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“El martirio no se puede buscar como un proyecto de vida”

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El 27 de marzo del año 1996, un grupo de terroristas supuestamente vinculados al Grupo Islámico Armado secuestró y posteriormente asesinó a siete monjes del monasterio de Tibhirine en Argelia. Los hechos fueron narrados en la película De dioses y hombres, que alcanzó gran notoriedad hace unos años. Uno de los supervivientes fue el padre Jean-Pierre Schumacher, quien ve en el ejemplo de sus hermanos asesinados un testimonio de amistad hacia el islam y de perdón hacia sus secuestradores.

TEXTO – Miguel Pérez Pichel

El padre Jean-Pierre Schumacher fue uno de los supervivientes del secuestro y posterior asesinato de los monjes cistercienses del Monasterio de Tibhirine (Argelia) en el año 1996. En la actualidad tiene 89 años y vive en el monasterio de Notre-Dame del Atlas Kasbah Myriem, en la localidad marroquí de Midelt. Durante una conversación con Palabra, recuerda aquellos acontecimientos y reflexiona sobre el martirio y el monacato.

—¿Qué supone ser monje cristiano en un país de mayoría musulmana?

—Ser monje en un país musulmán consiste en tener en estas tierras una presencia cristiana en nombre de Jesús y de la Iglesia. Una presencia mediante la cual no buscamos ningún tipo de satisfacción más allá de dejarnos habitar por Él, y de participar de lo mejor que hay en las vidas de las gentes que nos han acogido, tanto como nos permite la vocación contemplativa cisterciense. Así pasamos a formar parte de sus vidas, compartimos sus preocupaciones y sus esperanzas, sus necesidades y sus alegrías, sus sufrimientos. Por lo tanto, es una presencia gratuita en la que todo lo recibimos por medio de la oración. Ese deseo de convivir con la gente de este lugar nos lleva a aprender su lengua, a conocer su patrimonio cultural y a aprovechar al máximo los recursos materiales de que disponemos de acuerdo con nuestras posibilidades.

—¿Cómo es la vida en el monasterio?

—La vida en el monasterio se estructura en tres áreas de actividades: por un lado, el Oficio Divino y la Eucaristía diaria, así como el tiempo para la oración individual; en segundo lugar, la lectura de los textos sagrados durante los tiempos de descanso; y finalmente el trabajo que a cada religioso se le ha asignado en función de sus aptitudes: administración, relación con los proveedores y con las autoridades públicas, liturgia, acogida de visitantes y personas que vienen a realizar ejercicios espirituales, contabilidad, etcétera. Dedicamos ocho horas diarias a realizar cada una de estas tres actividades.

—¿Desde cuándo es usted monje?

—Entré en la abadía de Nuestra Señora de Timadeuc (Bretaña francesa) en el año 1957. Hice mi profesión solemne el 20 de agosto de 1960, solemnidad de San Bernardo.

Me había sentido llamado a la vida monástica durante mi noviciado con los padres maristas en 1948. Ese llamamiento íntimo se mantuvo durante mis estudios de filosofía y teología en el seminario de los padres maristas en Lyon, y también después, durante los cuatro años en que ejercí el ministerio de educador en el centro vocacional para jóvenes aspirantes al sacerdocio de Saint Brieuc, en la Bretaña. Fue entonces cuando, de acuerdo con mis superiores, tomé la decisión de entrar en la abadía de Timadeuc. Cuando llegué allí, en octubre de 1957, lo hice con la intención de pasar el resto de mi vida con los hermanos que participaban en la vida en comunidad, que es, de acuerdo con la regla benedictina seguida por la orden Cisterciense; una “escuela del servicio divino”. Por lo tanto no tenía otra pretensión que la de aprender a amar a Dios. No podía imaginar en absoluto que la divina providencia tuviera otros caminos para mí. Como dice el proverbio, “el hombre propone y Dios dispone”.

—¿Cuándo llegó usted al monasterio de Tibhirine?

—Fue el 19 de septiembre del año 1964. Yo formaba parte de un grupo de tres religiosos designados por la comunidad de Timadeuc para responder a una petición urgente del cardenal Duval, arzobispo de Argel, para mantener el pequeño monasterio de Tibhirine, que estaba a punto de cerrar. El arzobispo deseaba que, pese a la marcha masiva de europeos y cristianos al finalizar la guerra de Argelia de 1962, la Iglesia se mantuviera en el lugar, y al mismo tiempo ofreciera un nuevo rostro: el de una Iglesia al servicio de todos los argelinos, fuera cual fuese su religión. El monasterio, según el pensamiento del cardenal, debía tener su propio espacio. Me gustó la orientación que de aquel modo tomaría mi vida: manteniendo su carácter monástico, adoptó el rostro de una presencia cristiana en medio de la comunidad musulmana. Fue necesario descubrir, por medio del espíritu del Concilio Vaticano II, el modo de presencia más conveniente.

El pequeño grupo llegado de Timadeuc no estaba sólo. Un grupo de cuatro monjes enviados por el monasterio de Aiguebelle (Ródano) se unió a nosotros. Después llegaron otros dos monjes procedentes de la abadía de Citeaux (Borgoña), entro los que estaba el Padre Etienne Roche, que se convirtió en nuestro primer prior. A nuestra llegada nos reunimos con tres monjes de la antigua comunidad establecida en el lugar. Entre ellos estaban el Padre Amédée. De ese modo comenzó la aventura de Tibhirine; mejor dicho, “recomenzó” pero con un rostro renovado. Una aventura que duró 32 años, desde 1964 hasta 1996.

—¿Cómo era la vida en el monasterio Tibhirine?

—El ritmo de la jornada diaria era tal y como le he explicado anteriormente. Asimismo, existía una particular relación con los vecinos del pequeño pueblo de Tibhirine: fue necesario un proceso de inculturación, de descubrirnos mutuamente con nuestras diferencias de idioma, cultura, religión y nacionalidad. Conseguimos que nos aceptaran como monjes cristianos a través de actividades conjuntas, como el trabajo en el jardín o la atención médica de los pobres y enfermos en la clínica del hermano Luc, dentro del monasterio. También estaba la casa de retiros, la oración monástica de religiosos y sacerdotes, en la que también participaban laicos, y, más tarde, los encuentros bianuales con musulmanes sufíes. A través de todas estas actividades nos interesábamos por la vida, las preocupaciones y las alegrías de la gente. En resumen: como señalaba el Padre Charles de Foucauld, el testimonio del Evangelio se realizaba más por nuestro modo de ser y de hacer que por nuestras palabras.

El término “conversión” implica “convertirnos” nosotros, más que tratar de convertir a los demás. El propósito de nuestra presencia allí era vivir para las gentes de Tibhirine, compartir sus experiencias, cultivar su amistad, caminar juntos hacia Dios en convivencia, respetando la identidad religiosa y cultural de nuestros vecinos e identificándonos con ellos, aceptando como propia la diversidad religiosa o de nacionalidad.

—¿Cuándo comenzaron los problemas?

—La situación se volvió difícil y peligrosa en el momento en que el gobierno argelino interrumpió el proceso electoral al percibir que el Frente Islámico de Salvación (FIS) se podía hacer con el control del país. Entonces el FIS se echó al monte e inició la actividad guerrillera. Esos fueron los años negros, entre 1993 y 1996.

—¿Por qué decidieron permanecer en Tibhirine a pesar del peligro?

—En primer lugar, nos parecía del todo incorrecto optar por una solución que implicara retirarnos a un lugar libre de peligro, como nos pedían las autoridades de la embajada de Francia en Argelia y el gobernador de Médéa (la provincia a la que pertenece Tibhirine), mientras la población local, nuestros vecinos, no tenían la opción de marcharse para escapar de la violencia. Además, nuestra presencia les daba seguridad.

El segundo motivo está ligado a nuestra vocación. Nosotros fuimos enviados por el Señor para asegurar una presencia cristiana entre los musulmanes. Huir con el pretexto del peligro nos parecía una grave falta contra la confianza en el Señor: hubiera sido como dudar de que Él realmente nos hubiera enviado.

—¿Qué fue lo que ocurrió la noche del secuestro?

—El secuestro de los monjes se produjo durante la noche del 26 al 27 de marzo de 1996 entre la una y la una y media de la mañana. Un grupo que aseguró pertenecer al Grupo Islámico Armado (GIA) había entrado en el recinto del monasterio saltando el muro, y después había accedido al edificio por la puerta trasera que comunica el jardín con el sótano. En primer lugar detuvieron al guarda del monasterio, un joven padre de familia, y le obligaron a que los condujera al interior de la oficina del prior, y después a la habitación del hermano Luc, el médico.

El Padre Amédée miró a través del agujero de la cerradura de su puerta y vio a dos de los secuestradores en la sala a la que daba su celda que lo revolvían todo. No trataron de entrar en la celda, pues vieron que la puerta estaba cerrada. Así fue como Amédée escapó del secuestro. Después subieron a la primera planta y tomaron prisioneros a los cinco monjes que dormían allí. En la hospedería, adyacente a aquel piso, residían unos invitados llegados la noche anterior. Uno de ellos, intrigado por las quejas de los padres, quiso averiguar qué ocurría. Abandonó su habitación y se encontró con el guarda del monasterio, quien discretamente le advirtió del peligro y le dijo que se marchara. Mientras tanto, los secuestradores sacaron a los monjes de sus habitaciones, pero no entraron en la zona donde estaban los invitados.

Yo, como era el portero, dormía en la portería del monasterio. Los asaltantes, conducidos por el guarda directamente a la primera planta, no trataron de entrar en la portería y, en cuanto se hicieron con los siete monjes, abandonaron el lugar creyendo que ya habían atrapado a toda la comunidad. Todavía quedábamos el Padre Amédée y yo, pero no sabían que estábamos allí. Por ese mismo motivo, tampoco fuimos testigos de cómo sacaron a nuestros hermanos del edificio. Probablemente lo hicieron por la puerta de atrás del claustro.

Poco después de salir de su celda, el Padre Amédée advirtió primero la desaparición del hermano Luc y del Padre Christian, nuestro prior. Después subió al primer piso y vio que los demás monjes también habían desaparecido. De regreso a la planta baja me llamó –yo todavía estaba en la portería– para comunicarme lo sucedido. “¿Sabes lo que ha ocurrido?”, me dijo; “nuestros hermanos han sido secuestrados. Estamos solos”.

—¿Qué hicieron después?

—El Padre Amédée, dos sacerdotes alojados en la hospedería y yo decidimos rezar las Vísperas. Después, cuando con la salida del sol se levantó el toque de queda, enviamos a todos nuestros huéspedes a Argel. Luego, fui junto con el Padre Thierry Becker –uno de nuestros huéspedes– hasta Draâ-Esmar a denunciar los hechos a los militares encargados de la seguridad local, y luego a Médeá para advertir a la gendarmería. No conseguimos avisarles antes por teléfono, porque todas las líneas habían sido destruidas por los secuestradores. De regreso al monasterio nos encontramos con un grupo de seguridad militar que interrogaba al guarda y al Padre Amédée. A continuación nos obligaron al Padre Amédée, al Padre Thierry Becker y a mí a pasar la noche en un hotel del pueblo.

Por último, nos trasladaron a la casa diocesana en Argel. Rezábamos al Señor por nuestros hermanos, para que les diera la fuerza suficiente y unión con Él de modo que pudieran mantenerse fieles a su vocación, pasara lo que pasara. El día 27 de mayo se nos informó de su muerte por medio de un cassette del GIA dirigido al gobierno francés. Tenemos la certeza íntima de que dieron sus vidas en ofrenda perfecta al Señor, tal y como consta en el testamento del Padre Christian.

—¿Qué sintieron el Padre Amédée y usted cuando se encontraron solos tras el secuestro?

—Nos quedamos trastornados, a pesar de que sabíamos que, en aquel contexto de violencia, algo así podría ocurrir de un momento a otro. No queríamos morir mártires. Nuestra vocación seguía siendo mantenernos entre los musulmanes y entre nuestros amigos argelinos, para lo bueno y para lo malo.

—¿Por qué cree que Dios no le llamó al martirio, como a los demás monjes?

—Esto, obviamente es un secreto suyo… La vida de cada religioso está dedicada al Señor de acuerdo con su profesión religiosa. Cada uno de nosotros tiene que hacerse esa pregunta, y encontrar la respuesta que el Espíritu le sugiera. No era el momento de pensar en ello. Había que ponerse manos a la obra para hacer frente a la nueva situación: en lo posible, no bajar la guardia ante lo ocurrido a nuestros hermanos, y preguntarnos qué quería el Señor de nosotros para el futuro.

—¿Qué piensa de los terroristas que asesinaron a los monjes?

—Todavía no sabemos quién y por qué asesinaron a los monjes. Las investigaciones aún no han ofrecido datos definitivos. De todos modos, pienso que la respuesta exacta a su pregunta debería basarse en el testamento del Padre Christian: “Y a ti también, amigo del último instante, que no sabrás lo que estás haciendo, sí, porque también por ti quiero decir este gracias y este ‘a-dios’ en cuyo rostro te contemplo. Y que nos sea dado volvernos a encontrar, ladrones colmados de gozo, en el paraíso, si así le place a Dios, Padre nuestro, Padre de ambos. Amén”.

—¿Qué sentido tiene hoy morir mártir?

—A mí me parece que el martirio no es algo que se pueda buscar como un proyecto de vida que uno mismo se ofrece. Ser mártir significa ser testigo. El término se emplea con frecuencia para todo aquel que se mantiene fiel al Señor, que no teme ni vacila a la hora de soportar afrentas muy dolorosas, e incluso de exponer la vida si es necesario. El martirio es algo que sucede sin que se haya elegido para uno mismo, pero en el que nos involucramos libremente por lealtad. Requiere la gracia de Dios.

—¿Siente nostalgia de Tibhirine?

—Sigo mostrando mi cariño y mis mejores deseos a mis amigos de Tibhirine. Me mantengo en contacto con ellos a través del teléfono y del correo electrónico. En cualquier caso, creo que no es apropiado un sentimiento de nostalgia; es algo innecesario y poco saludable. Debemos estar en cuerpo y alma donde el Señor quiere que estemos. Si bien es cierto que, desde el principio, cuando empezamos en Marruecos, hemos mirado con esperanza la posibilidad de reasentarnos en Argelia en cuanto las circunstancias lo permitan.

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