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Nuestra Señora, madre de Dios y madre de la Iglesia

El 13 de mayo la Virgen María...
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Texto – Geraldo Luiz Borges Hackman
Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Católica de Rio Grande do Soul (PUCRS), Brasil (gborgesh@pucrs.br)

Desde el inicio de la existencia de la Iglesia, Nuestra Señora ha tenido siempre un lugar destacado en la piedad de los primeros cristianos. Y así continúa siendo hasta nuestros días. El Documento de Puebla (1979) reconoce el lugar preeminente que ocupa la devoción mariana en la religiosidad del pueblo latino-americano, al afirmar que la Santísima Virgen María ha propiciado que sectores del continente a los que no llegaba una atención pastoral directa continuaran ligados a la Iglesia católica, dado que la piedad mariana ha sido a menudo “el vínculo resistente que ha mantenido fieles a la Iglesia sectores que carecían de atención pastoral adecuada” (Puebla, n. 284). Y esta importancia no deriva de ella misma, sino que es fruto del papel que cumplió en la historia de la salvación al convertirse en madre de Dios (Concilio de Éfeso, año 431).

Teniendo esto en cuenta, las líneas que siguen reflexionan sobre la orientación dada a la devoción mariana por el Concilio Ecuménico Vaticano II, así como por dos textos del magisterio papal reciente, concretamente de los Papas Pablo VI y Juan Pablo II.

Nuestra Señora en el Vaticano II

La exposición del Concilio Ecuménico Vaticano II (1962-1965) sobre Nuestra Señora se encuentra en el capítulo octavo de la Constitución Dogmática Lumen Gentium, titulado La Santísima Virgen María, madre de Dios, en el misterio de Cristo y de la Iglesia. Tal título expone claramente la intención del Concilio sobre la Mariología: no se considera a la madre de Dios de forma aislada, como si fuese alguien independiente en la historia de la salvación, sino dentro del misterio de Jesucristo, su Hijo, y de la Iglesia, mostrando su orientación cristocéntrica y eclesiológica. Aquí aparece superada tanto una interpretación maximalista de la teología mariana que mantiene una devoción a la Virgen María desligada del culto de la Iglesia, como otra minimalista, que deseaba disminuir la devoción mariana en la vida de la Iglesia.

Ese capítulo no pretendía agotar todo lo que podría decirse sobre la Virgen María, ni resolver las controversias entre diversas tendencias de la Mariología, sino hacer una presentación sobria y sólida, insertando a la madre de Dios en el misterio de la salvación, del cual derivan sus prerrogativas y privilegios personales. El propio texto del Concilio declara esta intención: “[El Concilio] se propone explicar cuidadosamente tanto la función de la Santísima Virgen en el misterio del Verbo Encarnado y del Cuerpo Místico cuanto los deberes de los hombres, especial de los fieles” (Lumen Gentium, n. 54).

Es verdad que el Vaticano II no supuso ningún incremento cuantitativo en la doctrina de la Iglesia sobre Nuestra Señora, ante la negativa a definir el dogma de la “Medianera”; pero hay un progreso cualitativo, ya que el texto favorece una exposición mariana sobria y sólida, basada directamente en las fuentes de la teología y entendida a la luz del misterio central y total de la Iglesia, dando como resultado una profundización de la doctrina mariana. El texto conciliar legitima el valor de la Tradición y del Magisterio de la Iglesia, que, junto a la Sagrada Escritura, sirven de base para un progreso de la Mariología. Por eso, el texto del capítulo privilegia a la Virgen María a partir de una perspectiva histórico-salvífica y deja de lado la orientación teológico-especulativa, tal como explica el texto del capítulo: el Concilio no tiene “la intención de proponer una doctrina completa sobre María ni resolver las cuestiones que aún no ha dilucidado plenamente la investigación de los teólogos” (Lumen Gentium, n. 55). En fin, el texto de este capítulo profundizó en la comprensión de los misterios marianos y no quiso detenerse en la exposición de cuestiones teológicas discutibles.

El Vaticano II presenta a María como tipo ideal de la Iglesia como Virgen y Madre, porque está íntimamente relacionada con la Iglesia en virtud de la gracia de la maternidad y de la misión, que la une de forma privilegiada con su Hijo, y de sus virtudes (cfr. Lumen Gentium, n. 63). Ella es la imagen ideal de la Iglesia –tipo de la Iglesia– a causa de su fe y de su obediencia a la voluntad de Deus, que la capacitó para realizar el designio de Dios sobre ella en la historia de la salvación. Ella es la “nueva Eva”, en contraposición a la “antigua Eva”. María es la madre obediente, mientras que Eva es desobediente a Dios. María generó al Hijo de Dios, el autor de la vida nueva, mientras que el pecado entró en el mundo por medio de Eva.

La Marialis Cultus de Pablo VI

El 2 de febrero de 1974 el Papa Pablo VI publicó la Exhortación Apostólica Marialis Cultus –“El culto a la Virgen María”–, destinada a dar orientaciones sobre la recta ordenación y el desarrollo del culto a la Santísima Virgen María, apuntando además a una teología mariana renovada, que recupera el sentido de María para la Iglesia. Por eso, el objetivo de la exhortación es la “recta ordenación y desarrollo del culto a la Santísima Virgen María”, que se inserta en el culto cristiano, como escribe el Papa: “El desarrollo, deseado por Nos, de la devoción a la Santísima Virgen, insertada en el cauce del único culto que ‘justa y merecidamente’ se llama ‘cristiano’ —porque en Cristo tiene su origen y eficacia, en Cristo halla plena expresión y por medio de Cristo conduce en el Espíritu al Padre—, es un elemento cualificador de la genuina piedad de la Iglesia” (Introducción).

Todavía en la Introducción, el Papa Pablo VI recuerda los esfuerzos realizados por él mismo para promover el culto mariano (escribió un documento específico sobre el Rosario titulado Christi Matri Rosarii, fechado el 15 de septiembre de 1966, en el que señalaba el día 4 de octubre, mes dedicado a la Virgen María, como Día de Oración por la paz para pedir su intercesión por la paz mundial, y en otros dos documentos recomienda la verdadera piedad mariana: la Exhortación Apostólica Signum Magnum, de 13 de mayo de 1967, y la homilía pronunciada el 2 de febrero de 1965 con ocasión de la ofrenda de las velas), no sólo con “el deseo de interpretar el sentir de la Iglesia y nuestro impulso personal, sino también porque tal culto —como es sabido— encaja como parte nobilísima en el contexto de aquel culto sagrado donde confluyen el culmen de la sabiduría y el vértice de la religión y que por lo mismo constituye un deber primario del pueblo de Dios”.

La Exhortación Apostólica está dividida en tres partes. En la primera, Pablo VI analiza el culto a la Virgen Santísima a partir de la dimensión litúrgica, mostrando la relación entre liturgia y piedad mariana, abriendo así una perspectiva nueva para el culto a la Virgen María, que no puede estar aislado de la vida litúrgica de la Iglesia. La segunda parte da orientaciones para la renovación de la piedad mariana al: (a) mostrar la nota trinitaria, cristológica y eclesial del culto mariano, y (b) dar algunas orientaciones de orden bíblico, litúrgico, ecuménico y antropológico para el culto a la Virgen María. En la tercera parte da indicaciones acerca de los piadosos ejercicios del Angelus Domini y del Santo Rosario. Estas tres partes del documento dan una idea bien clara sobre la “recta ordenación” de la piedad mariana deseada por Pablo VI de acuerdo con la orientación trazada por el capítulo octavo de la Lumen Gentium. El Papa quiso ser fiel a esta nueva orientación y dio estas directrices para que la Iglesia pudiera, por un lado, poner en práctica las determinaciones del Vaticano II para la Mariología y, por otro, dar continuidad a la piedad mariana en la Iglesia con un nuevo acento, sin minimizarla ni exagerarla.

En cuanto al Rosario, el Papa Pablo VI quería igualmente incentivarlo, dando continuidad a lo que hicieron sus predecesores –que dedicaron a esta práctica “vigilante atención y premurosa solicitud” (n. 42)–, y renovarlo. Así, el Papa reafirma la índole evangélica del Rosario (n. 44), que inserta al cristiano en la sucesión armoniosa de los principales eventos salvíficos de la redención humana (n. 45) y, como oración evangélica, es al mismo tiempo “una oración de orientación profundamente cristológica” (n. 46) y favorece la contemplación que, por medio de la forma litánica, armoniza la mente y las palabras (n. 46). Además, el Rosario está relacionado con la Liturgia cristiana como “un vástago germinado sobre el tronco secular de la Liturgia cristiana, ‘el salterio de la Virgen’, mediante el cual los humildes quedan asociados al ‘cántico de alabanza’ y a la intercesión universal de la Iglesia” (n. 48).

En la Conclusión del documento, el Papa Pablo VI reflexiona sobre el valor teológico y pastoral del culto a la Santísima Virgen, pues “la piedad de la Iglesia hacia la Santísima Virgen es un elemento intrínseco del culto cristiano” por tener raíces profundas en la Palabra revelada y, a la vez, sólidos fundamentos dogmáticos, teniendo su suprema razón de ser en la insondable y libre voluntad de Dios (n. 56). Como valor pastoral, el Pablo VI destaca que “la piedad hacia la Madre del Señor se convierte para el fiel en ocasión de crecimiento en la gracia divina: finalidad última de toda acción pastoral” (n. 57).

Por eso, “la Iglesia católica, basándose en su experiencia secular, reconoce en la devoción a la Virgen una poderosa ayuda para el hombre hacia la conquista de su plenitud” (n. 57).

La Redemptoris Mater de san Juan Pablo II

La encíclica Redemptoris Mater, del Papa Juan Pablo II, publicada el 25 de marzo de 1987, desea dar continuidad a la enseñanza mariana del Vaticano II y, por eso, se sitúa en el camino abierto por el capítulo octavo de Lumen Gentium y acentúa la presencia de María en el misterio de Cristo y en el misterio da Iglesia, pues “María, como Madre de Cristo, está unida de modo particular a la Iglesia, que el Señor constituyó como su Cuerpo” (n. 5). De ese modo, el Papa quiere presentarla como la “peregrina en la fe”, que camina junto al pueblo de Dios, unida a Jesucristo, como él mismo proclama: “En las presentes reflexiones, sin embargo, quiero hacer referencia sobre todo a aquella ‘peregrinación de la fe’, en la que ‘la Santísima Virgen avanzó’, manteniendo fielmente su unión con Cristo. De esta manera aquel doble vínculo, que une la Madre de Dios a Cristo y a la Iglesia, adquiere un significado histórico. No se trata aquí sólo de la historia de la Virgen Madre, de su personal camino de fe y de la ‘parte mejor’ que ella tiene en el misterio de la salvación, sino además de la historia de todo el Pueblo de Dios, de todos los que toman parte en la misma peregrinación de la fe”.

Más allá de esta perspectiva, este documento puede ser leído a la luz de la categoría de “presencia”. Al exponer el sentido del año mariano que él mismo había convocado, Juan Pablo II destaca el sentido de la presencia: “Siguiendo la línea del Concilio Vaticano II, deseo poner de relieve la especial presencia de la Madre de Dios en el misterio de Cristo y de su Iglesia. Esta es, en efecto, una dimensión fundamental que brota de la mariología del Concilio, de cuya clausura nos separan ya más de veinte años. El Sínodo extraordinario de los Obispos, que se ha realizado el año 1985, ha exhortado a todos a seguir fielmente el magisterio y las indicaciones del Concilio. Se puede decir que en ellos —Concilio y Sínodo— está contenido lo que el mismo Espíritu Santo desea ‘decir a la Iglesia’ en la presente fase de la historia” (n. 48).

Estas dos categorías, tanto la de “peregrinación de la fe” como la de “presencia”, se encuentran a lo largo del documento, particularmente cuando el Juan Pablo II va recordando toda la trayectoria de la vida de María, desde el momento de la Anunciación hasta el nacimiento de la Iglesia, que la asocia a la historia de la salvación. Stefano De Fiores entiende que la palabra “presencia” no aparece en el texto conciliar mariano pero es una conclusión que resulta de las premisas del texto conciliar y de la estructura global del capítulo octavo de la Lumen Gentium. Para este autor, la categoría de presencia es el hilo conductor de la encíclica, el término que conecta las demás temáticas abordadas en los tres capítulos de la encíclica, aunque considera que la “fe de María” se sitúa en el centro de la encíclica (De Fiores, S., Presencia. In Id. María. Nuovissimo Dizionario, vol. 2. Bologna: EDB, 2006, 1638-1639).

El documento está dividido en tres partes: la primera parte se titula María en el misterio de Cristo; la segunda parte, La Madre de Dios en el centro de la Iglesia peregrina; y la tercera parte tiene como título la Mediación materna. Así, se percibe la continuidad con el texto mariano del Vaticano II: sitúa a María, la madre de Dios, en el misterio de Cristo y en el misterio de la Iglesia, incluyendo la fe como la manera en que la Virgen María vive la respuesta a la misión de la maternidad divina recibida de Dios en su vida, convirtiéndola en tipo o modelo de la Iglesia. El tercer capítulo, sobre la mediación de María, ocupa un lugar relevante en la encíclica, pues el Juan Pablo II usa con abundancia el término mediación aplicándolo a la Virgen María, en continuidad con la doctrina anterior y, al mismo tiempo, dándole un progreso original: a través de la mediación ella se sitúa, como madre de Dios, en el misterio de Cristo y en el misterio de la Iglesia, se realiza efectivamente su presencia en la vida de la Iglesia y se comprende su peregrinación de la fe.

Es esta la perspectiva que el Papa Juan Pablo II da a la espiritualidad mariana en la Iglesia y a su culto en la Iglesia: “Por estos motivos María ‘con razón es honrada con especial culto por la Iglesia; ya desde los tiempos más antiguos… es honrada con el título de Madre de Dios, a cuyo amparo los fieles en todos sus peligros y necesidades acuden con sus súplicas’. Este culto es del todo particular: contiene en sí y expresa aquel profundo vínculo existente entre la Madre de Cristo y la Iglesia. Como virgen y madre, María es para la Iglesia un ‘modelo perenne’. Se puede decir, pues, que, sobre todo según este aspecto, es decir como modelo o, más bien como ‘figura’, María, presente en el misterio de Cristo, está también constantemente presente en el misterio de la Iglesia. En efecto, también la Iglesia ‘es llamada madre y virgen’, y estos nombres tienen una profunda justificación bíblica y teológica” (n. 42).

Conclusión

A pesar de que el Papa Benedicto XVI no ha escrito ningún texto dedicado específicamente al tema de la Virgen María, sin embargo en la Encíclica Deus caritas est, publicada el 25 de diciembre de 2005, dedica al final del documento un número a la Virgen María, donde reflexiona sobre las virtudes y la vida de la Virgen María a la luz del Magnificat. Así, destaca que ella es mujer humilde; consciente de que contribuye a la salvación del mundo; mujer de esperanza y de fe; su vida está tejida por la Palabra de Dios, habla y piensa con la Palabra de Dios –“la Palabra de Dios es verdaderamente su propia casa, de la cual sale y entra con toda naturalidad”–; en fin, es mujer que ama (Deus Caritas est, n. 41).

Concluimos estas líneas con la misma oración con que Benedicto XVI termina su encíclica: “Santa María, Madre de Dios, tú has dado al mundo la verdadera luz, Jesús, tu Hijo, el Hijo de Dios. Te has entregado por completo a la llamada de Dios y te has convertido así en fuente de la bondad que mana de Él. Muéstranos a Jesús. Guíanos hacia Él. Enséñanos a conocerlo y amarlo, para que también nosotros podamos llegar a ser capaces de un verdadero amor y ser fuentes de agua viva en medio de un mundo sediento” (Deus Caritas est, n. 42). n

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