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50 años de Sant’Egidio: “amigos de Dios, de los pobres y de la paz”

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Meses antes de mayo del 68, el 7 de febrero, Andrea Riccardi inició en Roma con un grupo de estudiantes el movimiento de Sant’Egidio. Han pasado 50 años, y el Papa les ha animado a continuar siendo “amigos de Dios, de los pobres y de la paz”, en expresión de su responsable en Madrid, Tíscar Espigares.

TEXTO – Rafael Miner

Hace poco más de un mes, Tíscar Espigares, la persona que comenzó la comunidad de Sant’Egidio en Madrid en 1988, asistió con emoción a una Eucaristía de acción de gracias por los 50 años del movimiento, celebrada en la catedral de la Almudena por el cardenal arzobispo de Madrid, Carlos Osoro.
Les acompañaban el presidente del Pontificio Consejo para la Familia, monseñor Vincenzo Paglia; el nuncio de Su Santidad en España, Mons. Renzo Fratini; el obispo auxiliar Mons. José Cobo; el nuncio de Su Santidad en España, Mons. Renzo Fratini; vicarios y presbíteros. Allí estaban numerosos laicos, familias y niños de las Escuelas de la Paz, ancianos, refugiados, nuevos europeos, los Jóvenes por la Paz, y multitud de amigos y representantes de diversas instituciones y de otras religiones.
Espigares, como responsable del movimiento en la capital española, se dirigió a todos. Seguiremos siendo “amigos de Dios, de los pobres y de la paz”, dijo. “La amistad es una palabra de gran valor para Sant’Egidio y el lazo que une a todos con esta comunidad presente en Madrid. La amistad con los pobres nos ha ayudado a ser, a la vez, realistas y soñadores. Realistas porque nos hacen ver la realidad tal y como es, con enorme crudeza en muchas ocasiones; pero también soñadores porque su dolor nos empuja cada día a luchar y soñar para que el mundo cambie”.
Tíscar agradeció de modo especial a Andrea Riccardi, fundador de Sant’Egidio “su gran amor por la Palabra de Dios, un amor que nos ha transmitido siempre con gran pasión, y que ha hecho posible que creciese esta familia de Sant’Egidio aquí en Madrid”.
El cardenal arzobispo de Madrid, Carlos Osoro, denunció en su homilía que “el mayor escándalo de este mundo” es “permanecer impasibles ante la miseria e injusticia de millones de seres humanos, la agresividad, la violencia, las descalificaciones destructivas, las guerras, la experiencia de millones de hombres y mujeres sin trabajo, sin sueldo”. Y agradecíó a la comunidad de Sant’Egidio que combata estas situaciones con obras y palabras desde la “radicalidad del seguimiento de Jesucristo”.

El Papa en el Trastévere
Pero el momento cumbre de la celebración de los 50 años para la comunidad de Sant’Egidio , a escala global, fue la emotiva visita del Papa a la basílica de Santa María in Trastévere, de la que es titular precisamente el cardenal de Madrid.
Allí, en el mes de marzo, el Santo Padre se dirigió al fundador, a los responsables y a todos los presentes relacionados con el movimiento internacional: “No habéis querido hacer de esta fiesta solo una celebración del pasado, sino también y sobre todo una manifestación gozosa de responsabilidad hacia el futuro. Esto nos hace pensar en la parábola evangélica de los talentos […]. También a cada uno de vosotros, cualquiera que sea su edad, se le otorga al menos un talento. En él está escrito el carisma de esta comunidad, un carisma que, cuando vine aquí en 2014, resumí en estas palabras: plegaria, pobres y paz. Las tres ’p’”.
El Santo Padre se refirió a la siembra de la amistad: “Caminando así ayudáis a hacer crecer la compasión en el corazón de la sociedad —que es la verdadera revolución, la de la compasión y de la ternura—, a hacer crecer la amistad en lugar de los fantasmas de la enemistad y de la indiferencia”.
Nada más llegar, Francisco había dado las gracias por el recibimiento, con mención especial hacia Andrea Riccardi ,y Marco Impagliazzo: “Me alegra estar aquí con vosotros en el cincuentenario de la Comunidad de Sant’Egidio . Desde esta basílica de Santa María in Trastevere, corazón de vuestra oración diaria, me gustaría abrazar a vuestras comunidades esparcidas en todo el mundo. Os saludo a todos, en particular al prof. Andrea Riccardi, que tuvo la feliz intuición de este camino, y al presidente prof. Marco Impagliazzo por las palabras de bienvenida”.
El testimonio de Jafar, un refugiado de 15 años, huido de Siria con su madre y llegado a Italia desde Líbano en uno de los corredores humanitarios impulsados por la institución, conmovió al Papa. La metralla de una bomba caída en Damasco dejó ciega a su madre mientras intentaba proteger a su otro hijo pequeño.
Con mucha fuerza, aseguran los corresponsales vaticanos, el Santo Padre les animó a “continuar al lado de los ancianos, a veces descartados, que para vosotros son amigos. ¡Continuad abriendo nuevos corredores humanitarios para los refugiados de la guerra y del hambre! ¡Los pobres son vuestro tesoro!”.

Los corredores humanitarios
Una de las iniciativas por las que es más conocido el movimiento de Snt’Egidio son, como recordó el Papa, los corredores humanitarios en ayuda de migrantes y refugiados. El Papa manifestó en su visita al Trastévere: “Para mucha gente, especialmente los pobres, se han levantado nuevos muros. Las diversidades son ocasiones de hostilidad y de conflicto. Todavía hay que construir una globalización de la solidaridad y del espíritu. El futuro del mundo global es vivir juntos: este ideal exige el compromiso de construir puentes, mantener abierto el diálogo, continuar encontrándose”.
También se refirió a “los grandes miedos frente a las vastas dimensiones de la globalización” y a que los miedos “se concentran a menudo contra quien es extranjero, diferente de nosotros, pobre, como si fuese un enemigo”.
Estos corredores han permitido en estos años trasladar legalmente a Italia a cientos de refugiados procedentes de países en conflicto, sobre todo Siria. Se trata de un proyecto impulsado por Sant’Egidio, la Federación de las Iglesias evangélicas y la Iglesia Valdese, que ofrece a las personas que huyen de sus países en conflicto vías legales y seguras para llegar a Europa, evitando que se pongan en manos de traficantes de personas.
Una vez en el Viejo Continente, reciben asistencia diaria, viven en parroquias, institutos religiosos, apartamentos privados o con familias, aprenden el idioma y las costumbres, e inician un proceso de integración social y laboral en el país de acogida.
El primer acuerdo de estos corredores humanitarios se firmó en Italia en diciembre de 2015 y permitió hasta 2017 traer al país trasalpino mil refugiados. El pacto fue renovado con las autoridades italianas para volver a repetir esta cifra hasta 2019.
Siguiendo al Papa Francisco, la comunidad de Sant’Egidio ha asegurado estos años que “no podemos consentir que el mar Mediterráneo se haya convertido en un muro, un muro de agua que engulle la vida de hombres, mujeres y niños”, “ni en un nuevo cementerio de Europa”, en palabas del Papa.
Como síntesis, señalemos que la realidad de Sant’Egidio no se limita a los corredores. Hay que recordar aquí los acuerdos de paz en varios países (Mozambique es emblemático), y el mantenimiento del espíritu de Asís —encuentros interreligiosos de oración iniciados por san Juan Pablo II—, la ayuda a miles de pobres en tantos lugares —Sant’Egidio está presente en setenta países—, los programas de formación de miles de muchachos en naciones y ciudades en crisis…

Los pobres son familia
Las iniciativas en todo el mundo se han multiplicado. Tíscar Espigares, joven estudiante universitaria en 1988, hoy bióloga y profesora de Ecología en Alcalá, comenzó en Madrid con unos amigos “llevando cariño y amistad —porque no teníamos nada— al barrio de Pan Bendito, donde arranca la carretera de Toledo: había muchos problemas, drogodependencia…”. Fue la primera Escuela de la Paz en la capital madrileña.
Hoy, el servicio puede prestarse a miles de personas, como en Roma y en tantas ciudades del mundo, con el mismo espíritu: “Para nosotros los pobres son familia, no son sólo cuerpos que vestir, que alimentar, son personas con las mismas necesidades que tenemos nosotros, de cariño, de amistad, de dignidad, de alguien que te llame por tu nombre. Es muy importante. Y nos reuníamos para rezar. Era la Escuela de la Paz, que es el nombre que le damos a este servicio”, explica a Palabra en los aledaños de la iglesia de Nuestra Señora de las Maravillas, en la madrileña calle del 2 de mayo. Si desean saber más, vayan allí.

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