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Cine: Silencio, una película de Martin Scorsese

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La fe no tiene dos caras. Al menos eso es lo que intenta mostrar Martin Scorsese en su última película, Silencio. Es la historia, ficticia, de tres sacerdotes jesuitas durante el proceso de evangelización del Japón en el siglo XVII.

Silencio

Dirección: Martin Scorsese

Guión:  Jay Cocks, Martin Scorsese (basado en la novela de Shusaku Endo)

Año: 2016

País: Estados Unidos

 

La fe no tiene dos caras. Al menos eso es lo que intenta mostrar Martin Scorsese en su última película, Silencio. Es la historia, ficticia, de tres sacerdotes jesuitas durante el proceso de evangelización del Japón en el siglo XVII.

Es un film en el que Scorsese comenzó a trabajar hace más de veinte años. La idea surgió tras la polémica suscitada por su película La última tentación de Cristo. Fue entonces cuando leyó la novela Silencio, obra del escritor japonés Shusaku Endo (que presenta algunos inconvenientes para el creyente). Desde ese momento inició un proceso de investigación y de estudio del guión para contar bien esta historia. Y no parece descabellado pensar que en la cinta el propio director deje entrever sus propios interrogantes ante la fe.

Cuenta el viaje a Japón de los sacerdotes Sebastián Rodrigues (Andrew Garfield) y Francisco Garupe (Adam Driver). Van en busca de su mentor, Cristóbal Ferreira (Liam Neeson), de quien se asume que habría renunciado a la fe. En esa travesía se encuentran una sociedad que, aunque rechaza los principios cristianos, deja algún espacio para que las enseñanzas de los dos sacerdotes obtengan algunos frutos.

Sin embargo, los problemas surgen cuando entra en escena el inquisidor Inoue, un personaje calculador y maquiavélico, que descubre en la incoherencia su principal arma para remover las almas de quienes dudan. Este personaje, interpretado de manera magistral por Issei Ogata, aprovecha la interpretación equivocada del martirio de los primeros cristianos para presionar a los sacerdotes, especialmente al padre Rodrigues, a que abandonen su tarea.

El dolor, la angustia y lo que la película plantea como el silencio de Dios, termina generando un ambiente de ambigüedad tal que llevará a los personajes a ver removidos sus cimientos religiosos, y a entrar en una profunda batalla entre lo que les exige la fe y lo que demanda la sociedad en la que desarrollan su misión.

Sin embargo, al final y obviando unas cuestionables decisiones del director, la película termina volviendo al principio y abriendo una ventana para entender eso que Dios sugiere con su silencio.

En esta cinta de corte clásico, el director no rehúye ningún interrogante. Es patente su destreza tanto en lo que muestra la cámara como en el montaje y en la edición. Y como se centra en la historia que quiere contar, termina por no dar apenas descanso al espectador a lo largo de sus 160 minutos de metraje.

-Jairo Darío Velásquez Espinosa

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