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Unidad en la diversidad: un nuevo impulso para la Iglesia en Estados Unidos

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Mar Muñoz-Visoso señala que el crecimiento de la comunidad hispana en Estados Unidos está transformando las parroquias en culturalmente diversas. La diversidad étnica y cultural, siempre un desafío, es una riqueza para la Iglesia en ese país. 

TEXTO – Mar Muñoz-Visoso
Directora ejecutiva del Secretariado para la Diversidad Cultural en la Iglesia. Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos

La Iglesia católica en Estados Unidos siempre ha sido muy diversa. Desde que Don Pedro Menéndez de Avilés desembarcara en La Florida en 1565 en el enclave conocido como San Agustín y se estableciera allí la primera parroquia católica en continua existencia en lo que hoy es el territorio estadounidense, sucesivas olas de católicos de diversas procedencias y culturas, unos inmigrantes otros nacidos aquí, han mantenido viva la llama de la fe y pasado la antorcha a las nuevas generaciones.

Históricamente, los cambios geopolíticos y sociales han influido y, a veces, determinado quién debía tomar el liderazgo para establecer Iglesias locales, misiones y diócesis, o crear las estructuras necesarias para hacer posible el trabajo de la Iglesia en un periodo determinado. Aunque eso no deja de ser cierto hoy, la Iglesia católica en los Estados Unidos está en una encrucijada de caminos, un momento de transición o, por así decirlo, en una “crisis de crecimiento”

Transformaciones

En cuestión de números, los católicos se han convertido en años recientes en el grupo religioso más numeroso del país frente a lo que solía ser una mayoría protestante. Paradójicamente, el segundo grupo más numeroso, no seria otra iglesia o denominación cristiana sino el de los “no-afiliados”. No se trata necesariamente en todos los casos de personas ateas, pero sí de individuos que no se identifican con un grupo o “denominación” religiosa en particular, aunque algunos de ellos dicen afirman creer en Dios o ser personal espirituales. Una cantidad significativa de ellos son católicos que se han alejado de la Iglesia, según unas encuestas recientes. Y entre ellos se encuentra un número creciente de latinos.

Por otro lado, el liderazgo de la Iglesia en este país también se ha dado cuenta de que su base demográfica -los que sí están afiliados, sean o no practicantes- ha cambiado considerablemente, tanto en su composición étnica y cultural como en su localización geográfica. Por un lado, la Iglesia está creciendo en el sur y el oeste del país, donde ha habido un incremento significativo de la población años recientes debido a la inmigración y las oportunidades de trabajo. En estos lugares la Iglesia tiene un rostro joven, dinámico, y muy diverso, con creciente sabor latino. Al mismo tiempo, algunas diócesis y comunidades religiosas están cerrando o aglutinando parroquias y escuelas en lugares donde decrece la población o la comunidad a la que esa parroquia servía originalmente ha desaparecido. La falta de vocaciones y de ministros para pastorear dichas parroquias es también una razón importante.

Nuevos modelos

En algunos casos, el modelo parroquial también ha cambiado. Por ejemplo, con la desaparición de la inmigración masiva desde Europa, el modelo de “parroquias nacionales” lideradas por clero de los mismos países de origen de las comunidades (irlandeses, italianos, alemanes, polacos, etc.) cayó en desuso a mediados del siglo pasado, y aunque todavía quedan algunas, son raras. La integración de las sucesivas generaciones y su emigración hacia los suburbios las ha relegado a estructuras nostálgicas a las que se regresa en ocasiones especiales, para fiestas patronales y otros momentos especiales. En muchos casos, estos templos se encontraban a poca distancia unos de otros y no tiene sentido administrativa o financieramente hoy mantenerlas todas abiertas porque no es un modelo sostenible. La base que las originó simplemente ha desaparecido y las necesidades pastorales y espirituales de los católicos que residen en la zona hoy día pueden ser atendidas desde una de ellas.

En algunos casos, sin embargo, carente el espíritu misionero que otrora caracterizara la mayoría de las parroquias estadounidenses, simplemente no se ha hecho un esfuerzo por conocer, invitar y evangelizar a los nuevos habitantes del barrio. En otras palabras, la parroquia que no ha evolucionado con el vecindario ha visto desaparecer poco a poco su base social y económica. Sin embargo, también se han cerrado, en algunos casos de forma inexplicable y con gran escándalo público, parroquias, escuelas y misiones en zonas de alta inmigración católica y latina, así como en barrios pobres.

Hoy día, además de las parroquias territoriales normales, todavía se establecen algunas parroquias “étnicas” para reunir, fortalecer y servir a algunas comunidades -principalmente de nuevos inmigrantes católicos como vietnamitas, coreanos y chinos- cuando necesitan servicios en una lengua u idioma que el clero local no puede ofrecer, y donde la base es suficientemente grande para hacerlas sostenibles. Sin embargo, la gran mayoría se integra a través de parroquias multiculturales que han abierto espacios para el cuidado pastoral de una diversidad de comunidades culturales y lingüísticas. Este modelo, es el que mejor acomoda el crecimiento y las necesidades pastorales de una comunidad hispana de por sí diversa, y con presencia creciente tanto en grandes urbes como en zonas rurales del país. Pero también a grupos étnicos más pequeños que necesitan atención especializada y que no podrían por si mismos sostener una parroquia. Es también, al fin y al cabo, y a pesar de la complejidad que las caracteriza, el modelo de parroquia que mejor refleja la universalidad de la iglesia, donde esa catolicidad se plasma y se vive en las interacciones diarias de sus feligreses, quienes son reflejo los muchos rostros del pueblo de Dios.

Diversidad cultural

El crecimiento masivo de la comunidad hispana, pero también el influjo de inmigrantes de muchas otras partes del mundo, está transformando las parroquias norteamericanas, otrora monolíticas y monolingües, en comunidades culturalmente diversas que se reúnen bajo un mismo techo y comparten párroco, espacios, estructuras y recursos. Y donde también se aprende a compartir la responsabilidad por las instalaciones, los recursos y el sostenimiento de la parroquia. Ciertamente la diversidad de experiencias requiere procesos de educación de todas las comunidades, y particularmente del personal parroquial y el liderazgo.

La convivencia es a veces desafiante, ya que la aceptación mutua e integración de las comunidades no sucede de la noche a la mañana. La visión, eclesiología y expectativas de los diferentes grupos culturales, con respecto al funcionamiento de la parroquia y al papel del párroco y su equipo, puede variar significativamente y causar serias diferencias o a veces hacerlos entrar en conflicto. Sin embargo, allá donde se ha puesto en marcha un proceso integrador e inclusivo -que no “asimilacionista”- basado en la acogida y la reconciliación, las diferentes formas de trabajar y expresar la fe, así como de “ser Iglesia” son vistas como expresión de la universalidad de la Iglesia, y son reflejo del concepto profundamente eclesial y trinitario de “unidad en la diversidad”, donde prima un espíritu de comunión, solidaridad y misión.

Capacitación

Ante la realidad creciente de las parroquias multiculturales, los obispos estadounidenses se han dado a la difícil tarea de promover la capacitación intercultural del clero, los religiosos y los numerosos laicos que, en esta realidad eclesial, ocupan posiciones de liderazgo (directores de evangelización y catequesis, pastoral juvenil, música litúrgica, servicios sociales, administración parroquial y otros).

Por “interculturalidad” se entiende la capacidad de comunicarse, relacionarse y trabajar con personas de una cultura diferente a la de uno mismo. Esas habilidades interculturales requieren el desarrollo de nuevos conocimientos y destrezas, y actitudes nuevas de apertura, escucha, paciencia y curiosidad hacia lo que el otro tiene que ofrecer. Estas capacidades no son aleatorias, ni externas a la misión de la Iglesia, sino intrínsecas y necesarias para el proceso de evangelización y catequesis. Se entiende que uno no puede predicar, enseñar y formar apropiadamente a otras personas en la fe sin atender a las maneras en que la fe y la identidad se encarnan en una cultura.

La diversidad étnica y cultural ha sido siempre una riqueza para la Iglesia en este país. La presencia hispana no es, ni mucho menos, un fenómeno nuevo. Los hispanos han estado presentes y han sido protagonistas de la evangelización de muchos pueblos en territorios como California, Arizona, Nuevo México, Texas, la Louisiana costera, y La Florida, incluso antes de que estos fueran territorios de la Unión Americana. Aunque la influencia española y mexicana palideció con los años y los cambios geopolíticos, las nuevas olas migratorias de la segunda mitad del siglo XX -procedentes en gran parte de México y América Latina- volvieron a enfocar la atención sobre las necesidades, pero también los aportes del pueblo hispano a la Iglesia y sociedad norteamericanas.

En la actualidad, el peso innegable de los números deja sentir con fuerza la presencia latina a lo largo y ancho de la geografía estadounidense. Con respecto a la Iglesia, los católicos hispanos han sido responsables del 70 por ciento del crecimiento de la Iglesia católica en este país durante las últimas tres décadas. Originalmente, gran parte de este crecimiento moderno se debió al influjo migratorio, pero en los últimos años esa tendencia ha cambiado. Hoy día, el crecimiento de las comunidades hispanas se debe más a la fertilidad que a la inmigración. Así, el 60 por ciento de los católicos estadounidenses en edad de 18 años y menores, es ya de origen hispano. Cerca de un 90 por ciento de estos jóvenes son nacidos aquí. Muchos han heredado prácticas religiosas y culturales de sus padres, pero su primer idioma puede no ser ya el español, además de haberse criado con las influencias culturales propias de los Estados Unidos.

Siguientes generaciones

La Iglesia parece llegar con más facilidad a la generación inmigrante, pero está teniendo dificultad en atraer a las siguientes generaciones. Más allá de la comunidad latina, este fenómeno se observa también con otros grupos étnicos. Entre los no inmigrantes, los afroamericanos e indios nativo americanos son un caso peculiarmente doloroso, pues el aislamiento histórico-social y racial de estos grupos en la sociedad norteamericana dictó también en parte el modelo evangelizador de la Iglesia católica con estos grupos. Es realmente impresionante, y ciertamente una obra del Espíritu, la perseverancia de estas comunidades en la fe a pesar la marginalización, la desatención pastoral y, francamente, el racismo que ha infectado algunas veces también a los ministros e instituciones religiosas. Y también a pesar de la falta de aceptación de algunas de sus tradiciones y señas de identidad cultural como expresiones legítimas de la fe y la espiritualidad de esos pueblos. Ante esta realidad no nos sorprende, la falta de vocaciones y de liderazgo pastoral procedente de estas comunidades, con notables excepciones.

En este momento histórico la Iglesia católica en Estados Unidos también ve envejecer y decrecer proporcionalmente su base anglosajona y eurocéntrica, al tiempo que tiene dificultad en conectar con una generación joven muy diversa a quien el modelo de pastoral juvenil anglosajón no ha sabido o ha podido llegar.

El fuerte proceso de secularización y relegación de lo religioso a la esfera de lo privado hacen más urgente y acuciante que nunca una nueva evangelización de la sociedad norteamericana que forme discípulos que tomen en serio el mandato misionero: “Id y haced discípulos de todas las naciones”.

Cambio de mentalidad

Consciente de toda esta compleja realidad, la jerarquía de la Iglesia católica en Estados Unidos está tratando de acompañar a clero y a fieles para ayudarles a entender los necesarios cambios de mentalidad, estrategias y ajustes estructurales que permitan a la Iglesia realizar su misión evangelizadora en la realidad actual y con un renovado espíritu misionero. Aquí es donde el llamado del Papa Francisco a ser una “iglesia en salida”, pobre y para los pobres, hace intersección con el momento histórico de la Iglesia en Estados Unidos, convocada ahora a su Quinto Encuentro Nacional (V Encuentro).

Tradicionalmente, como procesos de consulta y discernimiento pastoral con fuertes raíces latinoamericanas -que han bebido de las fuentes de Puebla, Medellín, Santo Domingo y Aparecida- los sucesivos Encuentros nacionales de pastoral hispana han sido momentos de gracia que han orientado y dado impulso al “ministerio hispano” en este país en los últimos 50 años. El proceso de este V Encuentro halla su inspiración en el número 24 de la exhortación apostólica La alegría del evangelio (Evangelii Gaudium), en la cual el Papa Francisco describe las características de una comunidad de discípulos misioneros. El V Encuentro busca promover esa cultura del encuentro en la Iglesia y la sociedad estadounidenses, a un tiempo que hace un llamado directo y específico a los católicos hispanos a “ponerse las pilas”, a tomar la antorcha, a responsabilizarse personal y comunitariamente por la nueva evangelización en los Estados Unidos.

Momento de gracia y bendición

A juzgar por la respuesta de cientos de miles de católicos, latinos o no, que están participado en los procesos locales de reflexión y consulta, y que han vivido experiencias misioneras saliendo a las periferias animados por el Encuentro, y dada también la alta participación de la gran mayoría de las diócesis del país —salvo muy contadas excepciones—, el V Encuentro promete ser otro momento de gracia y bendición no solo para la comunidad hispana, sino para toda la Iglesia en Estados Unidos y más allá. Es ésta una Iglesia que se esfuerza por caminar unida en la fe y en un solo Señor, pero abrazando y valorando también la diversidad de dones, carismas y expresiones que la caracterizan.

El lema del V Encuentro es “Discípulos misioneros: Testigos del amor de Dios”. Contamos con las oraciones sostenidas y solidarias de todos ustedes y de muchos hermanos y hermanas para que el fruto del V Encuentro Nacional de Pastoral Hispana/Latina sea duradero y abundante por el bien de la Iglesia. Que así sea.

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