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Acompañar a las familias jóvenes desde la escuela

CNS photo/Paul Haring
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A pesar de las evidentes señales de crisis por las que pasa la familia en nuestra sociedad, son muchas las familias que responden con generosidad, alegría y fe a su vocación, aun con obstáculos, incomprensiones y sufrimientos. Las familias jóvenes necesitan acompañamiento.

M. Pilar Lacorte Tierz, Instituto de Estudios Superiores de la Familia, Universitat Internacional de Catalunya (UIC)

Los jóvenes siguen valorando y percibiendo la familia como comunidad de referencia, y así se recoge artículo 32 del Documento Final del Sínodo de los Obispos sobre los Jóvenes, la Fe y el discernimiento vocacional. Además, dos de los artículos aprobados por unanimidad (nn. 72 y 95), hacen referencia a la necesidad de la familia y al acompañamiento como elementos clave de la nueva evangelización.

No cabe duda de que el primer acompañamiento que recibe el ser humano se desarrolla en su propia familia. Las relaciones familiares no son meramente “funcionales”. Las relaciones personales que se tejen en el día a día, con la vida compartida en el seno de las familias son relaciones identitarias. Y es precisamente esa vida cotidiana compartida, el medio por el que los seres humanos crecemos en nuestros dinamismos personales y aprendemos la capacidad más personal, aprendemos a amar. Ciertamente las diversas crisis en las familias pueden dificultar que las relaciones familiares desplieguen su potencia educadora. Muchos jóvenes que ya han crecido en una familia y en una sociedad que no ha sabido acompañarles en este aprendizaje natural de la incondicionalidad del amor familiar, pueden tener carencias que aumenten las normales dificultades en su vida familiar, cuando estos jóvenes forman su propia familia. De esta forma, podríamos entrar en una situación “de bucle”, pues podría pensarse que irremediablemente reproducirán en sus propias familias los desamores vividos en sus familias de origen. Sin embargo, no es así. Precisamente esa experiencia de desamor es la que les lleva a anhelar algo distinto para ellos y para sus hijos. Pero necesitan saber cómo hacerlo, puesto que les falta la experiencia.

En Amoris Letitia se apunta la necesidad de un acompañamiento a las nuevas familias especialmente en los primeros años de vida familiar (n. 211). Como afirma Juan José Pérez Soba, “no es bueno que la familia esté sola”. Por eso es preciso buscar, con creatividad, nuevos “espacios de acompañamiento” en los que las familias jóvenes puedan recibir formación, apoyo y experiencia compartida. Los primeros años de una familia son una etapa de grandes esfuerzos para adaptarse y compatibilizar muchos ámbitos en una realidad nueva y todavía desconocida: trabajo, amigos, familias de origen, paternidad etc. Los nuevos esposos y padres con frecuencia viven esta primera etapa de vida en común con sensación de aislamiento y agobio ante numerosas dificultades y retos que no habían alcanzado a imaginar. Cada vez más, estas jóvenes parejas carecen del acompañamiento del entorno familiar, o de la formación que proviene de la experiencia vivida en sus familias de origen.

Se trata además de una etapa en la que los esposos, normalmente, tienen poca disponibilidad de medios y tiempo; por eso es necesario buscar los medios en los que puedan ser acompañados en su tarea como padres y esposos en el entorno de la vida cotidiana. Un lugar en el que los padres jóvenes buscan de forma natural ese apoyo es la escuela. Es precisamente en los primeros años de vida escolar -que coinciden con los primeros años de las familias- cuando los padres acuden más a la escuela pidiendo ayuda, también para su vida familiar. Proponer el acompañamiento desde la escuela cristiana es una llamada a contemplar desde otros ojos la realidad de las familias.

Aunque puede parecer que es algo que no corresponde, o que supone complicar ulteriormente la función específicamente docente de los centros educativos, desde la escuela se puede y se debe apoyar a las familias. La confianza que todo acompañamiento necesita se da de forma natural en la relación familia-escuela. Además, la escuela de inspiración cristiana tiene un factor añadido que me parece importante: puede ser un entorno natural de convivencia, en el que las familias acompañen a otras familias, favoreciendo así un clima en el que se valora la vida de familia como enriquecimiento personal, y la dificultad no se entiende como fracaso, sino como algo connatural a cualquier relación interpersonal, que es posible superar y que es camino para amar.

Hacer realidad esta propuesta de acompañamiento es una exigencia que pide tratar a las familias según son, es decir, de forma familiar. No se trata de suplir a los padres o “dirigirlos” desde la escuela en su tarea educadora. Se trata más bien de “empoderarles” y devolverles su protagonismo en la tarea educadora en el contexto familiar. Acompañar desde la escuela es ayudar a que cada familia descubra su especificidad, su originalidad.    No se trata de dar recetas, de dar consejos o soluciones. Se trata más bien de reforzar su papel y ayudarles a descubrir las herramientas naturales de la educación en el contexto familiar. Es una tarea que necesita partir de lo vivencial, para percibir los conflictos como algo natural, y ayudar a desarrollar las capacidades para superar las crisis.

El acompañamiento que se propone no es una técnica ni requiere un espacio o un tiempo adicional, es una actitud, un hábito, un modo de entender la docencia y el papel de la escuela, al servicio de las familias. Exige sobre todo formación y compromiso para que no se abandone a las familias, que muchas veces viven sus crisis solas, en un ambiente de superficialidad, sin que nadie las cuide. El Papa Francisco ha recordado en varias ocasiones la brecha que se está abriendo entre familia y escuela, y la necesidad de que ambas vayan al unísono. La escuela puede ser un buen punto de apoyo, un “ángulo de reposo” que ayude a que cada familia sea lo que puede llegar a ser.

 

 

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