados, a quienes necesitan comprensión, consuelo y ayuda” (Homilía 27.III.2013). Se trata de alcanzar las “periferias del mundo y de la existencia” (Homilía 24.III.2013), esto es, aquellas personas que se encuentran en “situaciones persistentes de miseria deshumanizadora”.

La propuesta de una “revolución de la ternura” se hace así “contemporánea”, toca la sensibilidad del hombre de hoy. Se hace sensible, pero supera la angostura del sentimentalismo y se abre a la totalidad de la persona y a todas las personas.

Esta revolución implica un cambio de paradigma. No comporta una negación de normas generales de conducta, de acuerdo con el bien humano; pero sí rechaza la identificación de ese bien con formulaciones universales. De aquí, el estímulo a entender el bien como bien de la persona concreta, que se encuentra siempre en situaciones que «exigen un atento discernimiento y un acompañamiento con gran respeto” (Amoris laetitia, 243). Por eso, hacer espacio a la ternura en la propia vida y en las relaciones humanas no significa negar la justicia ni las exigencias del Evangelio, sino acoger “la invitación a recorrer la via caritatis” (Amoris laetitia, 306), que es precisamente la plenitud de la justicia y lo que nos dispone a recibir la misericordia de Dios.

 

 

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