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La Iglesia como comunión: el brillo de un concepto

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Decir que el concepto “comunión” es redescubierto en el siglo XX parece una exageración; sobre todo cuando hace más de mil quinientos años que el credo cristiano proclama la “comunión de los santos”. Y sin embargo, es una luminosa verdad.

-Juan Luis Lorda

Las palabras tienen una vida propia y, por eso, también una historia. También están sometidas al inevitable ciclo de desgaste y novedad que caracteriza las modas. Pero aquí se trata de algo más profundo que una moda: realmente en el siglo XX, se produjo una concentración de factores que condujo a un extraordinario enriquecimiento de nuestra comprensión y expresión del misterio de la Iglesia. El contraste resultó, además, mayor, porque el punto de partida era poco satisfactorio.

Dificultades antiguas

De entrada, hay que comprender que la Iglesia es un tema difícil para tratar con el método escolástico, porque este método recurre a las categorías aristotélicas para definir bien sus términos. Y ¿en qué categoría aristotélica debe colocarse la Iglesia? Evidentemente, la Iglesia, desde el punto de vista ontológico, es una sociedad: un conjunto de personas, discípulos de Cristo, que tienen en común la fe, la vida sacramental y la organización eclesiástica. Al ser definida como una sociedad, se prestaba mejor a un tratamiento jurídico. Y, en efecto, éste se desarrolló, primero, al tener que defender su independencia ante el sacro imperio romano-germánico (que se consideraba sagrado) y, mucho más tarde, ante los gobiernos liberales. La Iglesia se entendía a sí misma, por derecho divino, como una sociedad perfecta y jerárquica, con capacidad para emanar y vivir de acuerdo con sus propias leyes.

Es lógico que esto llevara a destacar los elementos más visibles y legales. De manera que la noción de Iglesia era prácticamente una descripción de la jerarquía y de sus atribuciones. Esto fue subrayado también por la necesidad de…

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