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Líbano abre una página de estabilidad con fuerte inmigración siria

A general view of the Downtown area of Beirut city. The Scottish Catholic International Aid Fund (Sciaf) is helping to fund its partner agency Caritas Lebanon to support aid work with Syrian refugees and poor Lebanese.
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La experiencia de la guerra civil en los años 80 ha impulsado a llegar a acuerdos. Líbano, que no quiere ser arrastrado por la guerra en Siria, tiene nuevo presidente, el cristiano Michel Aoun.

 

  • Ferran Canet, Beirut

Con el torbellino de acontecimientos que han sucedido en el mundo en los últimos meses, y en particular en Oriente Medio con Siria, la noticia de que Líbano tiene nuevo presidente, Michel Aoun, abre una página de prudente optimismo.

Michel Aoun fue elegido con el apoyo de 83 de los 128 parlamentarios el pasado 31 de octubre, cerrando así más de dos años en los que el país estuvo sin presidente. La grave situación que se vive en Oriente Medio podía hacer temer que el Líbano se vería inmerso directamente en el conflicto, pero hasta ahora ha conseguido que los problemas en el interior del país sean muy esporádicos.

Sin embargo, la tensión entre Irán y Arabia Saudita, la guerra en Siria, el conflicto en Irak, y hasta los problemas en Yemen, han influido en la situación libanesa, aunque sólo sea porque Hezbollah (partido político a la vez que milicia), apoya a Irán en los distintos conflictos en los que éste interviene.

Con todo esto, que el Líbano siga en paz no deja de ser sorprendente. No se puede olvidar, además, que desde que estalló la guerra en Siria, los libaneses han visto como más de 1,5 millones de sirios buscaban refugio en el Líbano (con más de 1 millón de refugiados inscritos oficialmente desde abril de 2014).

 

Debate sobre asentamientos

Si se tiene en cuenta que la población local del Líbano es de unos 4,5 millones de habitantes, hay una proporción de refugiados sirios de unos 200 por cada mil habitantes (la más alta del mundo, triplicando la de Jordania, el segundo país en ese triste ranking). A estos habría que añadir unos 450.000 palestinos.

  Algunos expertos han ofrecido claves sobre la capacidad de acogida de Líbano. Por ejemplo, el país tiene una tradición de no encerrar a los refugiados en campos, en parte por una larga historia de relaciones laborales. Desde los años 90, muchos sirios venían a trabajar al Líbano, y esto ha facilitado una cierta integración.

La política de no alojar a la gente en campos de refugiados se debe a motivos de seguridad, afirma Tamirace Fakhoury, profesora universitaria de Ciencias Políticas. El gobierno teme que los campos se conviertan en santuarios para el terrorismo, aunque es un asunto a debate. Existen algunos asentamientos informales en la zona fronteriza. Y Acnur (la agencia de las Naciones Unidas para los refugiados), y algunas ONG consideran que unos campos gestionados por ellos proporcionarían mejores condiciones de vida a los refugiados sirios.

En realidad, el Líbano no tiene capacidad para integrar por completo a un número tan grande de refugiados, y está realmente desbordado, por lo que hay restricciones. Por otra parte, los municipios suelen quejarse de que no existe una política nacional coherente, y formulan sus propias reglas.

Los expertos señalan asimismo que sería positiva una respuesta mejor coordinada con Europa a la hora de analizar vías legales para estos flujos migratorios. Se necesita un enfoque de gobernanza legal para tratar una crisis migratoria como la provocada por Siria.

 

Menos tensión de la imaginable

Si los datos ofrecidos anteriormente no fueran suficientes para describir una situación potencialmente explosiva, quizás lo sea un recuerdo histórico. Hasta el año 2005, las tropas sirias ocupaban el Líbano, después de que al principio de la guerra civil libanesa (en 1976) entraran en el país bajo mandato de la Liga Árabe. Durante casi treinta años, muchos libaneses vieron a los soldados sirios como invasores, y al gobierno de Damasco como responsable de todo tipo de abusos y asesinatos.

A pesar de todo, la situación social no ofrece la tensión que podría imaginarse. Aunque es cierto que parte de la población no ve con buenos ojos la presencia de tantos refugiados. Principalmente por temor a que la situación se prolongue durante años, lo que desfiguraría el equilibrio ya bastante inestable entre los distintos grupos sociales, conformados por la pertenencia a una religión determinada.

Desde hace unos años, se está hablando de cambiar la ley electoral para adecuarla a una situación demográfica distinta a la que había en el momento en que se hizo la ley actual (1960). Sin embargo, esta reforma se presenta lenta y complicada, y no parece que la solución vaya a conseguirse en los próximos meses, antes de las siguientes elecciones parlamentarias (que deberían haberse celebrado en 2013, pero se han retardado en dos ocasiones, y ahora deberían ser en mayo de 2017).

Para entender por qué el país no se ha visto arrastrado por el problema sirio, hay que tener en cuenta en particular un factor. La experiencia de la guerra civil de los años 80 hace que, ante una situación realmente tensa, los responsables del país hagan un esfuerzo para llegar a acuerdos que eviten que el fuego prenda y pueda arrasarlo todo. Otro elemento importante es que un 40% de la población libanesa es cristiana, de manera que el conflicto sunita­-chiíta (Arabia Saudita-Irán) encuentra un intermediario de peso, ausente en los otros países de la región.

 

Los cristianos, parte esencial

El Líbano es una excepción en Oriente Medio por varias razones, pero una de las principales es que los cristianos no sólo no son una pequeña minoría, ni simplemente están tolerados o reconocidos, sino que son una parte esencial en el entramado social y en el juego político.

En una época en la que hemos asistido a la reducción casi total de la presencia de cristianos en Irak, y ahora en Siria, el Líbano insiste en su deseo de ser un ejemplo de convivencia (no perfecto, cierto, pero mucho mejor de lo que podría pensarse) para toda la región.

El último viaje de Benedicto XVI antes de su renuncia fue precisamente al Líbano, y supuso una ocasión para los libaneses de presumir de esa capacidad de convivir y de acoger.

Sin embargo, los desafíos actuales pueden exceder las capacidades del Líbano en solitario. Por eso no son infrecuentes las críticas hacia la manera de gestionar la situación por parte de las potencias occidentales, y en especial frente a la indiferencia con que se ha reaccionado a la rápida desaparición de los cristianos de la región (cuando no se ha directamente provocado).

 

La voz del Patriarca

El cardenal Bechara Raï, Patriarca de Antioquía y metropolitano de la Iglesia maronita, ha sido una de las voces que no ha cesado de reclamar una actitud responsable por parte de los políticos, para dejar de lado intereses personales, de partido y de comunidad, para ponerse al servicio de todo el país y de todos sus ciudadanos.

Pero sus esfuerzos, por ahora, han conseguido efectos reducidos. Quizá el más destacable sea la reconciliación entre el general Michel Aoun y Samir Geagea. Son dos de los líderes cristianos más importantes, que se enfrentaron durante los últimos años de la guerra civil, escribiendo una de las páginas más tristes de la historia libanesa. Pero su reconciliación ha sido clave para la llegada a la presidencia del general Aoun.

Sin embargo, más allá de algunos pocos hechos, continúa la sensación de que las decisiones importantes del país se toman considerando sobre todo los beneficios económicos que los políticos pueden obtener, o los intereses de los países que apoyan a esos políticos.

Se ha abierto una nueva página, aunque las palabras, por ahora, son las mismas, y el hilo narrativo tampoco ha variado mucho. Los mismos apellidos, las mismas familias, dominan el mundo político y económico, y al ciudadano que no está alineado con ninguna de esas familias, le queda, por ahora, seguir esperando.

 

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