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Los gestos del Papa Francisco

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“El gesto del lavatorio de los pies que hoy haré sea para todos nosotros un gesto que nos ayude a ser más servidores los unos de los otros, más amigos, más hermanos en el servicio”.

—Texto José Rico Pavés, Obispo auxiliar de Getafe

¿Para qué sirven los gestos del Papa Francisco? A los pocos meses de iniciar su pontificado, en un encuentro con catequistas durante el Año de la fe, el Papa afirmó que le gustaba recordar lo que san Francisco de Asís decía a sus frailes: “Predicad siempre el evangelio y, si fuese necesario, también con palabras”; y añadía: “que la gente vea en vuestra vida el evangelio, que pueda leer el evangelio”. 

Nadie duda a estas alturas del pontificado, que el Papa Francisco da tanta importancia o más a los gestos que a las palabras. Para quien sabe que, en la tarea evangelizadora, las palabras deben usarse sólo cuando sea necesario, los gestos no son nunca casuales. 

No siempre es fácil comprender el significado inmediato de los gestos del Papa. En el último mes hemos visto a Francisco viajar a Marruecos, donde los católicos viven en minoría; le hemos visto conceder dos entrevistas en España y Reino Unido a medios que no se caracterizan precisamente por su afinidad con la Iglesia católica; y le hemos visto, en fin, arrodillarse ante los mandatarios de Sudán del Sur y besarles los pies, para implorar, más allá de lo que pueden proclamar las palabras, medidas eficaces para alcanzar la paz. Este último gesto sorprendente culminaba dos días de un retiro espiritual inédito en que el Papa invitaba a la oración a los líderes enfrentados. Un día después el ejército asumía el poder dando un golpe de estado que abre un nuevo periodo de incertidumbre en este convulso país africano. Es evidente que al Papa que invita constantemente a salir a las periferias le gusta primero transitarlas. Así lo vemos en la frontera del diálogo interreligioso, en el escenario mediático del laicismo beligerante y en el campo de los conflictos armados. 

Pero ¿sirven para algo estos gestos? El tiempo lo dirá. Ahora podemos escudriñar su motivación común y aventurarnos a interpretar su significado. Difícil es consignar los gestos en el conjunto de las enseñanzas. Podemos, al menos, buscar en las palabras el significado de los gestos para intentar comprender su alcance. Ningún tiempo tan propicio como el de la Semana Santa para descubrir la primacía de los gestos y acoger la luz de las palabras. Las enseñanzas del Papa en el último mes arrojan luz sobre gestos que evocan referencias, expresan preocupaciones, sugieren respuestas y proponen orientaciones. La liturgia evoca la referencia insustituible del origen y de la meta; la reflexión sinodal, como manifestación del “caminar juntos”, recoge las preocupaciones; en las catequesis y encuentros se sugieren las respuestas; en las directrices y normas se indican las orientaciones, para que la Iglesia responda en el momento presente a la nueva etapa evangelizadora que está llamada a impulsar. Tales pueden ser las coordenadas dentro de las cuales el dibujo de las enseñanzas revele un día el significado de los gestos. 

Al ritmo de la liturgia

Avanzada la cuaresma, el episodio de la mujer adúltera “nos invita a cada uno de nosotros a ser conscientes de que somos pecadores, y a dejar caer de nuestras manos las piedras de la denigración y de la condena, de los chismes, que a veces nos gustaría lanzar contra otros”. El perdón nos hace comenzar una historia renovada. 

La Semana Santa se inicia cada año con el misterio de la aclamación exultante y el ensañamiento feroz de la entrada de Jesús en Jerusalén y de la pasión hasta la muerte. También así nos enseña Jesús el camino que debemos seguir. Frente a la tentación del triunfalismo, Jesús reacciona con la humildad. El triunfalismo se alimenta de gestos y palabras que no han pasado por el crisol de la cruz. 

Una forma sutil y perversa de triunfalismo es la mundanidad espiritual. “Jesús destruyó el triunfalismo con su pasión”. Impresionado por el silencio de Jesús en la pasión, Francisco ha afirmado: “En los momentos de oscuridad y de gran tribulación hay que callar, tener el valor de callar, siempre que sea un callar manso y no rencoroso”.

En la Misa Crismal el Papa se ha fijado en la actitud de Jesús que permanece en medio del pueblo, entre la multitud, y ha reflexionado sobre “tres gracias que caracterizan la relación de Jesús con la multitud”: la gracia del seguimiento, pues Jesús no rechaza a quienes se agolpan en torno a Él, le buscan y le siguen; la gracia de la admiración, pues la gente se maravilla con sus milagros y con su Persona, y Jesús, por su parte, se admiraba de la fe de la gente sencilla; y la gracia del discernimiento, pues Cristo suscita en la gente la capacidad de reconocer su autoridad. 

Considerando esta triple gracia, Francisco ha analizado después quiénes forman la multitud que sigue a Jesús, le admira y reconoce: son los pobres, los ciegos y los oprimidos. Teniendo esto en cuenta, ha concluido: “Queridos hermanos sacerdotes, no tenemos que olvidar que nuestros modelos evangélicos son esta ‘gente’, esta multitud con estos rostros concretos, a los que la unción del Señor realza y vivifica. Ellos son los que completan y vuelven real la unción del Espíritu en nosotros, que hemos sido ungidos para ungir”. El sacerdote unge cuando se reparte a sí mismo, cuando reparte entre la multitud su vocación y su corazón. “El que aprende a ungir y a bendecir se sana de la mezquindad, del abuso y de la crueldad”.

Celebrando la Cena del Señor en la prisión de Velletri ha explicado el Papa por qué la Iglesia pide realizar el lavatorio de los pies el Jueves Santo: para repetir el gesto de Jesús. “Esta es la regla de Jesús y la regla del evangelio: la regla del servicio, no del dominar, del hacer mal o de humillar a los otros, sino ¡el servicio!”.   

En la oración del Via Crucis, celebrado el Viernes Santo, Francisco ha pedido: “Jesús, ayúdanos a ver en tu Cruz todas las cruces del mundo”, para concluir: “Señor Jesús, revive en nosotros la esperanza de la resurrección y tu victoria definitiva contra todo mal y cada muerte”.

En la Vigilia pascual, al comentar el pasaje evangélico proclamado en la liturgia, el Papa ha hablado de la Pascua como la “fiesta de la remoción de las piedras”: “Dios quita las piedras más duras, contra las que se estrellan las esperanzas y las expectativas: la muerte, el pecado, el miedo, la mundanidad… Esta noche cada uno de nosotros está llamado a descubrir en el que está Vivo a aquél que remueve las piedras más pesadas del corazón”. Es esencial tener un amor vivo con el Señor para no caer en una fe de museo, pues Jesús no es un personaje del pasado, es una persona que vive hoy. “No se le conoce en los libros de historia; se le encuentra en la vida”.

Catequesis y encuentros

En la primera catequesis del mes de abril, Francisco ha querido explicar el significado de su viaje a Marruecos. Lo ha hecho siguiendo las huellas de dos santos: san Francisco de Asís, que hace 800 años se encontró con el sultán al-Malik al-Kamil, y san Juan Pablo II. Y ha ofrecido dos explicaciones. Primero, se ha preguntado por qué un Papa visita a los musulmanes y, a raíz de esto, por qué hay tantas religiones.

Despejando el equívoco que se podía haber suscitado a partir de una expresión de la Declaración sobre la fraternidad humana por la paz mundial y la convivencia común firmada conjuntamente con el Gran Imán de Al-Azhar, en Abu Dabi, Francisco ha recordado que la multitud de religiones se debe a la voluntad permisiva de Dios, “pero lo que Dios quiere es la fraternidad entre nosotros y de manera especial —aquí está el motivo de este viaje— con nuestros hermanos hijos de Abraham como nosotros, los musulmanes. No debemos temer la diferencia: Dios lo ha permitido”. La segunda explicación, tiene que ver con la necesidad de “construir puentes entre las civilizaciones”. Atención especial merecen en ese sentido los migrantes.

Siguiendo con las catequesis sobre el Padrenuestro, ha llegado el momento de explicar la petición “perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. La actitud correcta en la oración consiste siempre en comenzar pidiendo perdón y reconociéndonos deudores ante Dios, pues de Él lo hemos recibido todo. 

En el marco de la Semana Santa ha querido el Papa ofrecer una catequesis sobre la oración de Jesús durante la pasión: “Hagamos nuestra la oración de Jesús: pidamos al Padre que quite el velo de nuestros ojos para que en estos días, mirando al Crucificado, aceptemos que Dios es amor”.

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