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El seminario, misión de todos

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En cada seminario hay un futuro que se está fraguando y es responsabilidad de todos mantenerlos y animarlos para que cada día sean más los pastores buenos que allí se forman.

Sergio Requena
Director del Secretariado de la Comisión de Seminarios y Universidades de la Conferencia Episcopal Española

El 6 de diciembre de 2016 la Congregación del Clero hizo pública la nueva edición de la Ratio Fundamentalis -el documento en el que se basan los planes de formación de los Seminarios Mayores de todo el mundo-. Vino a sustituir a la anterior de 1985, que a su vez era una actualización de la que se promulgó en 1970. Nuestro actual plan de formación para los Seminarios de España, está inspirado precisamente en ese documento, y data de 1996. Han pasado muchos años, y los cambios se han sucedido a un ritmo vertiginoso, el mundo que estamos llamados a servir ya no es el de entonces. Los cambios se han dado no solo en los medios de comunicación donde quizá han sido más evidentes, también están siendo significativos en la manera y en el cómo nos relacionamos. Llama la atención la misma percepción que tiene la sociedad de hoy en día de la figura del sacerdote, muy alejada de la que se tenía hasta hace tan solo unos pocos años. El contexto histórico es diverso, y la sociedad y cultura en la que están inmersos los sacerdotes también. Cada uno de ellos se pregunta cómo servir mejor a los hombres y a la sociedad en la que vive, la Iglesia también se interroga en este momento histórico, sobre cómo formar mejor a los sacerdotes de hoy y de mañana, para que sean mejores servidores.
Desde la Comisión Episcopal de Seminarios, con la ayuda de expertos y del Consejo Asesor de Rectores se lleva trabajando desde hace un tiempo, en un nuevo Plan de formación para los Seminarios Mayores. Estamos llegando a la recta final, esperamos que dentro de no mucho los rectores y formadores de nuestros Seminarios, puedan disponer de esta valiosa herramienta en la tarea de formar a las futuras generaciones de sacerdotes. En este documento se describe el proceso formativo que deben vivir, desde los años del Seminario –formación inicial-, hasta los posteriores a la ordenación –formación permanente-. Son dos momentos de un único camino “discipular y misionero”, que atraviesa toda su existencia, desde el bautismo y demás sacramentos de iniciación cristiana, que pasa por el momento de su ingreso en el Seminario, y que llega hasta el final de sus vidas.
El panorama actual de las vocaciones en España, en un tiempo y unas circunstancias nada fáciles, nos muestra que en los Seminarios españoles se forman en torno a novecientos seminaristas menores y más de mil doscientos seminaristas mayores, que, si bien son números similares a los de los últimos años, nos siguen hablando de la urgencia que tenemos de rezar y trabajar por las vocaciones.
El lema del día del Seminario de este año El Seminario, misión de todos, nos recuerda que tenemos que hacer nuestra esta institución diocesana. Nuestros Seminarios, pequeños o grandes, encierran un futuro que se fragua en el hoy de cada una de estas instituciones. Es responsabilidad de todos mantenerlos y animarlos para que cada día sean más los pastores buenos que allí se formen. Desde mi etapa de seminarista hasta hoy -llevo 24 años de vida sacerdotal- más allá de los cambios que se han dado, y de los que he hablado arriba, reconozco en estos jóvenes el hambre de Dios y el deseo de dar la vida por sus hermanos, están envueltos en las dichas y frustraciones de sus contemporáneos. Su testimonio es, por así decirlo, una llama que no se apaga, un fuego que enciende otros fuegos, un testimonio que no deja a nadie indiferente, verlos, me llena de esperanza.
¿Por qué es necesario celebrar el día del seminario? Yo creo que por tres cosas fundamentalmente: primera, para concienciar a la comunidad cristiana de que el Seminario es misión de todos, responsabilidad nuestra. Segundo, es necesario recordar que tenemos que crear en nuestras familias y parroquias un ambiente favorable en el que pueda escucharse y crecer la llamada de Dios. Y tercero, porque hemos de agradecer la vida de tantos sacerdotes que han sido importantes para nosotros, que nos han hecho presentes el amor y la misericordia de Dios, y sin los cuales no seríamos quienes somos.

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