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Gaudete et exsultate, corazón y frescura

Gaudete et exsultate
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El 9 de abril se hizo pública la nueva exhortación apostólica del Papa Francisco sobre la santidad en el mundo actual, titulada Gaudete et exsultate. El obispo de Vitoria la presenta, subrayando que en ella se puede encontrar una referencia para la vida cristiana y para la acción pastoral.

Juan Carlos Elizalde — Obispo de Vitoria

Corazón y frescura rezuma esta sencilla exhortación apostólica del Papa Francisco haciendo una llamada universal a la santidad. Santidad para todo el pueblo de Dios, la santidad “de la puerta de al lado”, “la clase media de la santidad” (n. 7).

Pero a la vez una santidad exigente, plenificante, que nos pueda liberar de “una existencia mediocre, aguada, licuada” (1). Caminamos acompañados, sostenidos y guiados por la compañía de todos los santos (4). En cada santo, Dios dice una palabra al mundo (22). “Tú también necesitas concebir la totalidad de tu vida como una misión” (23), y la conclusión no se hace esperar: “Ojalá puedas reconocer cuál es esa palabra, ese mensaje de Jesús que Dios quiere decir al mundo con tu vida” (24).

Hay dos falsificaciones de la santidad. Una es concebirla como una sabiduría abstracta, teórica y sin concreción: “Un Dios sin Cristo, un Cristo sin Iglesia, una Iglesia sin pueblo” (37); y la otra, una santidad sólo con nuestras propias fuerzas: “Todavía hay cristianos que se empeñan en seguir otro camino: el de la justificación por las propias fuerzas, el de la adoración de la voluntad humana y de la propia capacidad, que se traduce en una autocomplacencia egocéntrica y elitista privada del verdadero amor” (57).

El corazón del documento es el discurso de las Bienaventuranzas, “el carnet de identidad del cristiano”. “En ellas se dibuja el rostro del Maestro, que estamos llamados a transparentar en lo cotidiano de nuestras vidas” (63). Y el “gran protocolo” por el que vamos a ser juzgados, la misericordia: “Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme” (Mt 25, 35-36). Es un error nocivo desvincular la acción caritativa de la relación personal con el Señor, ya que convierte la Iglesia en una ONG (100). Pero también es un error ideológico sospechar sistemáticamente del compromiso social de los demás, “considerándolo algo superficial, mundano, secularista, inmanentista, comunista, populista” (101). Y concreta el Papa esta tensión en la Iglesia. “La defensa del inocente que no ha nacido, por ejemplo, debe ser clara, firme y apasionada, porque allí esta en juego la dignidad de la vida humana, siempre sagrada, y lo exige el amor a cada persona más allá de su desarrollo. Pero igualmente sagrada es la vida de los pobres que ya han nacido, que se debaten en la miseria, […] y en toda forma de descarte” (101). No es menos importante la migración que la bioética (102).

Las notas de la santidad en el mundo actual son especialmente concretas y sugerentes. Contemplando en este tiempo de Pascua la primera comunidad cristiana de Jerusalén vemos algunas actitudes que acompañan la santidad que el Papa propone. Aguante, paciencia y mansedumbre son las primeras notas. Resisten la persecución con esperanza. Devuelven bien por mal. “También los cristianos pueden formar parte de redes de violencia verbal a través de internet y de los diversos foros o espacios de intercambio digital” (115), advierte el Papa. Alegría y sentido del humor son también notas destacadas, termómetro de la esperanza que la Iglesia contagia. “Audacia, entusiasmo, hablar con libertad, fervor apostólico, todo eso se incluye en el vocablo parresia, palabra con la que la Biblia expresa también la libertad de una existencia que esta abierta, porque se encuentra disponible para Dios y para los demás” (129). Estas actitudes se dan siempre en comunidad. La última nota de la santidad es la oración constante: “El santo es una persona con espíritu orante, que necesita comunicarse con Dios. Es alguien que no soporta asfixiarse en la inmanencia cerrada de este mundo, y en medio de sus esfuerzos y entregas suspira por Dios, sale de si en la alabanza y amplía sus límites en la contemplación del Señor. No creo en la santidad sin oración, aunque no se trate necesariamente de largos momentos o de sentimientos intensos” (147).

El último capítulo de la exhortación dedica el Papa al combate, la vigilancia y el discernimiento. No podemos ser ingenuos porque el diablo “no pensemos que es un mito, una representación, un símbolo, una figura o una idea. Ese engaño nos lleva a bajar los brazos, a descuidarnos y a quedar más expuestos. Él no necesita poseernos. Nos envenena con el odio, con la tristeza, con la envidia, con los vicios. Y así, mientras nosotros bajamos la guardia, él aprovecha para destruir nuestra vida, nuestras familias y nuestras comunidades, porque ‘como león rugiente, ronda buscando a quien devorar’ (1 P 5, 8)” (161). De la mano de María podemos dar la mejor respuesta en cada momento. Su cercanía es aval de nuestra santidad: “Quiero que María corone estas reflexiones, porque ella vivió como nadie las bienaventuranzas de Jesús. Ella es la que se estremecía de gozo en la presencia de Dios, la que conservaba todo en su corazón y se dejó atravesar por la espada. Es la santa entre los santos, la más bendita, la que nos enseña el camino de la santidad y nos acompaña” (176).

Gracias, Papa Francisco, por ofrecer un horizonte a la vida cristiana y un desde dónde a la acción pastoral.

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