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El cielo: máxima expresión de lo divino y de lo humano

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Lo llamamos cielo, porque evoca la trascendencia, la infinitud, la superación del límite. También decimos “visión de Dios”, visión beatífica, porque Dios a quien se ve, es infinitamente beato, feliz. La expresión comunión también vale para hablar del destino inmortal del hombre, porque se trata de una unión estrecha con Dios que no elimina al sujeto humano, una unión entre dos que se aman: el Creador y la criatura. Se podría decir también felicidad perfecta, porque con Dios el hombre encuentra una satisfacción definitiva. El término paraíso, “jardín precintado”, expresa bien el deleite material y corpóreo que espera a los hombres que han sido fieles a Dios. Lo llamamos también gloria, porque denota honor, riqueza, poder, influencia, luz. Y por último, la expresión joánica vida eterna, la vida que Dios infunde en el hombre cuando lo crea y lo salva, pero en este caso la vida de Dios, y por lo tanto eterna, permanente como es Dios.

Vida eterna y fe en Jesucristo
Según el Nuevo Testamento el don de la vida eterna depende de la fe en Jesucristo. “Todo el que ve al Hijo y cree en él tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día” (Jn 6, 40). “Quien escucha mi palabra y cree al que me envió posee la vida eterna” (Jn 5, 24). Es decir, para quien cree en Jesucristo ya en esta vida comienza la vida eterna, la vida de Dios. Quizá por eso podemos hablar, como hace un documento del siglo VII, el “Antifonario de Bangor”, de “la vida eterna en la gloria de Cristo”.

En su encíclica Spe salvi, Benedicto XVI se pregunta si la promesa de la vida eterna es realmente capaz de mover el corazón del hombre y motivar su vida. “¿De verdad queremos esto: vivir eternamente? Tal vez muchas personas rechazan hoy la fe simplemente porque la vida eterna no les parece algo deseable. En modo alguno quieren la vida eterna, sino la presente y, para esto, la fe en la vida eterna les parece más bien un obstáculo. Seguir viviendo para siempre –sin fin– parece más una condena que un don… Pero vivir siempre, sin un término, sólo sería a fin de cuentas aburrido y al final insoportable” (n. 10). Para muchos, en efecto, el cielo lleva a pensar en un aburrimiento perpetuo. ¿Vale la pena jugarse la vida por la promesa de un vacío perpetuo? “No tengo miedo a la muerte”, decía en una ocasión el escritor Jorge Luis Borges. “He visto morir a muchas personas. Pero tengo miedo a la inmortalidad. Estoy cansado de ser Borges” (El inmortal). Este sentimiento toca el corazón de muchos hombres cuando oyen hablar del más allá.

Divinización
Y a la vez, la respuesta de la fe no es compleja. Todo lo contrario. La vida eterna, el cielo, es fruto de la infusión de la vida divina en el hombre que se abre en la fe, y se consuma en la gloria. El hombre, decían los Padres de la Iglesia, es “divinizado”, hecho divino (2 Pt 1, 4). El hombre comparte a fondo la vida divina, sin llegar a ser Dios, sin confundirse con la naturaleza divina. En ese sentido, la felicidad del cielo no es algo que resulta de estar en la “compañía” de Dios, de estar presente en el ambiente divino, porque es una participación en la vida misma por la que Dios es feliz. Dios es, nos enseña el Concilio Vaticano I, “en sí mismo y a partir de sí mismo perfectamente feliz”. Por eso, si el hombre no fuera perfectamente feliz para siempre en el cielo, la culpa la tendría Dios. Como los enamorados, Dios no nos dice: “serás feliz conmigo”, sino: “yo te haré feliz”. Se trata de una santa y divina determinación. Jesús mismo dice a los justos en el juicio final: “¡Bien, siervo bueno y fiel!; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante: entra en el gozo de tu señor” (Mt 25, 21.23). El hombre participa en la vida y en la alegría de Dios; por esto se vuelve feliz para siempre, sin desfallecimientos. El hombre alaba a Dios, ciertamente, pero también es alabado por Dios, y se queda encantado por el eterno afecto de su Padre Dios. Y así para siempre.

Pero queda otra dificultad. Si el hombre está unido con Dios hasta el punto de experimentar la vida divina como propia, ¿no habría que decir que ha sido absorbido por Dios, fundido en Él, sin personalidad propia? ¿No será el hombre como un grano de sal que cae en el océano divino y se disuelve sin dejar rastro de su individualidad? Se trata de una cuestión importante para la antropología cristiana: si el hombre pierde su personalidad en Dios en el cielo, entonces ¿qué valor tendrá su ser persona en este mundo? Es interesante lo que dice al respecto el Catecismo de la Iglesia Católica: “Vivir en el cielo es ‘estar con Cristo’. Los elegidos viven ‘en Él’, aún más, tienen allí, o mejor, encuentran allí su verdadera identidad, su propio nombre” (n. 1025).

Plenitud para el hombre
Donde queda mejor expresada la idea de que el divinizado se encuentra a sí mismo plenamente realizado en Dios es la doctrina que los justos ven a Dios, gozan de la visión beatífica. La visión expresa no sólo la unión, sino también la separación, la distinción. No se ve aquello que se tiene demasiado cerca de los ojos. La vista requiere objetividad, alteridad, distancia. Así, dice san Pablo en la carta a los Corintios: “Ahora vemos como en un espejo, confusamente; entonces veremos cara a cara. Mi conocer es ahora limitado; entonces conoceré como he sido conocido por Dios” (1 Cor 13,12). Y también en la primera carta de san Juan: “Ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es (1 Jn 3,2).

Así, cuando el hombre ve a Dios con una luz que Dios mismo le infunde (el lumen gloriae), goza plenamente de la vida divina, sin la mediación de ninguna cosa vista, es decir, cara a cara. Goza para siempre. Y no quiere, ni puede, dejar de contemplar la fiesta eterna de la vida divina. Se quedará libremente con Dios para siempre. n

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