Hannah Arendt es una mujer difícil de encasillar. Aunque de origen judío, no era religiosa ni creía en Dios a la manera tradicional. Se autodenominó agnóstica en varias ocasiones y, sin embargo, Hannah Arendt era una mujer de fe. Pasó la mayor parte de su vida intentando que sus contemporáneos la recuperaran: la fe en la razón, la fe en la humanidad, la fe en el mundo. Hay dos elementos persistentes a lo largo de su vida y de su obra: la confianza y el pensamiento. Estos se alimentan mutuamente: Arendt confiaba en el pensamiento y cuanto más pensaba, más aumentaba su confianza en él.