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Escribía con el dedo en el suelo (Jn 8, 6)

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Todos los años, en la lectura del Evangelio del V domingo de Cuaresma del año C (o en los años A y B, el lunes de esa misma semana) se proclama el episodio de la mujer adúltera (Jn 8, 1-11). Todos nos quedamos maravillados ante el efecto arrollador de la actitud de Jesús, que de acusado pasa a ser Juez de misericordia, ya sea de los escribas y fariseos, ya de la mujer pecadora. Y sentimos también el impulso y la invitación de Jesús a examinar la propia conducta, antes de juzgar la ajena. En estos breves párrafos, nos limitaremos a reflexionar un poco sobre el gesto de Jesús: “Escribía con el dedo en el suelo”.

Hechos y palabras

El episodio está encuadrado dentro de una sección que recoge la actividad de Jesús en Jerusalén durante la celebración de la fiesta de los Tabernáculos. De una manera algo inesperada, el pueblo (y también el lector del Evangelio) se encuentra con este episodio, que interrumpe la predicación de Jesús en el Templo a todo el pueblo (cf. 8, 2).

Concentrándonos en el episodio en concreto y viéndolo en su conjunto, comprobamos, como en tantos otros episodios (sean de curación, sean de conversión), que Jesús actúa combinando hechos y palabras. De hecho, es un principio fundamental del plan salvífico de Dios, enunciado por el magisterio de la Iglesia: “Este plan de la revelación se realiza con hechos y palabras [gesta et verba] intrínsecamente conexos entre sí, de forma que las obras realizadas por Dios en la historia de la salvación manifiestan y confirman la doctrina y los hechos significados por las palabras, y las palabras, por su parte, proclaman las obras y esclarecen el misterio contenido en ellas” (Concilio Vaticano II, Dei Verbum, n. 2). 

En este caso, Jesús nos sorprende combinando el hecho de agacharse dos veces para escribir con el dedo en el suelo, y entre esos dos gestos, de pie, diciendo una frase dirigida a los acusadores de la mujer, que pretendían comprometer le para poderle acusar: “El que esté sin pecado que tire la primera piedra”. Esta síntesis provoca un efecto inesperado: los acusadores pasan a ser acusados por el Juez Jesús y reconocen su culpa, “escabulléndose uno a uno, empezando por los más viejos” (8, 9). Y se quedaron los dos: con insuperables palabras de San Agustín, misera et misericordia; Jesús, solo ante la mujer, la absolvió de su culpa, invitándola a no pecar más. Podríamos glosar que mientras aquellos hombres sorprendieron a la mujer “en flagrante adulterio” (8, 4), Jesús la sorprendió en “flagrante arrepentimiento”.

El dedo de Dios

Centrémonos ahora en el gesto: es significativo que el narrador haya querido expresarse diciendo “escribía con el dedo”

En la tercera plaga de Egipto, se nos narra que “Aarón extendió su mano y con el bastón golpeó el polvo del suelo; y aparecieron mosquitos que atacaban a hombres y animales. Todo el polvo del suelo se convirtió en mosquitos por toda la tierra de Egipto”. Después del intento fallido de los magos de hacer lo mismo, ellos mismos “dijeron al faraón: ‘Es el dedo de Dios’” (Ex 8, 13.15). 

Es uno de los llamados “antropomorfismos” con los que la Escritura expresa la acción divina utilizando los miembros del cuerpo humano (otros son: brazo de Dios, mano). El salmista dice que los cielos son obra de “los dedos de Dios” (cf. Sal 8, 4). Quizá el episodio más conocido en el que vemos actuar a los dedos de Dios es la escritura de la Ley sobre las tablas: “Cuando acabó de hablar con Moisés en la montaña del Sinaí, le dio las dos tablas del Testimonio, tablas de piedra escritas por el dedo de Dios” (Ex 31, 18). Poco más adelante, el hagiógrafo insiste en el origen divino de las tablas: “Eran hechura de Dios y la escritura era escritura de Dios grabada en las tablas”. Lo mismo en Dt 9, 10.

En el Nuevo Testamento, el mismo Jesús, después de expulsar un demonio mudo y ante la actitud de quienes no reconocen el origen divino del exorcismo, usa esta expresión: “Pero, si yo echo los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el reino de Dios ha llegado a vosotros” (Lc 11,20). Claramente, Jesús les está insinuando quién es Él.

El dedo de Cristo

En el episodio de la adúltera, ya no estamos ante un antropomorfismo, un modo de hablar de la acción de Dios en el mundo, ni siquiera ante la palabra del mismo Jesús que habla del “dedo de Dios”. Estamos ante el mismo Dios hecho hombre que escribe con su dedo de hombre. 

No nos importa tanto lo que pudo escribir. Podemos decir que es inútil resolverlo, puesto que el evangelista no nos lo dice. Aun así, aquí sería oportuno recordar que el profeta Jeremías, en su oración a Dios, dice: “Señor, esperanza de Israel, quienes te abandonan fracasan; quienes se apartan de ti quedan inscritos en el polvo por haber abandonado al Señor, la fuente de agua viva” (17, 13). Quizá aquellos hombres, al ver a Jesús escribiendo en el suelo, recordaron las palabras del profeta y reconocieron su pecado.

Nos encontramos ante Jesucristo que escribe con su dedo, el “dedo de Dios” y, junto con su palabra, “más tajante que espada de doble filo […] que juzga los deseos e intenciones del corazón”, quiere grabar a fuego en los corazones de aquellos hombres la ley de la misericordia. Aquella ley que ya anunció el Señor por boca del profeta Jeremías: “Pondré mi ley en su interior y la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Ya no tendrán que enseñarse unos a otros diciendo: ‘Conoced al Señor’, pues todos me conocerán, desde el más pequeño al mayor —oráculo del Señor—, cuando perdone su culpa y no recuerde ya sus pecados” (Jr 31, 33-34).

Conclusión

Podríamos concluir que la combinación entre el gesto de Jesucristo que con su dedo escribe en el suelo y sus palabras afiladas cambian completamente la escena: al principio, una mujer abandonada a la suerte de unos acusadores despiadados que buscan una excusa para acusar al Maestro; al final, todo termina con la desaparición de esos hombres que empiezan a reconocer sus pecados y la mujer que se va libre de su culpa después de escuchar al único que puede perdonar los pecados, Jesús, el Juez misericordioso.

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