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“Expediente X”

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En medio de esa maraña de tentativas por comprar felicidad, los sacerdotes acaban topándose con algún “Expediente X”: fenómenos inclasificables de un modo estrictamente corpóreo o terrenal. 

MANUEL BLANCO.Párroco de Santa María de Portor. Delegado de Medios de Comunicación de la Archidiócesis de Santiago de Compostela.

En una época profundamente materialista y de consumo, el ser humano anhela valores espirituales y morales. Le gustaría sentirse parte de una familia sana, pero algo muy distinto brota espontáneamente de las infectas profundidades del “ego”: el enfrentamiento, la soledad, la competencia, el atropello, la envidia… Chesterton sostenía que “cuando se deja de creer en Dios, enseguida se cree en cualquier cosa”. Pero, incluso manteniendo la fe, una nube sobrenatural de “respeto” y desconcierto se posa sobre la tierra. Sin miedo, pues Cristo venció y acompaña.

Un sacerdote presenció, hace años, un episodio curioso. Durante un encuentro de jóvenes alguien decidió jugar a algo que consideró “gracioso”: una representación del bien contra el mal; angelitos buenos contra angelitos malos; a modo de película de terror, se pretendía utilizar el miedo como entretenimiento. Contaba cómo, a las pocas horas, tuvo que apartarse de la algarabía reinante porque se encontraba mal: décimas de fiebre; diarrea; maderas chirriantes en la buhardilla de su habitación… La convivencia hubo de suspenderse por un virus estomacal que afectó a todo el grupo. El centro de salud lo diagnosticó con claridad; pero sobre aquella jornada planeó la sombra del ancestral consejo: “hay cosas con las que no se juega”.

“D. Remigio, hace unos días que suceden cosas extrañas en mi casa…”. El páter no es ningún experto en fenómenos paranormales ni ha hecho cursos de exorcista junto al famoso padre Amorth. Pero es pastor y acude ante la angustia de cualquier feligrés. “Yo de esto no entiendo, hijo mío. Pero, ¿qué te parece si rezamos juntos un poco? Daño no puede hacer”. Se trataba de unos ruidos extraños, sucesos con aspecto “gafe” que el cabeza de familia percibía. D. Remigio les hizo algunas preguntas concretas porque conocía bastante a quien le pedía ayuda: un tipo sensato, incapaz de inventarse cosas raras o de credulidades facilonas. “¿Habéis participado en juegos complicados de ouijas, cartas astrales, brujos…?”.

Al principio, parecía una pregunta extraña, sin fundamento. Pero entonces, alguien habló: “Mire, D. Remigio, puede ser…”. El hijo mayor explicó que, hacía unos días, se había enfadado con una amiga suya y, ahora, ella le amenazaba continuamente: “Se lo he dicho a mi madre, que sabe de brujerías”. “Te vas a enterar”. “Os haremos daño”. Además de criticarles por todo el pueblo, podrían estar haciendo “algo más…”. D. Remigio se asustó un poco; lo justo para dar un primer paso abrazadísimo al Señor. Citó a todos los de la casa para orar. Utilizarían el texto de una plegaria de bendición familiar que practicaba asiduamente en la parroquia. Si luego percibía una complicación mayor, lo pondría en conocimiento de sus superiores. Rezaron. Sencillos, pero concentrados (Dios también se sirve de estas circunstancias para que le recordemos y le reconozcamos). A los pocos días, la persona que acudió a D. Remigio le telefoneó: “Todo muy bien desde que Ud. estuvo en casa. Aquella misma noche, mamá durmió a pierna suelta. Está mucho más tranquila. En el trabajo, como una seda…”.

Poco antes de cenar, durante una noche de invierno épico en el norte de España (lluvia constante; frío húmedo; oscuridad intensa…), telefonean al sacerdote: “Me va a tachar de loca, D. Nicomedes. Pero llevamos unos días extraños en casa y no levantamos cabeza; mi marido y yo nos agobiamos… Tengo miedo por los niños… Si pudiese acercarse por aquí…”. Se trataba de una familia que había recibido el encargo parroquial de preparar el culto eucarístico. Instruían a personas para recibir los sacramentos; enseñaban a rezar de un modo auténtico; fomentaban el cariño a la Santísima Virgen… De ahí deducía D. Nicomedes que, actividad diabólica visible o no, el inquilino del sótano sí podía sentirse algo molesto con las funciones desempeñadas por esta familia. Salió para aquella casa. Por el camino pensó que, si las películas fuesen ciertas, no regresaría a su domicilio esa noche, aplastado por algún árbol mientras conducía, al compás cadencioso del limpiaparabrisas; o electrocutado por un errante cable de alta tensión. Aunque sabía que el Jesús “escondido bajo el sacerdote” desea acompañar a los atribulados; echando demonios y fantasmas; restaurando nervios; perdonando; llevando paz. Con fe y sentido común. D. Nicomedes recogió el Santísimo para que le “escoltase” en la visita. Rezaron juntos. Cenó un sándwich rápidamente y se marchó. Llegó sano y salvo a su casa; todos durmieron plácidamente.

El famoso dicho gallego apunta: “No creo en las meigas (brujas) pero, haberlas, haylas…”. Dios adornó al presbítero con los poderes sacerdotales de su Amado Hijo. Para que, de un modo sencillo y eficaz, ahogue el mal en abundancia de bien.

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