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Demografía en España: un problema real y grave que requiere medidas urgentes

Un verdadero problema

En el País Vasco la crisis demográfica resulta aún más grave, ya que las cifras hablan de sólo 8,8 hijos por cada 1.000 habitantes, frente a los 9,1 de la media nacional y los 10 de la Unión Europea. En Euskadi han aumentado notablemente las personas mayores de 65 años (son actualmente 458.396), mientras los menores de 20 años sólo suman 202.082. Además, según el INE, los vascos entre 30 y 40 años, que ahora son 372.000, apenas llegarán a 207.000 en 2023.
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La alarma por el declive de la población en España ha saltado a los medios tras la publicación de los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística (INE). Sobre este problema hablamos con el experto demógrafo canadiense Alban D’Entremont.

— Rafael Hernández Urigüen

Por vez primera desde 1999 se registran en España más muertes que nacimientos. Según el INE, en el primer trimestre de 2015 hubo 206.656 alumbramientos y 225.924 fallecimientos, lo que arroja un saldo negativo de 19.268 personas menos.

En el País Vasco la crisis demográfica resulta aún más grave, ya que las cifras hablan de sólo 8,8 hijos por cada 1.000 habitantes, frente a los 9,1 de la media nacional y los 10 de la Unión Europea. En Euskadi han aumentado notablemente las personas mayores de 65 años (son actualmente 458.396), mientras los menores de 20 años sólo suman 202.082. Además, según el INE, los vascos entre 30 y 40 años, que ahora son 372.000, apenas llegarán a 207.000 en 2023.

Sin embargo, esta preocupante anemia demográfica apenas ha sido objeto de atención en el debate político estatal o vasco, con sólo tibias o nulas propuestas a favor de la familia y la natalidad en los programas electorales. Aunque sí conviene reseñar los llamamientos de los últimos arartekos (Defensores del Pueblo vasco) en sede parlamentaria. El primero en advertir sobre la gravedad del problema fue el socialista Íñigo Lamarca, quien ya planteó en 2008 la necesidad de adecuar las políticas de ayuda a las familias teniendo en cuenta las ya implantadas en el resto de Europa, por ejemplo en Finlandia y en otros países. El País Vasco invierte en políticas familiares un tercio menos que el conjunto de la UE. El actual ararteko, Manu Lezertua (propuesto por el PNV), completó a mediados de diciembre las propuestas de Lamarca acentuando la necesidad de fomentar políticas que favorezcan una conciliación familiar efectiva y pidiendo que la inversión económica a favor de las familias crezca hasta el 2 % del Producto Interior Bruto.

El escritor Pedro Ugarte, por su parte, ha denunciado recientemente el miedo de los partidos a plantear decididamente políticas familiares que favorezcan la natalidad, al estar condicionadas por grupos de presión ecologistas, feministas radicales y animalistas. Así las cosas, los partidos, según Ugarte, “no sienten ninguna inquietud ante este desastre demográfico”. No se sienten concernidos por el problema. Ugarte alude también al pragmatismo y a la sostenibilidad del estado de bienestar que debería al menos hacer reaccionar a los políticos.

El demógrafo Alban D’Entremont.
El demógrafo Alban D’Entremont.

El plan del gobierno vasco para fomentar la natalidad se desarrollará a partir de este año, señaló el Consejero de Empleo, Ángel Toña. A lo largo de estos primeros meses se estudiarán fórmulas eficaces. El anterior plan 2011-2014 invirtió 233,4 millones de euros en ayudas por nacimiento y adopción, y en favorecer la conciliación familiar. Pero a pesar de este esfuerzo las mujeres vascas no tienen su primer hijo hasta los 32,4 años de media, más tarde que en la década de los noventa (a los 30 años) y que en 1975 (a los 28,6). El retraso en la maternidad  ha supuesto una constante tanto en años de bonanza económica como de crisis.

Para Ángel Toña la clave que puede abrir un nuevo ciclo demográfico son las políticas de conciliación, además de aumentar las ayudas económicas. Y se exige sobre todo un cambio de mentalidad y de cultura que supere las constantes antinatalistas impuestas desde las ideologías.

Sin duda, tanto en el ámbito vasco como en el estatal los responsables públicos tendrán que plantearse nuevas y decididas políticas a favor de la natalidad. Sobre estas cuestiones hemos consultado la opinión del experto demógrafo canadiense Alban D ’Entremont.

¿Cuál es la evolución de los principales indicadores demográficos en el País Vasco?
—Todos los indicadores demográficos –natalidad, fecundidad, mortalidad, crecimiento, nupcialidad, distribución por edad y sexo– reflejan una situación altamente atípica y alarmante.

Los datos en el País Vasco corren parejos con los de otras comunidades autónomas españolas, con el agravante de que aquí, sin excepción, los índices revelan una situación aún más crítica. Según el INE, el País Vasco pierde población –unas 2.800 personas en el último trimestre del año pasado– y los índices de natalidad (8,9 por mil) no sólo son inferiores a los de España en su conjunto (9,2 por mil), sino también a los índices de mortalidad en Euskadi (9,3 por mil). La mortalidad está aumentando por el envejecimiento de la población vasca (casi un 20 % es mayor de 65 años). Esto da un crecimiento vegetativo o natural negativo, a lo que se añade la población que sale al extranjero.

Las mujeres vascas tienen una media de 1,4 hijos, por debajo de la media española y muy lejos de los 2,1 hijos necesarios para renovar las generaciones. Y la nupcialidad también se encuentra en niveles muy bajos (3,4 por mil) y cada vez más retrasada: a los 34 años en 2015.

¿Cuáles son las causas del declive demográfico?
—Al margen de los procesos estrictamente demográficos, hay otras causas de fondo, de índole social, cultural y religiosa que explican esta situación. Tal vez sean las causas más importantes del hundimiento de la natalidad en España y en los países del entorno. Encuentran sus raíces en cuestiones éticas y psicológicas: el grave deterioro de estos valores ha generado la aparición y generalización de contravalores relacionados con la procreación humana, lo que conlleva la aprobación social y la sanción legal para estructuras alternativas a las familiares tradicionales, y la generación de una mentalidad antinatalista.

Esto, unido a las nuevas tendencias que apuntan hacia la manipulación genética, la eutanasia y la ampliación del aborto, viene a dibujar un panorama de desintegración personal y colectiva muy preocupante.

¿Era previsible este vuelco demográfico? ¿Estaban advertidos los responsables políticos?
—Sí. Aunque la demografía es una ciencia social, que analiza comportamientos de personas libres, se basa en el análisis estadístico. Y las proyecciones sobre población, cuanto más atrás en el tiempo señalan una determinada tendencia, mayor probabilidad hay de que ese sesgo siga en el futuro a corto y medio plazo. Hace cuarenta años ya se estaba produciendo en España la quiebra de la fecundidad: desde hace una generación no se alcanzan los 2 hijos por mujer. También había claros indicios de envejeciendo de la población, se preveía una disminución de la población y un aumento de la mortalidad. El único factor que no se pudo tener en cuenta es la inmigración, cuyos efectos se sintieron hace diez años, pero no han sido duraderos.

El proceso, en sí, no ha sido una sorpresa. La sorpresa ha sido la rapidez y la dimensión de los cambios demográficos, de mentalidad y de comportamiento. Pero las autoridades políticas estaban más que sobradamente advertidas acerca de esta profunda crisis demográfica, pero por razones de conveniencia política no están actuando con convicción y determinación: la izquierda, por su propia ideología y adherencias a ideas supuestamente progresistas a favor del divorcio, el aborto, la eutanasia y lo demás; y la derecha, por un cierto complejo. En ambos casos, se trata de una grave irresponsabilidad.

¿Por qué algunos consideran de derechas las políticas natalistas?
—Esta percepción se da en España, pero no en los países de nuestro entorno. La famosa “política del tercer hijo”, que ha dado buenos resultados en Francia, fue impulsada por un gobierno socialista: el de Mitterrand. Y los países nórdicos promueven políticas pronatalistas y de protección a la maternidad muy ambiciosas y sin complejos. Se trata también de gobiernos socialdemócratas. Está claro que promover la natalidad y la familia no es algo de derechas o de izquierdas. Pero en España se suele considerar de derechas porque también defienden la vida y el matrimonio, y suelen provenir de sectores que muchas veces se identifican con creencias católicas.

¿Y por qué los partidos políticos conservadores no han desarrollado políticas de incremento de la natalidad? ¿El alto número de abortos es un factor relevante en el descenso de la natalidad?
—Por la razón anteriormente referida de ser tildados de “derechas” o próximos a la Iglesia. Y esto en la percepción de esos partidos se traduciría en pérdida de votos. Nos hallamos ante el viejo dilema de elegir entre el bien a corto plazo y a largo plazo. Aunque mi opinión es que un partido que defienda la familia y el bien que suponen los hijos, y lo explique adecuadamente, ganará votos. El partido que ha estado en el poder estos años ha tenido la pretensión –en temas como el aborto, por ejemplo– de “contemporizar” con la opinión pública para no espantar a algunos y agradar a otros. El resultado ha sido que no ha agradado a muchos y, en cambio, ha espantado a no pocos.

En cuanto al número de abortos en España (94.796 en 2014), no ha sido el factor decisivo en el descenso de la natalidad, aunque sí tiene su relevancia, pues toda pérdida de natalidad viene a sumarse al gran déficit de fecundidad actual.

¿Qué medidas concretas se deberían adoptar y cómo habrían de presentarse ante la opinión pública?
—Hay que implementar políticas coherentes, generosas y eficaces a largo plazo. Y no me refiero sólo al área concreta de la reproducción o la formación de familias, sino a políticas comprensivas y contundentes en áreas como empleo, vivienda, salud y educación, que permitirían que los jóvenes pudieran casarse y tener hijos sin tener que realizar los enormes sacrificios actuales.

Hoy día esto es tremendamente difícil, por cuanto que las ayudas destinadas a tales fines son en extremo exiguas e insuficientes a todos los efectos –entre las más bajas en la Unión Europea– y ningún partido político ha asumido afrontar con seriedad este asunto, con consecuencias desastrosas como la posible quiebra de la Seguridad Social.

Al gobierno español le recomendaría que colocara la crisis demográfica al mismo nivel que la crisis económica, llevara a cabo un programa de concienciación ciudadana y destinara una dotación sustancialmente superior a la actual al fomento de la natalidad y de la familia. Hasta ahora las políticas se han enfocado sobre todo en la cúspide de la pirámide (ancianos y pensionistas); esto ha sido un error: hay que mirar a la base (niños y jóvenes), que es de dónde va a venir la solución.

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