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Cardenal M. Czerny: “La Iglesia tiene que llorar con el grito de los pobres”

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Entrevista al Subsecretario de la Sección Migrantes y Refugiados del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral.

El cardenal Michael Czerny S.J. entró en la Orden de los Jesuitas en 1963 y fue ordenado sacerdote en 1973. Ha trabajado en el campo del apostolado de la justicia social en Canadá, América Central, África. Desde 2010 trabaja en el Vaticano. Ha sido creado Cardenal por el Papa Francisco el 5 de octubre de 2019, precedido por la ordenación episcopal el día anterior. Palabra le ha entrevistado.

—Texto Giovanni Tridente, Roma

Desde la fe recibida en la familia, hasta la migración forzada a un país extranjero como rechazo del comunismo, pasando por el apostolado en las periferias del mundo, con la mirada puesta en los migrantes y refugiados, temas de los que se ocupa en el Vaticano desde 2010, el cardenal Michael Czerny, posee una experiencia integral en los temas de la “atención hacia los últimos”. Un momento especial en su vida es la reciente creación como cardenal por el Papa Francisco, sin olvidar su contribución en el Sínodo de los Obispos sobre la Amazonía.

–Eminencia, ¿Cómo surgió su vocación sacerdotal y cuándo decidió ingresar a la Compañía de Jesús?

Comienzo diciendo que mi fe la recibí de mi familia, de la escuela católica, de las comunidades en que crecí. Cimentado en una buena formación católica, fui descubriendo a lo largo de mis años que Cristo es el centro de mi vida, y eso lo descubrí en experiencias, testigos de la fe, opciones y en mi propia vida de oración.

El llamado a entrar en la Compañía de Jesús llegó temprano en mi vida, cuando todavía era un estudiante en Loyola High School en Montreal, y después de graduarme ingresé con los jesuitas en la entonces llamada Provincia del Canadá Superior. Sentí con fuerza el deseo de servir a Dios y al prójimo en la comunidad, usar los talentos dados por Dios, vivir en libertad. 

–Desde que era niño, también por razones familiares, tuvo que vivir en diferentes países, dejando su tierra natal Checoslovaquia (hoy República Checa). ¿Se siente un poco migrante?

Sí, tenía sólo dos años cuando tuvimos que dejar nuestra casa. Recuerdo el deseo de vivir en libertad y el consecuente rechazo del comunismo. Como familia quedamos muy agradecidos a Canadá por su acogida. Siempre crecimos conscientes de haber tenido que abandonar Checoslovaquia y conscientes de haber sido ayudados por una familia misericordiosa. Pocos años más tarde, nuestros padres también acogieron a otros que estaban en problemas, incluso a un refugiado de la revolución húngara de 1956 que vivió con nosotros durante medio año. De alguna u otra manera, todos somos migrantes.

–Durante casi diez años trabajó en Kenia fundando la Red Jesuita Africana contra el SIDA. ¿Qué recuerda de esos años?

Recuerdo que, como en todo el mundo, los jesuitas en África procurábamos caminar con los más necesitados, proclamando el Evangelio y responder a las injusticias más urgentes, entre ellas el VIH (SIDA)… Todo desde la fe en Cristo, junto con otros y otras. 

El trabajo de la Red Jesuita Africana contra el SIDA (AJAN) que inicié en 2002 continúa en manos muy capaces. Están usando las mismas bases y desarrollan las habilidades para impulsar un sentido de empoderamiento y liberación, una espiritualidad de compasión. Personas llenas de fe llevan la salud y la alegría de Cristo a los más necesitados. Recuerdo especialmente el testimonio de vida de una de ellas: “Estaba como muerta, y me ayudaron a resucitar”.

–Su experiencia lo ha llevado con frecuencia a ocuparse de temas de justicia social, también con cargos en la Curia romana. ¿Cree que la “toma de conciencia” de estos temas es urgente para la Iglesia y para la sociedad?

Más que una urgencia, pienso que la Iglesia no puede dejar de mirar y ocuparse de los temas de justicia social. Dios escucha el clamor de los pobres y el grito de la tierra, y responde llamándonos a participar de su respuesta, con creatividad y en discernimiento. Hago mías las palabras de Santa Teresa de Ávila: “Tuyos son los ojos con los que Dios mira con compasión a este mundo. Tuyos son los pies con los que Cristo camina para hacer el bien. Tuyas son las manos con las que el Espíritu Santo bendice todo el mundo”. 

–¿Existe el peligro de reducir la Iglesia a una ONG, desvirtuando su misión evangelizadora?

Existe el riesgo de ser como una ONG si nos empeñamos en construir el Reino, pero sin Jesús. Siempre es bueno recordar que somos colaboradores con Cristo, guiados por el Espíritu Santo. Tenemos por ello la necesidad de una vida de oración que nos permita escuchar y discernir la voluntad de Dios. La oración nos ayuda a mantener el equilibrio. También corremos el riesgo de querer vivir un seguimiento sin participación en la construcción del Reino, un cristianismo que busca ser “puro” y entonces se amuralla y se queda sin relación, sin “Reino”.

Los hombres y mujeres se experimentan enviados, en misión; buscan escuchar, comunicar, acompañar siempre en relación, colaborando para responder lo mejor posible. El Señor nos da los dones para esto. Como dice el Papa Francisco: sólo cuando olvidamos esta misión, y olvidamos la pobreza y el celo apostólico, es que las organizaciones eclesiales lentamente se deslizan a una ONG o a un club exclusivo.

–Muchos acusan al Papa de interesarse demasiado por “los últimos” con una retórica política (¿comunista?) y poco de dar valor a la doctrina. ¿Que piensa al respecto?

Interesarse por los “últimos”, por los más pequeños, por los más débiles, está en el corazón del Evangelio. Jesús no sólo habló de la misericordia, sino que él fue misericordia encarnada.  Cuando nos encaminamos el encuentro de las víctimas, nos vamos a topar con los victimarios y con las estructuras de pecado que hieren y quitan la vida a tantos hermanos nuestros. Si Jesús se hubiese encerrado en el templo, nadie se hubiera molestado con él, pero Jesús no se encerró, ni se calló. Jesús denunció las injusticias, se acercó a los descartados, comió con pecadores, sanó a paganos y llamaba a los demás a hacer lo mismo. Sus acciones y su vida irritaron a muchos; entonces, conspiraron y buscaron como silenciarlo, hasta llevarlo a la muerte en cruz. El Papa Francisco no dice ni hace nada novedoso, sólo vive el Evangelio. Quien lee esto en términos ideológicos, quizás necesita acercarse más al Evangelio.  

–¿Qué opina de la retórica que considera los migrantes y los refugiados como amenazas para los Estados?

Los migrantes no son una amenaza, sin embargo no es fácil creerlo cuando nos enfrentamos a un bombardeo de información que distorsiona la verdad. Yo puedo afirmar muchas cosas positivas sobre las personas que migran, pero no basta. Tenemos el desafío de presentar la realidad con transparencia, dejar que los hechos nos comuniquen directamente la verdad. Para que esto suceda tenemos que darles la palabra: dejar que entren en diálogo con las sociedades de llegada, tránsito o acogida. Esto ayuda a formularnos un juicio justo que se funda en el respeto a los demás y en la compasión. 

Esta es una misión de la Sección Migrantes y Refugiados: no sólo hablar bien de los migrantes, sino propiciar el encuentro entre los que llegan y la sociedad que recibe. Sólo así se combate el miedo y se desarrolla la solidaridad.

–Es innegable que en muchas partes hay una gran “confusión” sobre los temas de la acogida; y, por otro lado, muchas personas inocentes pierden la vida al cruzar el Mediterráneo. ¿Existe alguna solución concreta a la que se pueda aspirar?

Sí, claro, pero hace falta insistir en el plural: muchas soluciones concretas. Esperar una única solución completa y perfecta es sólo desatender el problema y dejar que se prolongue y empeore. Gracias a Dios, hay misiones de rescate inspiradas por el Evangelio o por motivaciones humanistas que ayudan a muchos a salvarse la vida y llegar a tierra firme. Hay corredores humanitarios. Hay muchos pueblos mediterráneos -en España, Francia, Italia, Grecia- que ayudan a rescatar y a acoger. Hay conversaciones continuas para que los Estados europeos cumplan con sus obligaciones nacionales e internacionales. Y tenemos el Pacto Mundial, acordado hace un año por muchísimos países para promover y facilitar una migración más segura, más ordenada y regular, algo que beneficia tanto a la gente que migra o huye, como a la gente que les acoge. 

Entonces, aunque las noticias que hacen más ruido son las que se publican, hay muchísimos ejemplos de acogida en parroquias, escuelas católicas, movimientos de la Iglesia. Y no se limitan a instancias de fe, sino que se extiende a gente de todas las edades, de todas las creencias; una expresión de la humanidad fundamental que nos unifica.

–En su escudo episcopal, además de la referencia a la Compañía de Jesús de donde proviene, se ve una barca en medio del mar con una familia de cuatro personas, una clara referencia al tema de la inmigración. ¿Cómo tomó esta decisión, que en algunos ambientes ha generado algunas críticas?

Sí, la parte superior de mi escudo reproduce el escudo de los Jesuitas, representando el Santo Nombre de Jesús, su crucifixión y su gloria. Ilumina todo, como el sol. La parte inferior exhibe una barca que lleva a una familia de cuatro miembros. Para mí el mensaje es sencillo: la barca evoca un medio común que las personas desplazadas utilizan para buscar una mejor vida en otro lugar. Pero la barca es también una imagen tradicional en la Iglesia: la Barca de Pedro, que tiene un mandato del Señor de “recibir al forastero” (Mateo 25, 35), independientemente de dónde se encuentre la Iglesia. Además, la barca sirve como recordatorio de las obras de misericordia hacia las personas excluidas, olvidadas o desamparadas. Si seguimos observando el escudo, el agua debajo de la barca representa el océano Atlántico que tuvimos que cruzar con mi familia cuando emigramos desde Checoslovaquia a Canadá en 1948.

–No contento con esto, ha elegido como cruz pectoral una realizada con la madera de un bote utilizado por los migrantes para cruzar el Mediterráneo. El suyo es un mensaje muy directo…

Cada obispo o cardenal lleva visiblemente, colgada al cuello, y sobre el pecho, la Cruz de Jesucristo, y ya hace 20 siglos San Pablo la llamó “escándalo” y “locura”. Mi cruz pectoral nos recuerda a unos crucificados de nuestros tiempos y suscita la pregunta: “¿dónde veo yo a Jesús crucificado hoy?”. Es un mensaje de lo que me ha tocado vivir, de mi misión. 

–¿Ha recibido alguna crítica por haber sido creado cardenal (5 de octubre) sin ser obispo todavía (ordenado el día anterior)?

No me ha llegado alguna crítica en este sentido. Al contrario, he escuchado la sorpresa positiva de algunos: al darse cuenta de que en nuestra Iglesia de casi 20 siglos el Papa ha llamado por primera vez a un sacerdote con menos de 80 años a servir como cardenal. Dios y el Papa saben qué han visto en nosotros, los 13 nombrados el 1 de septiembre, pero a nosotros no nos toca especular, sino ayudar al Santo Padre en su misión. En su carta a nosotros, el Papa ha explicado qué significa verdaderamente este nombramiento: “La Iglesia les pide un nuevo modo de servicio… una llamada a un sacrificio personal más intenso y un testimonio coherente de vida”.

–Por su parte, ¿cómo recibió la decisión del Santo Padre de llamarlo como su colaborador directo, elevándole a la dignidad cardenalicia?

El 1 de septiembre me encontraba en las afueras de São Paulo en Brasil, participando en una reunión de Movimientos Populares de América Latina que preparaban una contribución para el Sínodo sobre la Amazonía. De nuevo, en su carta a los nuevos cardenales, el Papa explicó muy bien lo que quiere decir: “Pueda esta nueva fase de su vida ayudarles a emular a Jesús más cercanamente y acrecentar su capacidad de sentir compasión por todos los hombres y mujeres que, convertidos en víctimas y esclavos de tantos males, buscan con esperanza un gesto de amor tierno de parte de cuantos creen en el Señor”. Acojo, pues, la decisión del Santo Padre como una misión. 

–Recientemente hemos vivido el Sínodo de los Obispos sobre Amazonía, del que Usted ha sido uno de los dos Secretarios Especiales. ¿Que cree que es lo más importante surgido de la Asamblea?

Hay muchos frutos, mucha riqueza que se puede encontrar en el documento final. Pero quizás puedo subrayar la experiencia de sinodalidad, de caminar juntos. Sentir la paz y la consolación que brotaron de la experiencia de sentirnos guiados por el Espíritu y reconocer tantos regalos, sentir la llamada a responder a una realidad particular y responder todos juntos sí, al clamor de la tierra y de nuestros hermanos. 

–En el documento final, además de los aspectos de la práctica pastoral, hay algunas “aperturas”, al menos en términos de una reflexión profunda sobre la ordenación de los diáconos permanentes casados y una mayor participación de las mujeres en papeles clave…

Estas reflexiones son también, todas, consideraciones pastorales generadas en vista de las necesidades reales, las peticiones y las situaciones concretas en el Amazonas. Por ejemplo, la mayor participación de las mujeres en la vida de la Iglesia y en los ministerios ya se está realizando, y el Sínodo ha pedido mayor reconocimiento. Este es el sentido de la posibilidad excepcional de que un diácono permanente, casado y con una formación adecuada, sea ordenado sacerdote para servir en comunidades sin acceso a la Eucaristía. Así debemos entender las muchas propuestas a lo largo de los 120 parágrafos del Documento Final; debemos apreciarlas en su contexto. Lo que llama la atención es la preparación cuidadosa que tanto ha ayudado a tener un Sínodo profundo y fructífero. 

–También se habla de un rito litúrgico específico para la Amazonía, ¿Usted está de acuerdo?

Quizá a muchos les sorprendería saber que, dentro de la Iglesia Católica, hay 23 ritos diferentes, de gran antigüedad y valor, cada uno respondiendo a una historia y a una situación particular. Este Sínodo especial, enfocado en la región amazónica, ha podido apreciar la fe y los valores, por lo que parecería oportuno desarrollar expresiones particulares, culturalmente tipificadas, para facilitar la vivencia cristiana y la evangelización. Esta propuesta es una buena noticia que me da alegría.

–Amazonía recuerda además el aspecto ecológico y ambiental de nuestro planeta. ¿Por qué es importante que hablemos al respecto?

El concepto de “ecología integral” sirvió como una de las guías para el Sínodo. Añadir el adjetivo “integral” a “ecología” le da un giro desafiante, porque se refiere en general a la “totalidad” y a la unidad de ese “todo”. Se trata de que todos los elementos esenciales estén incluidos y presentes (no falta ninguno), y de que estos elementos esenciales están conectados o mezclados entre sí. Al mismo tiempo, “integral” niega la exclusión o el aislamiento. “Integral” le da a la idea de la ecología una mayor amplitud y peso.

Ninguno de los problemas y oportunidades de la Amazonía pueden quedar fuera de la atención y las acciones de la Iglesia.

–Se ha criticado una supuesta concepción “ecologista” de la Iglesia. Pero en Laudato si’ el Papa dice que “todo en el mundo está íntimamente conectado”. ¿Son sinceras estas críticas?

En este contexto de la Amazonía, tal y como resalta el Papa Francisco en la encíclica Laudato Si’, todo está conectado. Lo social y lo natural, lo ambiental y lo pastoral no pueden y no deben separarse. No sé qué motivan estas críticas, pero el Sínodo se ha comprometido a solucionar este problema, a colaborar en la “sanación” de muchas vulnerabilidades cometidas en este territorio amazónico. En Laudato Si’, el Papa Francisco argumenta que el mundo se enfrenta a una crisis de supervivencia. “Tenemos que darnos cuenta de que un verdadero enfoque ecológico siempre se convierte en un enfoque social; debe integrar las cuestiones de justicia en los debates sobre el medio ambiente, a fin de escuchar tanto el grito de la tierra y el grito de los pobres”. El grito de la tierra y el grito de los pobres es un solo grito, y la Iglesia tiene que escucharlo y llorar con de ellos.

–El Santo Padre ha “prometido” una publicación rápida de la Exhortación apostólica ¿Sabe cómo procede su preparación?

La preparación va por buen camino, pero no puedo precisar la fecha de la publicación de la Exhortación Apostólica. Mientras tanto, el Documento Final merece nuestra lectura y apreciación: nos ayuda a conocer el Amazonas en una forma muy humana y espiritual, y al mismo tiempo nos lleva a reflexionar sobre nuestra propia situación como creyentes y como habitantes del planeta. 

–¿Qué opina de las críticas al Papa?

El mejor regalo o servicio que uno puede hacer a un líder es ofrecerle críticas bien pensadas y constructivas, porque la mera situación de autoridad tiende a aislar a uno. La sabiduría consiste en escoger las críticas legítimas y pienso que el Santo Padre lo hace muy bien. No tiene miedo a decir “me equivoqué, lo siento mucho”.

–¿Cree que la “Iglesia en salida”, que está cerca de los últimos, acoge, se compadece y perdona, puede tener márgenes de éxito?

Creo que la Iglesia intenta poner en práctica su compromiso con la compasión y la justicia del Evangelio. Está llamada a observar y comprender, para luego dialogar y actuar. La Iglesia está haciendo, siempre ha estado haciendo. Acompañar y buscar juntos: de eso se trata. La “Iglesia en salida” son esos miles de hombres y mujeres de fe que, en todo el mundo, dan la respuesta misericordiosa y eficaz de la Iglesia. Porque a lo largo y ancho del mundo están al lado de los que sufren.

–¿Como imagina nuestro mundo dentro de unos años? ¿Qué grado de influencia cree que tendrá el mensaje del Evangelio?

La fe cristiana y la Iglesia católica siguen creciendo numéricamente, de modo que en diez años uno puede esperar que el mensaje evangélico tenga más alcance, más impacto. Ojalá. Al mismo tiempo, deberíamos poner cada vez más en práctica el Concilio Vaticano II -como tanto ha hecho el reciente Sínodo de la Amazonia- ayudando a los cristianos a vivir y celebrar su fe más auténticamente. Gracias a Dios, Jesús nos prometió: “Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin de los tiempos”.

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