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Desplazados y migrantes: «son personas, no números»

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La Iglesia se interesa por la situación de los desplazados internos, y ha publicado unas Orientaciones pastorales. El Papa les dedica el Mensaje para la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado.

— Texto Giovanni Trindente

Existe una categoría social que generalmente es olvidada tanto por los medios de comunicación como por la sociedad en general, y por esta razón sufre una vulnerabilidad aún mayor: se trata de los llamados Desplazados internos, que según los últimos datos disponibles ascienden a casi 51 millones en todo el mundo.

Técnicamente se trata de personas o grupos “que se han visto forzadas u obligadas a escapar o huir de su hogar o de su lugar de residencia habitual”, normalmente debido a conflictos armados, catástrofes naturales, eliminación de sus territorios por grupos armados o empresas multinacionales (minería, agricultura intensiva, etc.) o en general por violaciones de los derechos humanos, “que no han cruzado una frontera estatal internacionalmente reconocida”.

Su situación está recibiendo lentamente atención por parte de la comunidad internacional, en particular para favorecer su participación en la toma de decisiones que les conciernen, mediante la adopción de leyes de protección o tomando medidas para hacer frente al desplazamiento prolongado.

La Iglesia ha hecho suyas las preocupaciones de este pueblo de invisibles, forzado a la pobreza, y hace unas semanas lanzó unas pautas pastorales específicas para lidiar con el fenómeno. Dichas pautas han sido realizadas por la Sección Migrantes y Refugiados del Dicasterio para el Servicio Integral de Desarrollo Humano, confiado al cardenal Michael Czerny, S.J.

En particular, las Orientaciones Pastorales han sido pensadas para las diócesis católicas, las parroquias y congregaciones religiosas, las escuelas y universidades, las organizaciones católicas y demás organizaciones de la sociedad civil, y están organizadas de acuerdo con los cuatro verbos del Papa Francisco para los migrantes: acoger, proteger, promover e integrar, con una sección dedicada también a la cooperación y al trabajo en equipo.

La solicitud maternal de la Iglesia también se muestra en el Mensaje del mismo Papa Francisco para la próxima Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, la número 106, que tendrá lugar el 27 de septiembre, y que se anticipó el 13 de mayo, fiesta de la Bienaventurada Virgen María de Fátima. El tema elegido ofrece una similitud entre los desplazados internos y la experiencia que tuvo que vivir Jesús en la huida a Egipto junto con sus padres: una “trágica condición de desplazado y refugiado”, escribe el Papa Francisco, recordando una referencia que su predecesor, Pío XII, ya había indicado en la Constitución Apostólica Exsul Familia de 1952. Si las Orientaciones utilizan los famosos cuatro verbos lanzados por el Papa ya en 2017, el Mensaje actual los amplía hasta llegar a otros seis pares para una reflexión más profunda sobre el fenómeno y al mismo tiempo para llevar a cabo acciones muy concretas.

En primer lugar, escribe el Papa Francisco, debemos “conocer para comprender”, evitando así caer en la trampa de las estadísticas frías, ¡porque migrantes y desplazados “no son números, sino personas!” y “si las encontramos, podremos conocerlas” (precariedad, sufrimientos). Al mismo tiempo, “hay que hacerse prójimo para servir, especialmente para no caer en los prejuicios que nos hacen mantener las distancias estando también dispuestos a correr riesgos “como nos han enseñado tantos médicos y personal sanitario en los últimos meses”. Aquí el Papa también se refiere al fenómeno de la pandemia de Covid-19, que en los últimos meses ha aumentado aún más el sufrimiento de estas personas. La tercera pareja de verbos recuerda que “para reconciliarse se requiere escuchar. Una escucha que ofrece la oportunidad “de reconciliarnos con el prójimo, con tantos descartados, con nosotros mismos y con Dios”. “Para crecer hay que compartir, explica el Papa, como también ha demostrado la pandemia, que “nos ha recordado que todos estamos en el mismo barco” (mismas preocupaciones, temores comunes) y que “nadie se salva solo”. Por último, “se necesita involucrar para promover, garantizando así el rescate de las personas a través de su propia participación como protagonistas, sabiendo que “es indispensable colaborar para construir, y esto a través de “la cooperación internacional, la solidaridad global y el compromiso local, sin dejar fuera a nadie”.

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