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El alma y la identidad de Europa. Avivar las raíces cristianas

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Mirando al jacobeo de 2021, se trata de mostrar a Europa que su alma y su identidad están profundamente enraizadas en el cristianismo y recordar el Evangelio a quienes lo han olvidado o no lo conocen.

—Texto Julián Barrio Barrio

Arzobispo de Santiago de Comopstela

Hace treinta y siete años, el Papa san Juan Pablo II nos dejaba en la Catedral Compostelana un mensaje profético sobre Europa, que sigue teniendo toda su actualidad. En la “nueva Europa del espíritu” es necesario avivar las raíces cristianas y recordar el Evangelio a quienes lo han olvidado y transmitirlo a quienes ya no lo conocen. La colegialidad y la sinodalidad nos ayudan en esta tarea.

Volver al hecho cristiano fundamental, que es la persona y la historia de Jesús, es dar testimonio de que el cristianismo es el modo más fascinante de vivir la existencia humana. El compromiso de servir el Evangelio de la esperanza al hombre de hoy no oculta que nos encontramos ante una pluralidad cultural y religiosa compleja. Europa, a mi parecer, no ha malgastado su herencia espiritual pero tal vez la tiene olvidada.   

Sabemos que el sentir religioso no desaparecerá jamás porque no se puede eliminar del corazón del hombre el significado de la propia vida, preguntándose sobre el misterio. Esto se traduce en una actitud religiosa con un vínculo entre religión y pueblo, lo que hoy está fallando en Europa.

Con esperanza

En este momento me hago eco de la oración que el poeta Dante ponía en boca de Beatriz dirigiéndose al Apóstol Santiago: “Haz que desde lo alto resuene la esperanza”, sabiendo que Cristo es la esperanza: “Surrexit Christus spes mea”. “El hombre no puede vivir sin esperanza: su vida condenada a la insignificancia, se convertiría en insoportable”, señala González de Cardedal en su obra Raíz de la esperanza. Los cristianos hemos de entrar siempre en diálogo con quien espera, conscientes de la legitimidad de la esperanza, fundada racionalmente y no de forma mágica o meramente política. 

En nuestra condición de homo viator percibimos que “la esperanza no es desarraigable mientras vivimos. Preguntar por ella es otra forma de preguntar por la persona, por su valor sagrado, por su condición fiadora, confiable y amorosa; por su perduración personal; por su futuro ligado inexorablemente a la responsabilidad moral en el presente”, añade el mismo autor. 

Ciertamente, no se trata de crear una Europa paralela a la existente, sino de mostrar a esta Europa que su alma y su identidad están profundamente enraizadas en el cristianismo, para poder así ofrecerle la clave de interpretación de su propia vocación en el mundo.

La nueva Europa

Mirando al Año Santo Compostelano 2021, la peregrinación jacobea descubre que el cristianismo, por ser apertura a lo universal, ha configurado una Europa abierta y capaz por ello de integrar nuevos elementos. El cristianismo ofrece como fundamento necesario los siguientes principios: “La existencia es don y tarea para el hombre. No se puede destruir ni agotar la realidad. El hombre es realidad sagrada e inviolable. El prójimo es aquel de quien cada uno es responsable y no se puede construir lo propio sin velar por el prójimo. El otro que es una llamada, no podemos convertirlo en un peligro. No se gana la vida si no es poniéndola al servicio de los demás. No se puede legislar sin moralidad ni derecho, ni se puede violar la ley y el derecho comunes”.

“La nueva Europa tiene que ser fruto del encuentro, aceptación y reto creador entre todos los valores y países que la forman. La fe y la teología deben encontrar en ella su lugar propio y llevar a cabo su aportación específica en esta hora en que debemos conferir alma, misión y responsabilidad renovadas a nuestro continente” (O. González de Cardedal).

El peregrino jacobeo, “viajero de lo sagrado y transmisor de saberes”, sigue contribuyendo a la reconstrucción de la Europa que tiene sus raíces en la tradición cristiana. El Camino de Santiago es la inteligencia espiritual para darle sentido. n

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