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“Es Cristo quien acoge, quien escucha. Es Cristo quien perdona”

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Han sido enviados los Misioneros de la Misericordia, sacerdotes de todo el mundo que en el curso del Año Santo han recibido del Papa el mandato de perdonar todos los pecados.

— Giovanni Tridente

Son 1.07, y provienen de todos los continentes, incluidas las lejanas Iglesias de Birmania, de Timor Este, de Zimbabwe, de China y de Vietnam. Estamos hablando de los “Misioneros de la Misericordia”, sacerdotes que el Miércoles de Ceniza, en una concurrida celebración en la basílica vaticana, han recibido del Papa Francisco el mandato y la autoridad, durante todo el Año Jubilar, de perdonar también los pecados que suelen estar reservados a la Sede Apostólica.

Una novedad absoluta de este Jubileo, prevista en la Bula de convocación Misericordiae vultus, donde el Santo Padre los describe como “signo de la solicitud materna de la Iglesia por el Pueblo de Dios, para que entre en profundidad en la riqueza de este misterio tan fundamental para la fe”.

A estos Misioneros se les confía la tarea de ser “artífices ante todos de un encuentro cargado de humanidad, fuente de liberación, rico de responsabilidad, para superar los obstáculos y retomar la vida nueva del Bautismo”.

Su número reducido –el 0,25 % del número total de sacerdotes en todo el mundo– ha sido querido precisamente para mantener “el valor de este signo peculiar que expresa el sentido extraordinario del evento”, ha explicado el obispo Mons. Fisichella, presidente del Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización, que se encarga de la organización del Jubileo.

Entre los pecados que podrán absolver están, como decíamos, los normalmente reservados a la Sede Apostólica. El Código de Derecho Canónico señala cinco: la profanación de las especies consagradas, la violencia física contra el Santo Padre, la absolución del cómplice en un pecado contra el sexto mandamiento, la violación directa del secreto de la confesión, la ordenación episcopal sin el mandato pontificio. Sin embargo, del “mandato” de los Misioneros resulta claramente –y lo ha destacado también Mons. Fisichella– que no tienen la facultad de absolver de este último pecado, en el que han incurrido por ejemplo en la Fraternidad de San Pío X (los llamados “lefebvrianos”, a los cuales, por lo demás, el Papa ha dado la posibilidad de confesar válidamente a los fieles), pero sobre todo en la Iglesia en China y los obispos que en estos años han sido elegidos sin mandato pontificio o que han participado voluntariamente en ordenaciones episcopales ilícitas. Estas peticiones se dirigirán siempre directamente al Papa, después del reconocimiento y arrepentimiento por el pecado cometido.

A eso ha de añadirse otro pecado (que conlleva una pena de excomunión reservada al obispo) que el Papa Francisco ha concedido la posibilidad de absolver a todos los sacerdotes, también sólo en el Año Jubilar, que es el del aborto, para “cuantos lo han procurado y arrepentidos de corazón piden que les sea perdonado”. En este caso se invita a los sacerdotes a saber conjugar “palabras de genuina acogida con una reflexión que ayude a comprender el pecado cometido, e indicar un recorrido de conversión auténtica”.

En el encuentro que ha tenido en el Aula Paolo VI con una representación de alrededor de  700 Misioneros de la Misericordia el día antes de confiarles el mandato, el Papa Francesco ha querido subrayar la “responsabilidad que se os confía”, a saber, la de ser testigos, no solamente de la cercanía, sino también de la “forma de amar” de Dios. Y ha indicado tres peculiaridades: “expresar la maternidad de la Iglesia”, que “siempre genera nuevos hijos en la fe”, los nutre y a través del perdón de Dios los regenera a una nueva vida; “saber ver el deseo de perdón presente en el corazón del penitente”; “cubrir al pecador con la manta de la misericordia, para que ya no se avergüence y para que pueda recobrar la alegría de su dignidad filial y pueda saber dónde se encuentra”.

“Al entrar en el confesonario”, ha añadido el Papa, “recordemos siempre que es Cristo quien acoge, es Cristo quien escucha, es Cristo quien perdona, es Cristo quien da paz”. Por tanto,  “concedamos gran espacio a este deseo de Dios y de su perdón; hagamos que emerja como una verdadera expresión de la gracia del Espíritu que mueve a la conversión del corazón”. En suma, ha explicado Francisco, no es “con el mazo del juicio como lograremos llevar a la oveja perdida al redil sino con la santidad de vida que es principio de renovación y de reforma en la Iglesia”.

En la Santa Misa del Miércoles de Ceniza, entregando el mandato misionero, el Papa les ha animado nuevamente a “ayudar a abrir las puertas del corazón, a superar la vergüenza, a no huir de la luz. Que vuestras manos bendigan y vuelvan a levantar a los hermanos y a las hermanas con paternidad; que a través de vosotros la mirada y las manos del Padre se posen sobre los hijos y curen sus heridas”.

Finalmente, les ha indicado como ejemplo los “ministros del perdón de Dios” san Leopoldo Mandić y san Pío de Pietrelcina, cuyos restos mortales estaban expuestos en la basílica de San Pedro para la veneración de los fieles precisamente en esos días: “Cuando sintáis el peso de los pecados que os confiesan, y la limitación de vuestra persona y de vuestras palabras, confiad en la fuerza de la misericordia que sale al encuentro de todos como amor y que no conoce fronteras”.

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