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Estado de alarma y libertad religiosa

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El catedrático Rafael Palomino escribe en la revista Palabra, en el número de mayo, a propósito de alguna suspensión de ceremonias religiosas. El autor aclara el alcance del real decreto del estado de alarma sobre el derecho fundamental de libertad religiosa, que no se suspende, sino que se limita.

Texto Rafael Palomino Lozano, catedrático de Derecho eclesiástico del Estado. Facultad de Derecho, Universidad Complutense de Madrid.

El estado de alarma decretado por el Gobierno ha concitado las reflexiones de los juristas acerca de esta situación extraordinaria. Entre esas reflexiones destacaría aquí la del profesor Manuel Aragón Reyes quien, en un rotativo nacional, afirma que se ha hecho una “exorbitante utilización del estado de alarma” por parte del Gobierno. Para este ex-magistrado del Tribunal Constitucional el estado de alarma no permite la suspensión generalizada del derecho de libertad de circulación, esta especie de “arresto domiciliario” indiscriminado. La protección de la salud pública debe guardar un equilibrio con la libertad de movimientos, no anularla: es por ello por lo que se ha permitido que los ciudadanos puedan acudir a los supermercados para su abastecimiento, a los hospitales para recibir atención médica o a los trabajos esenciales para garantizar el funcionamiento de los servicios básicos.

   Quizá teniendo en cuenta este equilibrio, el real decreto del estado de alarma condiciona las ceremonias religiosas a la adopción de medidas que eviten aglomeraciones garantizando una distancia entre asistentes de al menos un metro. Así, el derecho fundamental de libertad religiosa no se suspende, sino que se limita.

   Por eso, cuando estos días pasados llegan noticias de la suspensión policial de ceremonias religiosas católicas en Granada y en San Fernando de Henares (ceremonias en las que se respetaban las medidas exigibles) es lógico concluir que estamos ante graves irregularidades jurídicas. Pero también estos sucesos sugieren que estamos ante una gran oportunidad para recordar a nuestra sociedad secularizada que, aparte de los bienes materiales del supermercado o de las medicinas, el alma reclama a Dios. Especialmente ahora. Los cristianos necesitamos la Eucaristía como el pan o el agua.     Aquellos 49 mártires de Abitina, a los que se refirió Benedicto XVI en el Corpus Christi de 2005, lo dijeron muy claro ante la autoridad romana: “Sine dominico non possumus”. Sin la Eucaristía, no podemos vivir. ¡Ojalá vuelva la normalidad pronto para que podamos experimentar de nuevo la grandeza del tesoro de la Eucaristía!

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