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Las felicitaciones a la Curia Romana: “La luz es siempre más fuerte que la oscuridad”

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En su discurso a los cardenales y colaboradores, el Papa ha expresado su disgusto por el drama de los abusos de menores y el compromiso definitivo de afrontarlos con seriedad y prontitud.

Giovanni Tridente, Roma

“La luz es siempre más fuerte que la oscuridad”. De esta constatación ha partido la de- tenida reflexión que el Papa Francisco ha dirigido también este año a todas las personas que prestan servicio en la Curia Romana, desde los cardenales a los colaboradores de las nunciaturas, con ocasión del intercambio de felicitaciones navideñas.
El mismo nacimiento de Jesús, que ocurrió en un contexto sociopolítico cargado de tensiones y oscuridad, resume la lógica divina que no se para ante el mal, sino que lo transforma radicalmente en bien, dando la Salvación a todos los hombres, ha explica- do el Papa.
Francisco ha mencionado a continuación los momentos difíciles que han caracteriza- do el último año de la Iglesia, “embestida por tormentas y huracanes” y por la consiguiente pérdida de confianza de algunos que han terminado por abandonarla; otros que por miedo, o en beneficio de otros fines, han in- tentado golpearla; y también otros que se han mostrado satisfechos por estas tensiones. No obstante, ha recordado el Papa, hay muchísimos que continúan aferrándose a ella con la certeza de que “el poder del infierno no la derrotará”.
Son muchas las “aflicciones” que caracterizan la peregrinación de la Esposa de Cristo en el mundo. El primer pensamiento lo ha dirigido a los inmigrantes, víctimas de miedos y de prejuicios, circundados por tanta “inhumanidad y brutalidad”. Luego ha hablado de los nuevos mártires, de tantos cristianos perseguidos, marginados y discriminados, que a pesar de todo “siguen abrazando valientemente la muerte para no negar a Cristo”. Gracias a Dios existen “numerosos buenos samaritanos”, jóvenes, familias, movimientos caritativos y de voluntariado.
El testimonio de estos últimos, por desgracia, no puede ocultar la infidelidad de algunos hijos y ministros de la Iglesia, particularmente responsables de “abusos de poder, de conciencia y sexuales”. Y es este el gran nervio descubierto, que el Papa ha afrontado sin medios términos en su discurso. “También hoy hay ‘ungidos del Señor’, hombres consagrados, que abusan de  los  débiles,  valiéndose de su poder moral y de la persuasión. Cometen abominaciones y siguen ejerciendo su ministerio como si  nada  hubiera  sucedido”. Se trata de personas que “no temen a Dios ni a su juicio, solo temen ser descubiertos y desenmascarados”, y haciendo así “desgarran el cuerpo de la Iglesia”, causando escándalos y desacreditando su misión de salvación.
Palabras durísimas, pronunciadas con un nudo en la garganta, precisamente porque se trata de una maldición “que grita la venganza del Señor”, el cual no olvida el sufrimiento de las numerosas víctimas. Ante estos hechos abominables, la Iglesia hará de todo para entregar a la justicia a quien los haya cometido y afrontará siempre –a diferencia de en el pasado – con seriedad y prontitud estos casos, sirviéndose también de expertos e intentando transformar los errores en oportunidades. El objetivo es erradicar este mal no sólo de la Iglesia, sino también de la sociedad. El Para ha lanzado a continuación un llamamiento a los abusadores: “Convertíos y entregaos a la  justicia humana, y  preparaos a la justicia divina”.
Entre otras aflicciones, la de la infidelidad de aquellos que “traicionan su vocación, su juramento, su misión, su consagración a Dios y a la Iglesia”, sembrando cizaña, división y desconcierto, como modernos Judas Iscariotes que se venden por treinta monedas de plata.
La última parte del discurso Francisco la ha dedicado a las alegrías del año transcurrido, desde el Sínodo sobre los jóvenes, hasta los pasos dados en la reforma de la Curia Roma- na, pasando por los nuevos beatos y santos “que adornan el rostro de la Iglesia e irradian esperanza, fe y luz”, entre ellos los 19 mártires de Argelia.
Es igualmente motivo de alegría “el gran número de personas consagradas, de obispos y sacerdotes, que viven diariamente su vocación en fidelidad, silencio, santidad y abnegación”. Con su testimonio de fe, amor y caridad “iluminan la oscuridad de la humanidad”, trabajando en favor de los pobres, de los oprimidos y de los últimos.
Para llevar luz –ha concluido el Papa Francisco- hay que tomar conciencia de la oscuridad, ser todos vigilantes y custodios con la voluntad e purificarse continuamente, reconociendo humildemente los errores para corregirlos, levantándose de las caídas y abriendo en definitiva el corazón a la única verdadera luz, Jesucristo, que puede transformar las tinieblas y vencer el mal.
Es la Navidad, en efecto, la que da “la certeza de que la Iglesia saldrá de estas tribulaciones aún más bella, purificada y espléndida”.

 

 

 

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