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Diálogo interreligioso. Como hermanos ante el Creador

El Papa, acompañado del rabino Di Segni, saluda a representantes de la comunidad hebrea.
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La sinagoga de Roma ha acogido con calor a Francisco, como ya hizo con san Juan Pablo II y Benedicto XVI. Ha sido también invitado a la mezquita.

— Giovanni Tridente, Roma

Acogido por los aplausos, mezclado entre los bancos para estrechar la mano de los presentes. La tercera visita de un pontífice a la sinagoga de Roma –después de la histórica primera vez de san Juan Pablo II en 1986 y de la de Benedicto XVI en 2010– ha estado caracterizada por no menor entusiasmo.

El Papa ha llegado en el Templo Mayor el domingo 17 de enero por la tarde, para celebrar los cincuenta años de la publicación de Nostra Aetate, la declaración del Concilio Vaticano II que abrió el camino a la consolidación de las relaciones entre la Iglesia católica y los hebreos.
Precisamente a mediados de diciembre, la Comisión vaticana para las relaciones religiosas con el hebraísmo había difundido un documento en el que se hacía balance de los resultados alcanzados en estos cincuenta años. El texto destacaba la importancia de la profundización “en el conocimiento recíproco”, así como el común compromiso “en favor de la justicia, de la paz, de la salvaguardia de la creación y de la reconciliación en todo el mundo” y la lucha contra toda discriminación racial. Una buena parte del documento estaba evidentemente reservada a la “dimensión teológica” del diálogo, que aún ha de ser más estudiada.

La visita del Papa Francisco al Templo Mayor de Roma se sitúa en el surco de esta positiva “tradición”, y así ha sido recibida por quienes lo acogieron y hospedaron: hebreos romanos, representantes del hebraísmo italiano, rabinos italianos y delegaciones rabínicas de Israel y de Europa. El rabino jefe de Roma, Riccardo di Segni, ha hablado de “un acontecimiento cuyo alcance irradia a todo el mundo un mensaje benéfico”.

En su saludo al Santo Padre, Ruth Dureghello, presidenta de la Comunidad Hebrea de Roma, ha declarado solemnemente que “hoy escribimos una vez más la historia”. Un Papa que ya siendo arzobispo de Buenos Aires cultivaba sólidas relaciones con el hebraísmo –él mismo ha recordado que solía “ir a las sinagogas a encontrarse con las comunidades allí reunidas, seguir de cerca las fiestas y las conmemoraciones hebreas y dar gracias al Señor”– y que las ha “reafirmado desde los primeros actos de su pontificado”, sobre todo condenando en diversas ocasiones el antisemitismo.
En efecto, ha señalado Dureghello, “el odio que nace del racismo y encuentra su fundamento en el prejuicio o, peor, usa las palabras y el nombre de Dios para matar, merece siempre nuestro rechazo”. De esta conciencia nace “un mensaje nuevo” ante las tragedias contemporáneas: “La fe no genera odio, la fe no derrama sangre, la fe reclama el diálogo”.

En esta línea, el rabino jefe Di Segni ha sido categórico: “Acogemos al Papa para recordar que las diferencias religiosas, que hay que mantener y respetar, no deben servir sin embargo de justificación del odio y la violencia, sino que debe haber amistad y colaboración, y que las experiencias, los valores, las tradiciones, las grandes ideas que nos identifican deben ser puestas al servicio de la colectividad”.

“En el diálogo interreligioso es fundamental que nos encontremos como hermanos y hermanas ante nuestro Creador y le alabemos a Él, que nos respetemos y apreciemos mutuamente e intentemos colaborar”, ha exhortado el Papa Francisco en su saludo.

“Todos nosotros pertenecemos a una única familia, la familia de Dios, el cual nos acompaña y nos protege como pueblo suyo. Juntos, como hebreos y como católicos, estamos llamados a asumir nuestras responsabilidades hacia esta ciudad, aportando nuestra contribución, sobre todo espiritual, y favoreciendo la resolución de los diversos problemas actuales”, ha continuado el pontífice.
Francisco ha aludido después a la cuestión teológica de la relación entre cristianos y hebreos, repitiendo que hay un ligamen inescindible que une a estas dos comunidades de fe: “Los cristianos, para comprenderse a sí mismos, no pueden dejar de referirse a las raíces hebreas, y la Iglesia, aun profesando la salvación a través de la fe en Cristo, reconoce la irrevocabilidad de la Antigua Alianza y el amor constante y fiel de Dios por Israel”.

Dirigiendo luego la mirada a las tragedias contemporáneas, el Papa ha recordado que “allí donde la vida está en peligro, estamos llamados aún más a protegerla. Ni la violencia ni la muerte tendrán nunca la última palabra ante Dios, que es el Dios del amor y de la vida”. Las ultimas palabras de saludo han sido para recordar la Shoah y los sesi millones de víctimas: “El pasado nos debe servir de lección para el presente y para el futuro”.

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