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Un día en un híper de droga: escuchar y querer

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Café, cariño y escuchar. Con eso basta para ver cómo se ilumina su mirada, y sienten que alguien está ahí, a su lado. Jóvenes madrileños comparten su tiempo con personas enganchadas de todas las edades.

—texto Ignacio López Pajarón

Encargado de Hakuna del Compartiriado en La Cañada

A escasos 13 km. de Madrid nos encontramos con un asentamiento chabolista conocido como La Cañada Real, que es desde hace años el “supermercado de la droga” más grande de Europa. En este lugar hay mucha gente que trabaja como esclavo en el siglo XXI, trabajando 24 horas al día los siete días a la semana para los propios traficantes y vendedores, de lo que haga falta, por su pequeña dosis como pago. Son conocidos como “machacas”.

Para entender lo que hacemos en La Cañada conviene definir qué es “compartiriado”. Así lo explica el sacerdote José Pedro Manglano, creador del movimiento de jóvenes Hakuna, en su libro Santos de copas: “Compartiriado: No vengo a ayudarte dedicándote algo mío, sino que vengo a compartir lo que tengo contigo y a que tú compartas conmigo lo que tienes”.

Sonrisas ante la pesadilla

Todo comienza con el mimo con el que empezamos a hacer los cafés, comprar los bollos y nos reunimos para ir en coches hacia allí. Nos vestimos nuestras mejores sonrisas para bajar al infierno en la tierra. Saludamos a nuestros compañeros de la Comunidad de Madrid, limpiamos la mesa. De pie y con sillas invitamos a nuestros amigos de La Cañada a un café, que se sienten y nos cuenten lo que quieran, nosotros escuchamos.

Vienen con sus manos negras y su ropa, que en muchos casos les queda pequeña, sucia y rota. Sus zapatillas parece que han pasado por una trituradora de tantos kilómetros que han andado. Escuchamos. Y poco a poco brotan de sus bocas palabras a las que probablemente nunca antes nadie había prestado atención. El café, el cariño y escuchar. Con eso es suficiente para notar cómo se ilumina su mirada, que pasa de verse tachados por la sociedad a sentir que alguien está ahí, a su lado, para él. El rango de edad va desde los 18 hasta por encima de los 75 años.

Nos cuentan sus vidas, el cariño que sienten hacia sus seres queridos –quienes, en muchos casos, han renegado de ellos‒, nos revelan con tristeza el momento turbio en el que empezaron a meterse en el infierno. Nos explican que lo que tenían a mano no les valía para paliar una sed que empezó mucho antes. Gente de todas las edades que buscaba escapar de sus vidas y huir a una realidad alternativa que, creían, les proporcionarían las drogas. Todos saben en qué sitio están, en la peor de las pesadillas que pueda tener una persona.

La vuelta a casa es casi siempre igual. Las sonrisas se caen y queda un sabor agridulce, agrio por lo que hemos vivido, y dulce por saber que el tiempo que hemos estado con ellos ha servido para volver a encontrar la luz en su mirada, que con tan poco hemos conseguido tanto.

Como hermanos nuestros

En este compartiriado tratamos de que en ese pequeño momento que están con nosotros se sientan como hermanos nuestros. La sociedad trata de deshumanizarlos y tacharlos, nosotros movemos ese aspa para intentar convertirla en la Cruz de Cristo y aprendemos a amarla y acogerla. Sabemos que es prácticamente imposible sacarlos, eso solo depende de que ellos quieran.

En un caso pasado, una persona decidió dar el paso y salir porque, como me dijo personalmente, con nosotros había sentido que su vida era importante para alguien, que a nosotros nos importaba que él estuviera ahí y de esa manera. Sólo podemos rezar por ellos y desear que Él les de la fuerza, que sepan ver el motivo para intentarlo y conseguirlo.

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