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Los santos, el rostro más bello de la Iglesia

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Puede parecer una información secundaria o de trámite, ya que se repite con frecuencia, pero su significado en la vida de la Iglesia es grande… e incluso muy grande, si se tiene en cuenta que la santidad es “el rostro más bello de la Iglesia”, como ha dicho el Papa Francisco en el número 9 de la exhortación apostólica Gaudete et exsultate. Nos referimos a la recurrente publicación por parte de la Santa Sede de las decisiones acerca de la heroicidad de las virtudes de determinadas personas, de su muerte como testimonio de fe en Cristo, de la santidad de su vida y de los milagros obrados por su intercesión ante el Señor. Estos últimos vienen a confirmar que no se trata de proponer sólo ejemplos de comportamiento, sino de proclamar que efectivamente los santos han alcanzado la meta definitiva junto a Dios.

Esas personas expresan una cercanía a Cristo vivida en condiciones históricas determinadas, con los precisos rasgos de la personalidad de cada uno y en medio de la fragilidad común a todos, pero en la apertura a la gracia divina. La santidad, dice también el Papa, no es “una prerrogativa solamente de algunos: la santidad es un don que es ofrecido a todos, nadie está excluido”. Si no es el rostro “exclusivo” de la Iglesia, cuyos hijos “se reconocen todos pecadores, siempre necesitados de conversión y de purificación” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 165), sí es su versión más “acabada”. De ella no puede prescindirse para formar un justo juicio de conjunto.

El Dossier que incluye este número se refiere a algunas personas a las que se refieren decretos recientes de martirio y santidad. Algunas han sido beatificadas mientras se preparaban estas páginas, como los seminaristas de Oviedo el pasado 9 de marzo o el médico tarrragonés Mariano Mullerat, el 23 de marzo. Otras lo serán muy pronto, como Guadalupe Ortiz de Landázuri, para la que está fijada la fecha del 18 de mayo, o las 14 religiosas Concepcionistas franciscanas, que serán proclamadas mártires el 22 de junio en Madrid. Para algunos no conocemos aún fecha, como el converso del anglicanismo John Henry Newman, los pastores en circunstancias de persecución Stefan Wyszynski (Polonia) y Jozef Mindszenty (Hungría), el joven italiano Carlo Acutis, tan “contemporáneo”, religiosos y religiosas de varios lugares, algunos de ellos fundadores, sacerdotes, etc.

La selección tiene mucho de aleatoria, y solamente pretende subrayar la variedad de las condiciones vitales y personales de esas figuras. La exhaustividad hubiera sido imposible. Sin ir más lejos, en la fase de elaboración de estas páginas el Santo Padre ha aprobado nuevos decretos, como los referentes al martirio de siete obispos rumanos que dieron su vida por la fe durante la etapa comunista y cuya beatificación podría celebrarse durante la próxima visita del Papa a su país, así como al milagro sucedido por intercesión de la religiosa española María Emilia Riquelme y Zayas y de otras seis personas.

En todos ellos aparece lo que el Papa califica como el rostro más bello de la Iglesia porque es, en cierto sentido, un reflejo del rostro de Dios.

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