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Francisco en México, ante la Virgen de Guadalupe

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El cariño y la espontaneidad de los mexicanos han hecho de la visita del Papa a su país algo inolvidable, y se entiende que Francisco lo haya descrito a su regreso como  una “experiencia de transfiguración”. Quien haya seguido de cerca el viaje no podrá decir fácilmente qué acto ha sido más significativo o conmovedor. Como meta de las etapas se habían elegido seis “periferias”, seis lugares y seis temas, como explica nuestro enviado Gonzalo Meza en su artículo: en Ciudad de México, el diálogo con las autoridades; en Ecatepec, la pobreza y la marginación; en San Cristóbal de las Casas y Tuxtla Gutiérrez, los pueblos indígenas y las familias; en Morelia el narcotráfico y los jóvenes; y en Ciudad Juárez, la violencia, la migración, el narcotráfico, los jóvenes y las mujeres.

Pero el Papa ha señalado que su principal propósito era “permanecer en silencio ante la imagen de la Madre” en Guadalupe. Efectivamente pudo rezar a solas delante de la figura impresa en la tilma de san Juan Diego, quizá menos tiempo del que hubiera deseado. En este número coinciden en indicar ese momento como la clave del viaje tanto el periodista Andrea Tornielli como el reconocido filósofo mexicano Guillermo Hurtado, y no sólo como cumplimiento de un deseo del pontífice, sino también desde su propia perspectiva de análisis. El segundo piensa que el Papa ha aportado fortaleza a una sociedad desilusionada, necesitada de esperanza, tanto en México como en otros lugares. Sobre el viaje papal, el lector encontrará además la crónica de nuestros corresponsales.

De camino hacia México, se hizo realidad en Cuba un sueño: el abrazo fraternal entre Francisco, Papa y obispo de Roma, y Cirilo, Patriarca de Moscú y de toda Rusia, con una larga la conversación privada y la firma de un documento. El encuentro, tan deseado por Francisco como por sus predecesores Juan Pablo II y Benedicto XVI, este encuentro abre una perspectiva nueva en las relaciones entre los católicos y los ortodoxos, rotas hace mil años. Obviamente no es un paso definitivo en la recomposición de la unidad, pero sí es, sencillamente, un acontecimiento histórico, un don muy particular. La declaración conjunta, en cuyas afirmaciones se percibe un cuidadoso equilibrio, y con independencia de valoraciones de detalle, “está llena de riquezas para el diálogo ecuménico”, a las que apunta Monseñor Romà Casanova, miembro de la Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales en la Conferencia Episcopal Española, en la colaboración que publica en estas páginas.

Entretanto, continúa dando sus frutos en todas partes la gracia del Año Jubilar de la Misericordia, con multitud de iniciativas y propuestas. Y en el horizonte de las fechas cercanas se alza la figura de san José, pues en su solemnidad se concentra anualmente la petición de la Iglesia por las vocaciones sacerdotales y por las familias. Si se cumplen las previsiones en cuanto a la fecha de publicación de la exhortación apostólica que se espera tras el sínodo de la familia, en este año la Iglesia le estará confiando como intercesor y apoyo su servicio a las familias.

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