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Brotes de una nueva primavera entre los jóvenes del V Encuentro

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Este artículo de Mons. Gustavo García-Siller tiene el doble valor de, por un lado, ser su diócesis de San Antonio una de las más marcadas por la inercia latinas y, por otro lado, por desempeñar el arzobispo la tarea de presidente del Comité para la Diversidad Cultural en la Iglesia, de la Conferencia Episcopal de los Estados Unidos.

TEXTO –  Gustavo García-Siller, MSpS
Arzobispo de San Antonio (Texas)

Al proclamar el mensaje final del Concilio Vaticano II, hace 52 años, el beato Pablo VI anunciaba a los jóvenes de entonces que habrían de “vivir en el mundo en el momento de las más gigantescas transformaciones de su historia” (8 de diciembre de 1965). Hoy no es difícil constatar que en las últimas décadas se han suscitado importantes cambios que bien pueden compararse con aquellos que han servido en el estudio de la historia para dividirla en épocas.

En efecto, nuestro Santo Padre Francisco ha señalado que “este cambio de época se ha generado por los enormes saltos cualitativos, cuantitativos, acelerados y acumulativos que se dan en el desarrollo científico, en las innovaciones tecnológicas y en sus veloces aplicaciones en distintos campos de la naturaleza y de la vida” (Evangelii Gaudium, n. 52). No obstante estos aspectos positivos, el Papa indica también que “algunas patologías van en aumento”, como lo son “una economía de la exclusión”, “la nueva idolatría del dinero”, “la inequidad que genera violencia”, “ataques a la libertad religiosa”, “nuevas situaciones de persecución a los cristianos”, así como “una difusa indiferencia relativista, relacionada con el desencanto y la crisis de las ideologías que se provocó como reacción contra todo lo que parezca totalitario” (ibid., nn. 53-60).

Cambios en los Estados Unidos

Es evidente que en Estados Unidos, al igual que en el resto del mundo, en mayor o menor medida se ha fracturado el consenso sobre los valores tradicionalmente aceptados que habían regido la convivencia social. Las fuentes culturales de certidumbre se están desmoronando; algunas nuevas están emergiendo y otras se están renovando. Entre otras cosas, esto ha resultado en una incapacidad para alcanzar soluciones a muchos problemas sociales a todos los niveles, lo cual a su vez ha generado desconfianza, indiferencia o indignación respecto de toda figura de autoridad, así como de las instituciones, incluida la Iglesia. Adicionalmente, escándalos indignantes han hecho las veces de catalizadores en este proceso de descomposición del tejido social.

Tan solo en los últimos 26 años, la no filiación religiosa en Estados Unidos ha aumentado de 3 % a 25 %, destacando un notorio aumento en el número de personas que afirman creer en Dios, pero que rechazan cualquier religión institucional. Se ve una tendencia generalizada a sobrevalorar y exaltar las experiencias sensoriales y la emotividad sobre la razón, el conocimiento científico sobre la búsqueda del sentido de la existencia, la expresión por sí misma sobre sus contenidos y la individualidad sobre la colectividad. “El miedo y la desesperación se apoderan del corazón de numerosas personas… La alegría de vivir frecuentemente se apaga, la falta de respeto y la violencia crecen, la inequidad es cada vez más patente” (ibid., n. 52). Ante esta realidad el Papa nos exhorta a reconocer “que una cultura, en la cual cada uno quiere ser el portador de una propia verdad subjetiva, vuelve difícil que los ciudadanos deseen integrar un proyecto común más allá de los beneficios y deseos personales” (ibid., n. 61).

Situación de los jóvenes

Al mismo tiempo vemos emerger una generación de jóvenes a quienes les falta confianza en sí mismos y en sus capacidades. Muchos han sufrido la ausencia de sus padres, debido en gran parte a que ambos se han visto forzados a trabajar para sostener un nivel de vida decoroso. Otros han sido sobreprotegidos de las dificultades de un mundo lleno de amenazas e incertidumbre.
Ambos fenómenos dan como resultado fragilidad de carácter. Es una generación híper conectada e híper informada, pero con escasa formación de criterio ético y cuyo prolongado uso de las nuevas tecnologías de la información ha estorbado al desarrollo de su capacidad relacional. Se percibe un pesimismo generalizado y una tendencia a la híper opinión como intento de autoafirmación, así como una extendida actitud de protesta, pero sin suficiente competencia para hacer propuestas, convirtiendo a los individuos en piezas fácilmente manipulables por los intereses que impulsan colonizaciones ideológicas. Especialmente hoy los jóvenes están ávidos de figuras de referencia próximas, creíbles, congruentes y honestas.

Transformación demográfica

Este escenario global, de por sí complejo, se ha combinado en Estados Unidos con una profunda transformación demográfica, particularmente en la Iglesia, que presenta un desafío mayúsculo. A Dios gracias, el número de los católicos en el país está creciendo y los hispanos representan el 71 % del aumento de la población católica desde 1960, no obstante que unos 14 millones de hispanos en Estados Unidos ya no se identifican como católicos. Hace tan solo medio siglo, de cada 20 católicos estadounidenses, aproximadamente 17 eran euroamericanos blancos de habla inglesa, mientras que hoy más del 40% son de origen hispano, principalmente de América Latina; cerca del 5 % son asiáticos, el 4 % son afroamericanos y una cuarta parte de todos los católicos en Estados Unidos son inmigrantes. La mayoría de los hispanos son adultos, pero solo una tercera parte son migrantes. Es decir que una gran proporción de la población hispana nació en Estados Unidos y es muy joven.

Cerca del 58 % de los hispanos son menores de 33 años, 60 % de los católicos menores de 18 años en el país son hispanos y más del 90 % de los hispanos menores de 18 años nacieron en Estados Unidos. Todo esto indica, por un lado, que la Iglesia de Estados Unidos está en proceso de diversificación y por otro, que su nuevo rostro es predominantemente hispano. Esta nueva diversidad cultural se refleja, entre otras cosas, en el hecho de que en el 40 % de las parroquias del país se celebran misas en idiomas distintos al inglés. Asimismo, estamos pasando de contar con abundantes recursos materiales a ser una Iglesia relativamente pobre.

Signos de esperanza

Sin duda el panorama parece amenazante, pero al sentir el peso casi aplastante de los problemas y de la responsabilidad, hemos querido seguir el ejemplo del Apóstol Santiago y de san Juan Diego, para ser dóciles mensajeros, confiados en que al ser enviados por nuestra Madre del cielo, gozaremos de su protección entre los pliegues de su manto. Nuestra fe en el Señor resucitado nos permite reconocer, por encima de todo, aspectos positivos en nuestras circunstancias actuales y ver en ellas signos de esperanza. Tal es el caso, por ejemplo, de una revaloración de la afectividad y del amor humano, una sensibilidad creciente respecto del “otro” y una nueva cierta apertura espiritual.

Se nota en muchos jóvenes una grande y transparente sed de Dios, pero a la vez un gran temor a ser decepcionados. Quieren propuestas expresadas de formas nuevas y atractivas, intelectualmente profundas y coherentes, que impliquen un compromiso radical capaz de dar sentido a su vida, pero sobre todo que queden demostradas mediante el testimonio, el sacrificio de sí mismo y la amistad sincera de quienes las proponen. En ese sentido, los jóvenes de ahora no son muy distintos de los de siempre, pero han vivido en un contexto que dificulta su sentido de pertenencia y por lo mismo, aunque no es fácil persuadirlos, son capaces de sorprendernos con su capacidad de entrega.

Desde hace 35 años san Juan Pablo II convocó a la Iglesia, desde América Latina, a una evangelización “nueva en su ardor, en sus métodos, en su expresión”, acuñando el término “Nueva Evangelización” (Discurso a la Asamblea del CELAM, 9 de marzo de 1983, Port-au-Prince, Haití). El Papa Francisco, formado en esa Iglesia latinoamericana, con renovado fervor ha vuelto a lanzar ese llamado al compromiso misionero que tiene su origen en el encuentro con Jesucristo y se alimenta de él. No es reevangelización, sino discipulado misionero que inicia con conversión personal y pastoral, una y otra vez, sostenido por la misericordia del Padre eterno, cuyo rostro es Jesús, nuestro Salvador.

Una oportunidad histórica

Esa es la dimensión del desafío ante el cual decidimos aventurarnos en el V Encuentro Nacional de Pastoral Hispana/Latina, que es la mayor tarea pastoral jamás emprendida por el conjunto de los obispos de Estados Unidos. Reconocemos que estamos frente a una oportunidad histórica de rejuvenecer a la Iglesia en Estados Unidos, para que sea más claramente visible en ella la faz radiante de su fundador, eternamente joven. Hemos querido hacerlo en respuesta al llamado del Papa Francisco y en seguimiento de su cautivador celo pastoral, de su estilo y de su manera de abordar los desafíos actuales.

Hemos comprendido que en esta nueva época ya no basta con predicar desde el púlpito, esperando que los fieles acaten la autoridad del párroco o del obispo. Ya no es suficiente con dar a conocer una serie de obligaciones y reglas, con la expectativa de que se cumplan. Es necesario salir a buscar a las ovejas, “pastar” con ellas, hasta sentirse cómodos oliendo a oveja. Estamos haciendo nuestro mejor esfuerzo como Iglesia por encontrar al Resucitado en las periferias, como los discípulos de Emaús, para dejarnos conmover por la tierna misericordia que el Señor ha derrochado con nosotros y luego salir con el corazón ardiente al encuentro de todos ahí en donde están.

De ese modo, el V Encuentro ha reunido a miles de discípulos misioneros en encuentros parroquiales y diocesanos. El último reporte recibido sobre la celebración del V Encuentro a nivel diocesano suma 135 diócesis. Las voces de todos los participantes están siendo escuchadas ahora a nivel regional y posteriormente lo serán en el Encuentro Nacional.

Entre los programas específicamente dirigidos a los jóvenes, se llevó a cabo el Coloquio Nacional de Pastoral Juvenil, que reunió a líderes diocesanos, obispos, académicos, religiosos, investigadores, líderes parroquiales, filántropos, y responsables de organizaciones nacionales. También se vivió un Domingo Catequético, en el que se motivó el compromiso de los padres de familia y de toda la comunidad para apoyar juntos la catequesis de nuestros niños y jóvenes, y acompañarlos en su camino de maneras alegres y significativas. Igualmente hemos tenido un concurso de video viral, así como otras iniciativas.

Renovación

Durante mi tiempo como Presidente del Comité de Diversidad Cultural de la Conferencia Episcopal he sido testigo de la presencia del Espíritu Santo en este proceso. He constatado que esta experiencia ha resultado edificante y de bien para muchos de nuestros hermanos en la fe. Con el favor de Dios estamos superando costumbres anquilosadas para dar paso a la compasión irresistible de Jesús. El Señor parece estar inspirando nuevas expresiones de espiritualidad, así como una renovada comprensión teológica y pastoral de algunas realidades que tal vez habíamos descuidado. Han surgido muchos nuevos líderes, sobre todo laicos, que están asumiendo con pasión renovada su responsabilidad misionera en la Iglesia y en el mundo. Se están gestando modos nuevos de expresar la verdad de Cristo de manera bella, movilizando los corazones de las nuevas generaciones al amor auténtico.

Una vez más los hispanos estamos siendo instrumentos históricos para la difusión del mensaje evangélico. Estamos redescubriendo la belleza y la riqueza de nuestra fe y tradiciones, a la vez que nuestra calidez, alegría y vitalidad fomentan la unidad en la diversidad de una sociedad que tiene una enorme necesidad de sanar heridas. A medio camino en esta gran empresa y de la mano de Nuestra Señora de Guadalupe, Estrella de la Nueva Evangelización, hoy puedo hacer eco de las palabras que nuestro Santo Padre dirigió a los jóvenes en Río de Janeiro: “Yo seguiré alimentando una esperanza inmensa en los jóvenes… por medio de ellos, Cristo está preparando una nueva primavera en todo el mundo. Yo he visto los primeros resultados de esta siembra, otros gozarán con la abundante cosecha” (Discurso durante la ceremonia de despedida, 28 de julio de 2013).

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