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La renovación en sus fuentes, de Juan Pablo II

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La renovación en sus fuentes (1972) es un libro de san Juan Pablo II, escrito cuando era arzobispo de Cracovia. Y refleja su lectura de los textos del Concilio y su mente sobre cómo se debe aplicar. 

—Texto Juan Luis Lorda

Si Karol Wojtyła no hubiera llegado a ser Papa, este libro sería completamente desconocido. Podría decirse que pertenece a un género menor. No es un ensayo ni un conjunto de meditaciones. Es un esbozo o guía para los grupos de trabajo de un Sínodo diocesano para aplicar el Concilio Vaticano II en Cracovia. Pero no son unos sencillos esquemas, sino un texto largo, lleno de citas del Concilio y ocasionalmente, largos comentarios nada fáciles. 

Puede parecer que todo esto le quita interés. Y se podrían decir más cosas “negativas”. Por ejemplo, es probable que no lo haya escrito entero el propio Karol Wojtyła, sino con sus colaboradores, que prepararon el Sínodo. El arzobispo estaba demasiado atareado para hacer un escrito tan prolijo y largo (aunque sabía mucho del Concilio y se lo había trabajado). 

El contexto del libro

Era el año 1971. Ya habían transcurrido seis años desde la clausura del Concilio Vaticano II, habían aparecido muchas interpretaciones y no todos los esfuerzos por aplicarlo habían sido fructuosos. La Iglesia en Polonia no quería sufrir ni el desgaste que observaba en las Iglesias del Occidente europeo, ni la asfixia de otras Iglesias hermanas del Este, por las trapacerías de los gobiernos comunistas. Era vital mantenerse vivos y crecer como Iglesia desde las raíces y, en definitiva, desde la fe. El cardenal primado, Stefan Wyszynski, había lanzado un novenario de años, desde 1957 hasta 1966, para la preparación del milenario de la Iglesia en Polonia, apoyándose principalmente en la piedad tradicional. Y había fortalecido mucho la práctica cristiana, a pesar de la insidiosa oposición comunista.  

El arzobispo Wojtyła pensó en otro proceso: ahora era oportuno renovar la fe asumiendo el contenido del Concilio. La diócesis se preparaba para celebrar el noveno centenario del santo nacional, san Estanislao. Había sido obispo de Cracovia desde 1072 hasta 1079. Wojtyła decidió que se celebraría un Sínodo pastoral para estudiar el Concilio desde 1972 hasta 1979 (¡siete años de sínodo!). Participaron miles de personas en cientos de grupos, y lo concluiría el propio Karol Wojtyła el 8 de junio de 1979, siendo ya Juan Pablo II. Con toda seguridad, no se hizo una meditación tan intensa sobre la aplicación del Concilio Vaticano II en ninguna otra parte de la Iglesia católica. Hay que subrayarlo.

Según el testimonio de sus colaboradores (que menciona Weigel en su biografía), la idea había madurado durante años. Le decían que no se podía hacer, porque no había cauce jurídico para un sínodo diocesano. Pero él argüía que sería un sínodo “pastoral” y no jurídico; no para decidir medidas canónicas, sino para tomar conciencia y renovar la vida cristiana.

Tenía una idea muy clara de los textos conciliares, porque había participado intensamente en su elaboración. Además, había dado bastantes conferencias y escrito crónicas y artículos durante el Concilio. Tenía mucho material preparado, notas e ideas. Quizá no redactó todas las largas series de textos y comentarios que el libro contiene. Pero es evidente que son suyos el enfoque general, las introducciones y conclusiones, y muchas “mentes” o desarrollos que tienen un estilo inconfundiblemente suyo. Lo vamos a ver. 

El interés del libro 

Por eso, ese texto que, en una primera mirada, puede parecer secundario, en realidad es muy significativo. Hay una providencial relación entre la responsabilidad del obispo que siente el deber de asumir a fondo la doctrina conciliar para la renovación de su Iglesia en Cracovia, y el Papa que va a dirigir la Iglesia después de Pablo VI. Un Papa que, desde el principio, resultó inclasificable y superó las disputas posconciliares entre progresismo y tradicionalismo, porque tenía una idea clara del valor del Concilio y de su inserción en la tradición de la Iglesia. Y todo esto le salía natural, porque lo había vivido: había sido un activo participante del Concilio y un convencido “aplicador” en su diócesis, si vale el término, con un claro discernimiento. 

Y que él estuviera tan firmemente centrado en estos fundamentos ayudó a centrar toda la Iglesia cuando fue elegido Papa: la mayoría quedó pacífica y alegremente centrada, y los extremos se convirtieron en marginales. Una gracia de Dios. Todo podría haber sido de otra manera más dolorosa. En realidad, antes de que él llegara, era muy difícil prever cómo acabaría el posconcilio; lo mismo que era muy difícil prever cómo acabaría el comunismo en los países del Este de Europa.

La conciencia de un obispo

En primer lugar, el libro manifiesta el compromiso personal del propio obispo Wojtyła respecto al Concilio, como manifestación del Espíritu Santo. Lo refleja repetidamente en el prólogo, en la conclusión y en otros lugares: “Los obispos […] están especialmente obligados a ser conscientes de la deuda contraída ‘con la palabra del Espíritu Santo’ puesto que estaban allí para traducir al lenguaje humano la palabra de Dios” (La renovación en sus fuentes, BAC, Madrid 1982, p.4). “El obispo, testigo auténtico del Concilio, es aquel que conoce su ‘misterio’, razón por la cual carga principalmente con la responsabilidad de introducir e iniciar en la realidad del propio Concilio” (p. 5). “Al emprender este trabajo, el autor ha querido de algún modo corresponder a su deuda con el Concilio Vaticano II. Ahora bien, pagar una deuda al Concilio quiere decir ponerlo en práctica” (p. 335). Es un asunto de fe, y no de práctica o de política eclesiástica. 

El método

Por eso hay que vivirlo como una invitación a “enriquecer la fe”, con una mayor conciencia. Idea que traspasa el libro y que está en la base del “método” del Sínodo: enriquecer la fe es asumirla plenamente como respuesta a Dios.

Al mismo tiempo, esa fe plenamente asumida reclama y suscita unas actitudes. Esto da lugar a la estructura del libro en tres partes, y manifiesta un rasgo del pensamiento profundo de Karol Wojtyła. 

Por su historia personal, el obispo Wojtyła tenía una idea muy viva del papel que juega la verdad en la psicología humana, y sus conocimientos de fenomenología le habían ayudado a expresarla. El ensayo filosófico Persona y acción, de 1969, tres años antes, es una profunda meditación sobre cómo la conciencia humana construye a la persona cuando sigue a la verdad. A todo tipo de verdad: a la verdad teórica, con la que conocemos el mundo; a la verdad práctica, sobre cómo debemos obrar en cada caso; y también a la verdad de fe, que es guía para nuestra vida. La fenomenología le había enseñado (sobre todo, Von Hildebrand), que cualquier verdad conscientemente asumida produce actitudes, es decir, una manera de situarse. Si yo creo que Dios es Padre, eso producirá espontáneamente en mí una actitud de confianza filial hacia él. Si no la produce, es que esa verdad no ha sido plenamente asumida como tal verdad. Si realmente creo y asumo que el fin del ser humano es amar al prójimo, me producirá una manera de situarme. Si no la produce, es que sólo la he aceptado superficialmente, como una convención o un tópico.

Este es el método del libro y del Sínodo. El obispo Wojtyła está convencido de que es preciso renovar la fe apoyándose en la enseñanza del Concilio e integrándola en toda la tradición de la Iglesia. Así se desplegarán, casi espontáneamente, las actitudes cristianas que Espíritu quiere hoy en su Iglesia: los cambios en la manera de situarse y afrontar la vida personal y la historia. Esa es la iniciación que quiere lograr en su diócesis. 

Las tres partes del libro

En consecuencia, el libro tiene tres partes. Una especie de presentación, donde explica que se trata de responder a Dios, que eso es enriquecer la fe, y que esa fe se vive con una conciencia de Iglesia que, entre otras cosas, asume el Concilio como acto del Espíritu Santo. Y de diálogo evangelizador con el mundo. Esta presentación se llama “Significado fundamental de la iniciación conciliar”.

Después, viene una reflexión ordenada por los grandes misterios de la fe, ilustrados con textos del Concilio. Y la llama “formación de la conciencia”. Es conciencia de la creación y de la revelación salvadora de la Santísima Trinidad, y de la redención en Cristo, con María. Y de la “participación” (término importante) en la vida en la Iglesia como pueblo de Dios. 

La tercera parte se llama “Creación de actitudes”: “El enriquecimiento de la fe se expresa en cada persona y comunidad mediante la conciencia de la actitud. Por eso […]  ahora nos aprestamos a ir más lejos, viendo el aspecto de las actitudes a través de las cuales debe expresarse el enriquecimiento ‘conciliar’ de la fe” (p. 163).

Concluye: “Hemos dedicado este estudio al análisis de las enseñanzas del Vaticano II desde el punto de vista de la formación de la conciencia y de las actitudes del cristiano contemporáneo […]. Este es el proceso de ‘iniciación’ a través del cual la conciencia conciliar de la Iglesia debe ser compartida por todos” (p. 337)

El Credo y la formación de la conciencia 

Interesa observar que la segunda parte no es un repaso ordenado por los documentos del Concilio, sino un repaso de los misterios de la fe, aprovechando las luces del Concilio (que es lo único que cita). El obispo Wojtyła explica que el Concilio ha sido sobre todo eclesiológico, y está centrado en la última parte del Credo: sobre la Iglesia: “Iglesia, ¿quién eres?” e “Iglesia, ¿qué tienes que decir al mundo?”. Pero para renovar la fe es preciso contemplarla entera y ese es también el modo natural de insertar la doctrina del Concilio en la tradición de la Iglesia. Por eso va repasando los grandes misterios: Creación, Trinidad, Redención…

“Es necesario someter cuanto ha proclamado el Vaticano II al principio de integración de la fe […]. En efecto, el Concilio Vaticano II, que se ha ocupado particularmente de la verdad sobre la Iglesia […]  ha venido después de otros muchos concilios que se han ocupado especialmente de esas verdades de la fe que en el Credo profesamos antes de la verdad sobre la Iglesia” (p. 30). “No es una adición mecánica de los textos del Magisterio […]  se trata de una cohesión orgánica; […]  releemos el magisterio del último Concilio en todo el magisterio precedente de la Iglesia” (p. 31). “El Credo entero es reflejo en la conciencia de la Iglesia y a la vez la conciencia de la Iglesia se extiende a todo el Credo” (p. 32).

 La fe y las actitudes

También la tercera parte tiene su propio esquema. Se trata de las actitudes generadas por la fe. Ya en la primera parte ha dado una visión rica y profunda de la fe, como respuesta a Dios, advirtiendo que la fe cristiana es testimonial (apostólica) y eclesial: se vive “participando” en la vida y misión de la Iglesia. 

Ahora, de una manera natural y profunda, se insiste en la “misión”. La revelación y salvación cristianas proceden de las “misiones” de las Personas divinas, tema clásico y hermoso del tratado de la Trinidad: el Padre se manifiesta, y el Hijo y el Espíritu Santo son enviados como obra de revelación y redención. Esa misión se expresa y prolonga en la misión de la Iglesia y también en la de cada cristiano. Asumir la fe es entrar a participar en esa misión histórica y trinitaria de revelación y salvación.

Para articularlo, y de manera bastante original, escoge los tres munus, oficios o ministerios, de Cristo. El cristiano se inserta en Cristo, por eso, las actitudes que se desarrollan con la fe tienen que ver con su triple munus: el oficio sacerdotal, el oficio profético (testimonial) y el real, que, como explica Wojtyła, es el “fundamento de la moral cristiana”: cómo vivir cristianamente en el mundo.

Esto se completa con tres actitudes más que ya están implicadas en todo lo dicho: una actitud ecuménica, apostólica y de construcción de la Iglesia como comunidad o comunión. El desarrollo ecuménico es particularmente profundo. Y la conclusión sobre la vida de la Iglesia, aunque no lo menciona, no puede olvidar que en Polonia se trata de una cuestión de supervivencia. Sólo puede sobrevivir una Iglesia auténtica y unida. No es una cuestión coyuntural, evidentemente. La Iglesia es así. Pero en momentos difíciles su vida todavía depende más de su autenticidad. No se trata se sobrevivir con trampas o de mala manera.

Todo esto “lo llevará puesto” cuando sea elegido Papa, el 16 de octubre de 1978, tras seis años de Sínodo diocesano de Cracovia asumiendo el espíritu y la letra del Concilio Vaticano II.

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