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Cine: Pablo, el apóstol de Cristo

apóstol de cristo
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La vida de San Pablo es un filón fílmico siempre explotable. En esta ocasión, Andrew Hyatt rueda una película para paladares contemplativos, moderna de factura, aunque de compás lento. No abundan las tensiones, que sólo ocasionalmente impulsan la acción exterior.

TEXTO —José María Garrido

Pablo, el apóstol de Cristo

Dirección y guión: Andrew Hyatt

Estados Unidos, 2018

En la Roma del año 64 d.C., Nerón culpa a los cristianos del gran incendio de la ciudad. Atrapa a los seguidores de Cristo, los sacrifica en el circo o los quema en las vías públicas para iluminar la noche. En medio de la persecución, Lucas, el médico griego autor del tercer evangelio, se adentra en la convulsa capital con intención de visitar a Pablo, encerrado en la cárcel mamertina. El evangelista quiere componer un relato sobre los orígenes del nuevo Camino, los Hechos de los apóstoles, y para eso acude a Pablo como fuente privilegiada. Lucas se aloja en la casa de Aquila y Priscila, que generosamente han convertido el patio y sus estancias en un campo de refugiados cristianos al borde del colapso.

La vida de San Pablo es un filón fílmico siempre explotable. En esta ocasión, Andrew Hyatt rueda una película para paladares contemplativos, moderna de factura, aunque de compás lento. No abundan las tensiones, que sólo ocasionalmente impulsan la acción exterior. Por eso los más jóvenes, acostumbrados a la celeridad, podrían desengancharse de la historia, que expresa ante todo los dilemas y sufrimientos morales de los protagonistas: Aquila y Priscila enfrentados sobre el destino de su casa; Lucas, que ha visto impotente arder como antorchas a sus hermanos cristianos en la calle; la tragedia familiar de Mauricio, el prefecto romano de la prisión y, por descontado, el dolor del propio Pablo, cuyo aguijón –la memoria de su joven delincuencia anticristiana–, se le clava más hondo durante el encarcelamiento.

Siendo Pablo un viajero, las peripecias de esta película nos condenan (junto a él) a cercos visuales estrechos: el patio de una casa romana, la prisión mamertina, el jardín de la villa donde el apóstol predicó libremente hasta que sufrió martirio, o el hipogeo del circo antes de que un grupo de cristianos sea carne de las fieras. Ni siquiera el martirio de san Esteban o la beligerancia y posterior conversión de Saulo camino de Damasco despliegan escenarios donde los ojos puedan recrearse. El presupuesto impone ayuno a la peregrina y marítima vida paulina. Sin embargo, las angosturas escénicas quedan compensadas por los hilos ficticios, con varias tramas secundarias acertadas, una esmerada fotografía e iluminación de nocturnos, las interpretaciones expertas de Jim Caviezel, James Faulkner y Olivier Martínez, la música de Jan Kaczmarek, la profundidad de los diálogos entre Pablo y Lucas, y un final que, glosando a este apóstol, acabada dando sentido a los sufrimientos presentes.

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